¿Optimismo incondicional? No, gracias

Flor En estos últimos tiempos estamos expuestos a un goteo constante de mensajes sobre la necesidad imperiosa de ser optimistas. El reflexionar sobre estos mensajes con espíritu crítico puede ayudarnos a ser más optimistas aumentando, de esta manera, nuestro bienestar psicológico. Sin embargo, la interiorización indiscriminada de estos mensajes nos puede hacer creer que quien no muestra un optimismo exultante no puede ser una persona atractiva a los ojos de la sociedad, lo que nos puede llevar a querer ser optimistas a toda costa, sin tener en cuenta que no todo tipo de optimismo es positivo.

En concreto, el optimismo idealizante, exultante o incondicional nada tiene que ver con esta característica positiva humana que potencia el bienestar y la salud, que podríamos etiquetar como optimismo inteligente o realista.

De hecho hay expresiones que, mal entendidas o cogidas al pie de la letra, no son beneficiosas, ya que pueden alimentar el discurso del optimismo incondicional o ilusorio. Algunas de estas frases son: “Si piensas en positivo todo saldrá bien” (y yo digo: hombre… ¡pues depende!… puedes pensar en positivo y que la cosa te salga mal, pues el pensamiento no es mágico); o “¡Si quieres, puedes!” (lo dicho: ¡depende!… si quieres alcanzar objetivos nada realistas o nada viables, por mucho que quieras no podrás).

El intentar aplicar estas expresