¿Te apuntas a ser más optimista?

La luz del Sol entre las sombras de los árboles Cuando vemos a personas que encaran los problemas con positivismo, perseverando en encontrar una solución con la esperanza y la confianza de que las cosas saldrán bien y, además, con la convicción de que si salen mal ya buscarán otra salida, podemos llegar a pensar: “A mí también me gustaría ser tan optimista, pero soy tremendamente pesimista… Soy así y no puedo cambiar”.

Quizás la justificación que nos damos a nosotros mismos para hacer tales afirmaciones es que nuestros padres siempre han sido pesimistas y que los genes heredados están determinando que nosotros también lo seamos. O tal vez, buscando otro pretexto, hemos llegado a la conclusión de que las experiencias vividas en nuestra infancia nos han marcado negativamente para siempre y es esto lo que no nos deja ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío.

Sin embargo, aunque es cierto que la herencia y las experiencias vitales tempranas son dos factores que determinan en parte nuestro enfoque más o menos positivo ante la vida, nos queda margen de acción. Sin lugar a dudas, si lo queremos y nos ponemos manos a la obra, podemos aprender a ser más optimistas.

Por otra parte, recordemos que querer ser más optimista no debe implicar huir de los problemas ni negar las emociones negativas cuando éstas se manifiestan en su justa medida: si tienes un problema, no cierres los ojos; si estás triste, llora y busca consuelo; si sientes rabia, libérala (da golpes contra un cojín, intenta romper una guía de teléfonos…). Y, acto seguido… ¡a entrenarse en optimismo inteligente!

Aquí tienes unas sencillas pautas y tareas que puedes trabajar en tu día a día para lograr ser un poquito más optimista:

  • Reserva un momento al final de la jornada para pensar y recrearte en aquellas cosas del día que te han resultado satisfactorias o placenteras, valorándolas. Si lo crees conveniente y te apetece, escríbelas. Normalmente dedicamos demasiado tiempo a recordar lo negativo del día: el compañero de trabajo que ha sido desconsiderado conmigo; el dolor de cabeza tan fuerte que he tenido por la mañana; el tiempo que he perdido esperando el tren en la estación; lo mal que he dado la clase de historia en el Instituto… Consecuentemente, nos vamos a la cama un pelín asqueados, pensando que la vida es una losa. Además, sobrevaloramos tanto las preocupaciones, dedicándoles tanto tiempo (¡como si el preocuparnos significara estar resolviendo eficazmente nuestros problemas!), que los momentos positivos del día nos pasan desapercibidos… se nos escapan. Es una pena, ya que el valorar las pequeñas delicias del día hace que terminemos dando un poquito más de sentido a nuestra vida y nos ayuda a tener una actitud más optimista. El beso de mi pareja al despedirnos por la mañana, el ratito de footing que me ha ayudado a desconectar de las preocupaciones, la agradable conversación que he mantenido con mi compañero de trabajo, la tortilla de patatas que me he comido en casa… El hecho es que, cuando nuestra actitud es pesimista, es necesario “forzar” a nuestro cerebro a recordar los buenos momentos del día, agradecer a la vida que los tenemos y, en definitiva, valorarlos. De esta manera, nuestra atención, durante la jornada siguiente, se focalizará más fácilmente y de manera un poquito más automática en los acontecimientos positivos.
  • En relación con el punto anterior, de las cosas que te han resultado satisfactorias de tu jornada, escoge dos o tres y piensa en qué es lo que has hecho tú para que ocurrieran. De este modo, sentiremos que obtenemos resultados placenteros y positivos de nuestras acciones gracias a nuestras propias capacidades/habilidades y no gracias al azar.
  • En todos tus proyectos, márcate objetivos realistas y factibles. Divide el objetivo final, más “gordo”, global y alcanzable a más largo plazo, en pequeños objetivos alcanzables a corto plazo. Cada vez que llegues a cada pequeño objetivo, prémiate. De esta manera, en la persecución del objetivo final, habremos disfrutado durante todo el proceso de los pequeños éxitos logrados, independientemente de que alcancemos el éxito final o no, sintiéndonos eficaces y motivados en todo momento.
  • Intenta dedicar un tiempo al día a realizar actividades que te aporten bienestar, ya sean ocupaciones de ocio, ejercicio físico o actividades que impliquen relacionarse socialmente.
  • Detecta los pensamientos negativos que se te pasan por la cabeza durante el día, somételos a la realidad buscando pruebas objetivas que los validen. Si te das cuenta de que no existen evidencias que los sostengan, modifícalos por otros más realistas que te aporten emociones más positivas. Se trata, pues, de aprender a pensar en positivo.
  • Sé solidario. Desde apuntarte a una ONG hasta ayudar a las personas de tu alrededor en pequeñas cosas. Cualquier acto altruista por minúsculo que sea, aparte de beneficiar a la persona que lo recibe, es una gran fuente de satisfacción para quien lo ofrece, pues aumenta su sensación de autoeficacia. Además, en este tipo de situaciones, se crean interacciones sociales muy positivas.
  • Si te has dado cuenta que continuamente estás recordando adversidades del pasado que te bloquean o te vienen a la mente imágenes sobre el futuro incierto que te crean un gran malestar, intenta coger distancia de todo ello por un rato. Céntrate en el momento presente y deja de estar en esos otros sitios (pasado y futuro) que están interfiriendo y contaminando la experiencia del “aquí y ahora”. Hay diferentes formas de hacerlo. Una de las más sencillas sería, simplemente, haciendo unas diez respiraciones profundas, focalizando la atención en el ciclo inspiración-espiración y notando todas las sensaciones asociadas (cómo entra el aire por la nariz, cómo hace el recorrido hacia los pulmones, cómo se expande el tórax…). Una manera más compleja de centrar la atención en el ahora, que aporta un gran bienestar a muchas personas, es la práctica de habilidades mindfulness (atención y conciencia plena a lo que ocurre en el momento actual).

Las condiciones para que estas pautas den resultados son, como remarcamos siempre que hablamos de crecimiento personal, la perseverancia y las ganas. Mantenerse motivado y esforzarse durante un tiempecillo da sus frutos. El leer el post y sentarse a esperar a que el tiempo nos haga optimistas, como si éste fuera una varita mágica, nos dejará igual que estábamos. Sólo tú puedes cambiarte a ti mismo. Entonces, el mundo cambiará contigo. 🙂

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Bulimia Nerviosa: Atracones peligrosamente compensados

Atracones, dietas y fármacos en la bulimia

“Hoy me he vuelto a dar un atracón. No puedo más. Me siento como una mierda. He empezado con un trocito de chocolate… y el atracón ha aparecido precipitadamente… como un torbellino. ¿Cuál ha sido el detonante? Creo que me ha venido la necesidad de coger chocolate tras la llamada de Salva… me he sentido hundida y el estar haciendo dieta y con ganas de comer cosas dulces no me ha ayudado nada. Salva me ha comentado que mañana se iba de viaje y que no volvería hasta dentro de un mes. Otra vez estaré sola. Cuando me lo ha dicho, he sentido que me empezaba a faltar el aire. Si ya me siento triste normalmente, a partir de mañana lo estaré más.

Al colgar el teléfono, he ido rápidamente a la cocina a por ese trocito de chocolate… sólo un trocito y nada más. Pero al sentir cómo se derretía en mi boca al masticar rápido… cómo disminuía mi angustia, no he podido frenar la compulsión de coger más chocolate… y más… y más. He engullido casi toda la tableta y, a continuación, he cogido todo lo que he encontrado en la cocina, sobretodo justamente aquello que me había prohibido comer: croissants, nueces, pan untado con miel y mantequilla… No podía parar… deprisa, deprisa, comiendo… devorando. He perdido el control totalmente. ¿Qué me ha pasado? He tragado y tragado hasta que me he empezado a encontrar asquerosamente llena y, entonces, he empezado a llorar dándome cuenta de lo que he hecho… otra vez. Me había prometido que nunca más volvería a pasar…

Me voy a poner como una foca. Me odio. Los tres días de dieta Dukan se han ido a la mierda. Habré engordado lo poco que había adelgazado. Es la quinta vez que intento hacer esta dieta y no hay manera. En esta ocasión, después de tres días de lograr cumplirla con gran esfuerzo va y me doy un atracón… otra vez lo mismo, siempre es igual. 

Soy despreciable, no tengo voluntad. Salva me dejará de querer porque cada vez estoy más gorda… Él dice que no es verdad que me sobren kilos, que tengo un peso normal y que exagero. De hecho, la báscula marca siempre lo mismo, kilo arriba, kilo abajo, pero yo detesto mi cuerpo, sobretodo estas nalgas tan gruesas y grasientas. Todo el mundo me mira cuando ando por la calle… lo hacen porque mi cuerpo les tira para atrás.

Si Salva y mi madre supieran que me doy estos atracones desde hace diez años y que lo hago tan frecuentemente… Me siento impotente. No tengo ni ganas de salir con mis amigas… que cada vez son menos. He tenido alguna temporada en la que he comido bien, normal, pero no ha sido lo habitual.

Todo empezó con la primera vez que hice dieta: “la dieta de la manzana”. Logré adelgazarme, controlar el hambre… hasta que me descontrolé en mi primer atracón. Y, a partir de ahí, los atracones y el hacer lo posible por quitarme de encima las asquerosas calorías ingeridas empezaron a dominar mi vida. No puede ser… no puedo más. ¡Me siento tan sola escondiéndolo! Pero no se puede enterar nadie: ¿Qué pensarían de mí? ¡Qué vergüenza!

Mañana no comeré nada en todo el día (o en todo caso sólo alguna manzana) para gastar todas las calorías que he consumido con el atracón y pasado mañana empezaré con la Dukan de nuevo. Esta vez no me volverá a pasar: la empezaré y la terminaré. Es la “operación bikini” y tengo que adelgazar como sea… si no, no podré ir a la playa.

Además, intensificaré el “plan estratégico para adelgazar haciendo deporte” que escuché en la televisión y puse en marcha hace dos meses: cada día iré a correr por la mañana, a las 6h (antes de ir al trabajo), y por la noche me machacaré en el gimnasio, haciendo spinning. Y, aunque hace mucho tiempo que no lo hago, volveré a tomar laxantes y también me tomaré los diuréticos que le cogí a mi madre y que no llegué a consumir… en la farmacia no me los quisieron vender sin receta… me dijeron que era peligroso tomarlos sin prescripción médica pero esta vez me da igual… necesito deshincharme como sea antes del verano.

Como empiezo mañana con todo, no pasa nada si ahora pillo un croissant pequeñito… además Salva todavía no ha llegado y no se va a enterar… y por uno no me voy a engordar más de lo que ya habré engordado con el atracón de este mediodía… mañana empiezo de cero…” (al comer el croissant… nuevo atracón).

La vivencia relatada es ficticia y, además, cada caso tiene sus particularidades. Sin embargo, este relato se basa en la realidad de un trastorno mental grave que padecen un 2-3% de adolescentes (a escala internacional) y también muchos adultos: la Bulimia Nerviosa (BN).

En la narración aparecen diferentes tipos de pensamientos, conductas y emociones que pueden tener muchas de las personas que sufren BN: atracones, conductas compensatorias de los atracones (en este caso ayuno, dietas, ejercicio y consumo de determinados fármacos), sentimiento de culpabilidad, mala gestión de las emociones negativas, autoestima muy baja y basada principalmente en la imagen corporal, miedo intenso a engordar, distorsiones cognitivas, problemas psicológicos asociados (en este caso posible sintomatología ansiosa y depresiva entre otras), cierta distorsión corporal, un factor precipitante del trastorno (en este caso una dieta), etc.

Características comunes a todos los casos de BN

Uno de los criterios que debe cumplirse para hablar de BN es que se tienen que dar atracones de manera recurrente. En concreto, como promedio, se producen dos veces a la semana durante un período de 3 meses. Un atracón se caracteriza por la ingesta de alimentos en un corto espacio de tiempo en cantidades muy grandes.

Además, en el atracón normalmente se da sensación de pérdida de control sobre la ingesta del alimento. Es decir, el sujeto tiene la sensación de no poder parar de comer una vez ha empezado o de no poder controlar el tipo de alimento ingerido o la cantidad.

Aunque lo más común es que el atracón venga precipitado por el impulso de comer ante la visión o imaginación de la comida, en momentos de ansiedad, aburrimiento, insatisfacción, tristeza, etc., algunas veces se planifica. En este último caso, la persona puede esconder los alimentos que tiene pensado comer en el siguiente atracón y suele planear la hora en la que lo llevará a cabo a escondidas.

Es muy característico que los atracones se basen en “alimentos prohibidos”, es decir, aquellos alimentos que la persona se prohíbe el resto del tiempo, por tener un alto contenido calórico, con el objetivo de no engordar y que, por lo tanto, le provocan más ansiedad y sentido de culpabilidad una vez ingeridos.

Otro criterio que se tiene que cumplir para hablar de BN es que tienen que darse conductas que compensen los atracones de manera repetitiva, con el objetivo de no ganar peso. Algunas de estas conductas son: ayuno y ejercicio excesivo; provocación del vómito; uso abusivo de laxantes, diuréticos, enemas u otros fármacos. Así pues, contra la creencia popular de que la bulimia siempre implica provocarse el vómito, vemos que no siempre es así: existen casos de bulimia sin vómito en los que la afectada utiliza otras conductas para compensar el atracón.

La instauración de estas conductas compensatorias es muy peligrosa y problemática, pues se hacen compulsivas. Es decir, la persona no puede resistirse al impulso de provocarse el vómito después del atracón o de empezar a hacer ejercicio en una intensidad que no es saludable, etc. En definitiva, cuantas más conductas compensatorias se hagan, peor es el pronóstico.

A diferencia de la Anorexia Nerviosa (AN), en la BN el peso se mantiene normal o bien se presenta algo de sobrepeso. Sin embargo, al igual que ocurre en la AN, la autovaloración está exageradamente influida por el peso y la imagen corporal, lo que lleva a tener miedo a volverse obeso y a tener dificultades a la hora de desconectar de pensamientos obsesivos en relación al peso, la silueta corporal y la comida.

Para acabar este apartado, aclarar que se habla de dos tipos de bulimia nerviosa:

  • Tipo purgativo: durante el episodio de bulimia nerviosa, el sujeto se provoca repetidamente el vómito o utiliza laxantes, diuréticos, enemas u otros fármacos en exceso, como manera de compensar los atracones.
  • Tipo no purgativo: durante el episodio de bulimia nerviosa, la persona utiliza como conductas compensatorias el ayuno o el ejercicio intenso. Si se provoca el vómito o utiliza laxantes, diuréticos, enemas u otros fármacos, lo hace de manera puntual.

El atracón no se da por una simple falta de voluntad a la hora de hacer dieta

Dadas las falsas creencias generalizadas que existen en torno al atracón, es importante enfatizar que la persona que padece un Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) en el que se dan atracones (como son la BN de la que estamos hablando o el Trastorno por Atracón que trataremos en una futura entrada) no pierde el control ante la comida por simple falta de voluntad. Es mucho más que eso: esta persona tiene un trastorno psíquico que le provoca esta pérdida de control y que la hace sufrir muchísimo. No es una manía, ni una tontería que se pasa con el tiempo sin necesidad de ponerle remedio. Es algo muy serio que necesita un tratamiento. A través de éste el sujeto, entre otras cosas, aprenderá a autocontrolarse.

Además, es importante tener en cuenta que la persona afectada, aunque es la primera responsable a la hora de querer salir de este gran problema, no tiene la culpa de padecer este trastorno. Y es que la BN está causada por múltiples factores, al igual que ocurre en cualquier otro TCA como ya comenté en otro post. Es muy importante que quien la sufre no se sienta culpable, juzgado, avergonzado, ni estigmatizado por la sociedad. Sólo así, será más probable que se atreva a explicar a alguien lo que le ocurre como primer paso para buscar ayuda profesional.

Por otra parte, es conveniente aclarar que el tener atracones no va asociado a una falta de inteligencia. Desgraciadamente, en nuestra sociedad, debido al bombardeo constante de determinados mensajes publicitarios (y de otro tipo) se relaciona, de manera más o menos consciente, la “capacidad” de controlar el hambre a través de las dietas con la inteligencia. Se nos quiere hacer creer que quien es capaz de controlar el hambre es listo, con el objetivo de que compremos determinados productos.

Recordemos anuncios publicitarios como el de Bicentury con su eslogan que incita a hacer conductas restrictivas: si comes estos snaks hipocalóricos “tú ganas”, es decir, le ganas al hambre, la controlas, eres “más lista que el hambre”… como las chicas del anuncio, todas delgadas. No creo que marcas como Bicentury quieran hacer daño de manera premeditada, pero tendrían que vender su producto de otra manera. No deberían tratar el tema del peso corporal y el hambre (señal fisiológica que nos avisa de que necesitamos ingerir alimentos) tan a la ligera, pues acaban haciendo apología de los TCA. Y es que estos mensajes (tipo “soy más lista que el hambre”) además de incitar a algunas personas a querer adelgazar de manera nada saludable, llevan a la creencia de que la persona que no puede controlar la ingesta de comida y que, por lo tanto, no es capaz de seguir una dieta es tonta. De hecho, este aspecto intensifica el sentimiento de culpabilidad y la vergüenza que experimenta la afectada de BN después de un atracón y contribuye a la necesidad imperiosa de hacer conductas compensatorias.

Así pues, en contra del mensaje de estos anuncios, debemos remarcar que la persona que tiene atracones no es tonta sino que, como vamos repitiendo, tiene un gran problema psicológico al que es muy difícil hacer frente sin la ayuda de especialistas.

Pronóstico

A escala internacional, el estudio de Steinhausen (2002) concluye que, de las personas afectadas por BN, un 72,2% se recuperan totalmente o tienen una mejora muy significativa, un 21,5% sufren la cronificación del trastorno y la muerte se da un 6,2% de casos.

Tenemos que tener en cuenta que, muchas veces, la persona con BN ha sufrido anteriormente una AN que no se ha llegado a solventar. Además, hay casos de AN en los que se presentan épocas con sintomatología bulímica.

En todo caso, es importante entender que detrás de la BN (y de cualquier otro tipo de TCA) hay un sufrimiento del que todos deberíamos ser conscientes para no hablar de este problema “a la ligera”.

Dónde encontrarme

Si te sientes identificada con aquello que has leído en el artículo y piensas que necesitas tratamiento para la bulimia, no dudes en buscar ayuda profesional lo antes posible. Tienes toda la información sobre mi consulta de psicología en martacomadran.com

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¿Qué es la agorafobia?

Tumulto de genteMuchas personas definen la agorafobia como el miedo intenso a los espacios abiertos. Siguiendo la misma tónica, otras piensan que es lo contrario a la claustrofobia. Sin embargo, estas conceptualizaciones son incorrectas y simplistas, pues la agorafobia es un problema mucho más complejo y, de hecho, la mayoría de personas con agorafobia tienen más miedo a los espacios cerrados que a los espacios abiertos.

Aclarado este punto, podemos definir la agorafobia como la presencia de angustia al encontrarse en lugares o situaciones donde podría resultar difícil escapar si se tiene una crisis de ansiedad (o síntomas similares) o bien no sería posible recibir ayuda.

Por lo tanto, la agorafobia incluye un conjunto bastante complejo e idiosincrático (una vez más, cada persona es un mundo) de temores. Algunos de estos miedos podrían ser el acudir a lugares concurridos (cines, supermercados…), estar solo en casa o fuera de casa, utilizar determinados transportes públicos, subir en ascensor, estar en el coche, pasar por un puente, permanecer en largas colas o mezclarse entre la gente en la calle, etc.

Podemos, pues, afirmar que las situaciones temidas por los afectados tienen las siguientes características: 1. Se trata de situaciones que implican limitación de movimientos o pocas posibilidades de escape, ya sea porque socialmente “queda mal” marcharse o bien porque hay ciertas restricciones físicas; 2. Se teme no ya la situación en sí, sino el hecho de que ésta provoca una fuerte sensación de inseguridad, principalmente si el sujeto no se encuentra acompañado de una persona de confianza o conocedora de su problema.

Así pues, puede aparecer una fuerte ansiedad, por ejemplo, en una sala de cine abarrotada de gente, en la que el afectado está en medio de una de las primeras filas. Esta angustia puede surgir como consecuencia de que anticipa catastróficamente que, si se le precipitara una crisis de ansiedad, no podría salir, llamaría la atención y, además, para escapar de la situación tendría que ir rápido dándose golpes con las piernas de la gente y los asientos… Le puede angustiar horriblemente el pensar que podría acabar perdiendo el control antes de conseguir salir al pasillo.

Otro ejemplo podría ser un concierto. El sujeto se encuentra rodeado de gente y teme que le empiecen a venir algunos de los síntomas que le avisan de que se le está precipitando una crisis de ansiedad: ¿Qué hará si empieza a ahogarse entre tanta gente y teniendo en cuenta que allí no puede llegar la ambulancia?

Para poner algún otro ejemplo, podríamos pensar en el afectado andando solo por la calle, sin esa persona que siempre suele estar con él cuando ha tenido una crisis de ansiedad y que lo define como su “puntal” en estas situaciones: ¿Cómo podrá superar una crisis si María no está ahí con él, ayudándolo a regular la respiración y a esperar a que se le pase?

La conducta de evitación se convierte en un gran problema

Esta ansiedad anticipatoria, presente de manera repetitiva en lugares en los que es difícil salir o recibir ayuda, provoca que el individuo utilice como estrategia para sentirse mejor el peor de los recursos que podría emplear: la evitación de todos estos lugares o situaciones. Si el lugar “x” le provoca ansiedad, lo más fácil y lógico, piensa la persona afectada, es no permanecer en él para no tener que pasarlo mal. Por ejemplo, el protagonista del primer caso comentado dejará de ir al cine y a todos los otros lugares que le provocan ese gran malestar; el de la segunda situación ejemplificada dará escusas a sus amigos para no acudir a más conciertos ni lugares concurridos; el del tercer ejemplo, entre otras cosas, dependerá de María para salir a la calle y, si María no lo puede acompañar, no saldrá de casa. Habrá personas que evitarán muchos otros lugares y situaciones: acudir a conferencias y celebraciones, llevar a los niños a una ludoteca, ir de compras…

Estas conductas de evitación, lejos de solucionar el problema, lo mantienen e incluso intensifican. Y es que cuanto más se evitan las situaciones temidas, más intensos se hacen los pensamientos anticipatorios catastrofistas que provocan ansiedad al individuo. Esta anticipación catastrofista refuerza, a su vez, la conducta evitativa, de manera que se crea un círculo vicioso del que es muy difícil salir.

Consecuentemente, podemos imaginarnos lo incapacitante que puede llegar a ser la agorafobia. La interferencia en la vida del sujeto puede llegar a cotas exageradas, afectando gravemente el funcionamiento familiar, laboral y social. En muchas ocasiones, el afectado ve limitada su movilidad: ésta queda restringida dentro de su casa o a situaciones en las que sabe que va estar acompañado de determinadas personas.

Además el individuo, por mucho que se libre de las situaciones que le provocan malestar, continúa sintiendo ansiedad (recordemos el círculo vicioso que se crea) y, de hecho, es común que junto a la agorafobia se presenten otros trastornos como: fobia social, ansiedad generalizada, fobia específica, depresión y/o trastorno obsesivo-compulsivo. Por otra parte, pueden aparecer problemas relacionados con el abuso de alcohol y psicofármacos, substancias que son utilizadas como recurso para disminuir la ansiedad pero que, lógicamente, acaban siendo grandes problemas añadidos.

Tratamiento

Desde la terapia cognitivo-conductual, el tratamiento debe incluir la exposición gradual a todas las situaciones temidas por el afectado. En función del caso, esta exposición se hará en vivo (en la vida real, en su día a día y de manera sistemática) o bien en imaginación.

Esta técnica se basa, a grandes rasgos, en hacer una jerarquía de todas las situaciones temidas para, gradualmente, pasar a afrontarlas. El afectado se expondrá primero a aquellas situaciones que menos ansiedad le provocan e irá avanzando, progresivamente, hacia las que más angustia le crean. Paciente y psicoterapeuta acordarán esta jerarquía atendiendo a las particularidades del caso. Además, el profesional tendrá en consideración muchísimos aspectos que no vamos a detallar por no ser este el objetivo del post.

Por ejemplo, en el caso de la persona que, entre otras muchas situaciones, siente terror cuando piensa en ir al cine porque teme que le dé un ataque de ansiedad, se expondrá antes a esta situación sentándose en el asiento del extremo de la última fila (le provoca menos ansiedad porque da al pasillo). La idea es ir avanzando en la exposición gradualmente hasta que acabe situándose en aquel lugar que más teme: en medio de una de las primeras filas. Una de las situaciones intermedias podría ser situarse en una de las filas centrales, en un asiento cercano al del extremo. Evidentemente, con el afectado se trabaja el afrontamiento de estas situaciones para que llegue a ser capaz de disminuir la ansiedad.

Además, es conveniente combinar la exposición en vivo con otros procedimientos que aumentarán la eficacia de esta técnica y darán al paciente otros recursos para afrontar las situaciones temidas que no se basen en la evitación de éstas. Entre otros, se debe considerar el entrenamiento en relajación y/o respiración y también la modificación de pensamientos catastrofistas asociados a las conductas evitativas.

Dónde encontrarme

Si piensas que necesitas hacer terapia para la agorafobia y estás buscando un profesional especialista en este trastorno, puedes contactar conmigo. Tienes toda la información en mi web martacomadran.com

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El Circo de la Mariposa: ¿Crees en ti?

“El Circo de la Mariposa” es un exquisito corto dirigido por Joshua Weigel que trata sobre… Mejor lo veis y luego seguimos hablando: no os quiero adelantar lo que esta maravillosa y humana historia esconde. Estoy segura de que os gustará. Aquí lo tenéis:

El Circo de la Mariposa – HD from The Butterfly Circus on Vimeo.

¿Qué os ha parecido?

En esta bonita historia, vemos cómo el protagonista (Will, interpretado por Nick Vujicic) es prisionero de las limitaciones que la vida le ha impuesto: no tiene brazos ni piernas. Will no es libre, no disfruta de la vida, pues al no aceptar su situación no es capaz de ver más allá de sus imperfecciones. Solamente ve sus incapacidades, sintiéndose amargado y manifestando esta amargura a través de la pasividad y la autocompasión.

De hecho, no puede hacer nada más que exponer sus carencias… y no puede hacer nada más que eso, porque así lo cree. Es incapaz de servir para algo, porque así lo cree.

Además, las personas con las que se cruza potencian la construcción de esta identidad definida por él mismo como “la de un inútil”. Y es que solamente se fijan en sus supuestos defectos y lo valoran negativamente a través de éstos. De hecho, le cuelgan la etiqueta de “monstruo” y él deja que se la cuelguen bajando la cabeza.

Gracias al Señor Méndez (Eduardo Verástegui), dueño del Circo de la Mariposa, Will descubre por sí mismo que posee virtudes, que tiene fortalezas y potencialidades como las tienen sus compañeros… y como las tiene todo ser humano. A partir de este punto, se da cuenta de que puede autorealizarse y vivir la vida libremente, apartando las grandes piedras que él mismo había colocado en su camino y que no le dejaban avanzar. Surge, de esta manera, su gran capacidad de superación personal.

Y Will llega a este punto porque el Sr. Méndez y su séquito saben cómo ayudarlo: le hacen responsable de aquello que obtiene de sus actos (o, mejor dicho, de su inacción) y le ayudan a que descubra por él mismo sus propios recursos. No le dan un soporte basado en una compasión insana, que mantendría ese victimismo del “no puedo, no soy capaz, soy un inútil”. Son ellos los primeros que creen en él y en sus capacidades para salir del pozo. Piensan que si se muestra como una víctima, sin salir de este rol en ningún momento, es porque así lo quiere, pues él puede decidir cambiar su situación cueste lo que cueste. Y ahí está la clave de una relación de ayuda sana que no crea dependencia ni pasividad en la persona que es socorrida: debemos dar soporte sin darlo todo hecho mientras el otro permanece pasivo, debemos creer en el otro, en su capacidad para tomar la iniciativa a la hora de mejorar su situación.

A través del corto, vemos cómo a veces hace falta tocar fondo para resurgir y darnos cuenta de que tenemos grandes capacidades y recursos para ser felices y tomar las riendas de nuestra vida. Sin embargo, me pregunto: ¿Para qué esperar a tocar fondo? Podríamos empezar en este mismo instante a creer en nosotros, desenvolviéndonos como personas capaces de vivir dignamente. Podríamos hacer un esfuerzo para ser un poquito más resilientes. Si no nos vemos capaces de salir del pozo porque tenemos un problema psicológico (por ejemplo una depresión que hace que nos sintamos desesperanzados y apáticos) siempre hay buenos profesionales que nos pueden echar una mano, junto con la colaboración de nuestros seres queridos cuyo soporte es fundamental.

Finalmente, podríamos intentar ayudar a los nuestros evitando las relaciones de dependencia y el mantenimiento de actitudes victimistas que dan lugar a un sufrimiento innecesario.

Y, sobre todo, recordemos lo que nos dice el Sr. Méndez: “Mientras más grande sea la lucha, más glorioso será el triunfo”. 😉

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Trastorno paranoide de la personalidad: «No te puedes fiar de nadie»

Trastorno paranoide de la personalidad

¿Tienes un amigo que siempre está a la defensiva y ve malas intenciones donde no las hay? ¿Tu pareja es excesivamente celosa y te tiene bajo sospecha eternamente, pensando que le eres infiel sin existir ninguna causa justificada? ¿Tu madre afirma constantemente que no puedes confiar en nadie y se muestra recelosa con todo el mundo? ¿Tienes que ir con pies de plomo con tu compañera de trabajo, para que no se crea que la dejas de lado cuando te relacionas con tus otros compañeros? Puede que estas personas con las que intentas interaccionar a diario, armándote de una infinita paciencia y sin poder evitar la frustración, sufran un trastorno paranoide de la personalidad.

La desconfianza sin fundamento es la principal característica de la persona que sufre este gran problema. Interpreta las reacciones de los demás como maliciosas, teniendo de manera constante pensamientos del tipo: “se van a aprovechar de mí”, “me engañarán”, “me harán daño”, “me miran mal”, “se ríen de mí”… Estos pensamientos le provocan un fuerte malestar y la necesidad de ser totalmente autónoma e independiente para evitar la sensación de que los otros la tienen en el punto de mira. Es por ello que estos sujetos intentan no contar con las personas de su entorno si no es estrictamente necesario.

Así pues, para no tener que compartir información personal que, según creen, podría ser utilizada en su contra, evitan en lo posible las relaciones íntimas mostrándose impenetrables y pareciendo más fríos de lo que realmente son. De hecho, cuando se les hace preguntas personales, pueden negarse a responder de manera contundente.

En el caso de que logren intimar con algunas personas, necesitan sentir que las tienen bajo control para disminuir su malestar. Es la manera de evitar la traición que tanto temen. Así pues, si tienen pareja, vigilan todos sus pasos buscando pruebas que confirmen una posible infidelidad. Tales pruebas no existen pero suelen encontrar (¡de tanto buscar!) pequeños detalles que utilizan para fundamentar sus dudas: “¿Cómo es que te has pintado los labios para ir a trabajar? ¿Tienes un nuevo compañero de trabajo?”. Si tienen amigos, constantemente buscan motivos para recelar de su lealtad y fidelidad, apareciendo dudas injustificadas: “¿Qué es lo que os provocaba tanta risita a Álvaro y a ti? ¿Hablabais de mí?”. Lo peor es que, estos sujetos, a pesar de los razonamientos de pareja, familiares y amigos para convencerlos de que sus recelos no tienen razón de ser o son desproporcionados, tienden a creerse las grandes traiciones y desprecios que se han imaginado y, además, van más allá: se muestran rencorosos durante mucho tiempo.

Al interpretar las reacciones de los demás como amenazantes, estas personas pueden verse envueltas en pleitos legales iniciados por una sospecha injustificada en relación a compañeros de trabajo, vecinos de la propia comunidad, etc.

Además, pueden responder a las supuestas malas intenciones de los otros con comportamientos hostiles, obstinación y/o sarcasmo, actitudes que pueden, a su vez, provocar una reacción hostil real en los demás. Esta reacción hostil de las personas con las que se relaciona acaba confirmando sus propias sospechas: “todo el mundo me deja de lado”, “no te puedes fiar de nadie”, “siempre me atacan”, “todos son desconsiderados conmigo”, etc. El individuo con este trastorno no se da cuenta de que está siendo atacado porque él atacó primero, le dejan de lado porque él ha rechazado antes, los que son desconsiderados con él lo son porque él lo ha sido anteriormente… Y es que las supuestas malas intenciones de los demás no son más que el resultado de sus propias proyecciones.

De todas formas cabe decir que, a veces, el sujeto con este problema se da cuenta de que tiene características de personalidad que las personas de su entorno consideran patológicas, aunque él no las perciba como tales. Él no relaciona su malestar con su propia persona, pues los rasgos de personalidad son egosintónicos (como ya insinuamos en el post sobre el trastorno narcisista de la personalidad). De hecho, percibe su malestar como algo inevitable y piensa que son los otros los que creen que tiene un problema. En estos casos, para evitar el rechazo, el individuo con este trastorno esconde su gran recelo. Sin embargo, aún así, no será capaz de evitar el sufrimiento: se mostrará reservado y frío pero, detrás de este “coger distancia de los demás”, seguirá habiendo una gran desconfianza.

Conviene diferenciar la desconfianza como rasgo no patológico

No todas las personas que tienden a desconfiar tienen un trastorno paranoide de la personalidad. El límite entre rasgo y trastorno está determinado por el grado de malestar e interferencia en la vida diaria del sujeto. En concreto, si una persona es desconfiada hasta el punto de sentirse recelosa con las personas más cercanas, creyendo que la desprecian, la humillan, la quieren traicionar y quieren aprovecharse de ella, de manera que aparece un gran sufrimiento (el rasgo de la desconfianza se vuelve desadaptativo), entonces hablamos de trastorno. En estos casos, es necesario que esta persona siga un tratamiento que le ayude a recuperar la funcionalidad de sus rasgos de personalidad.

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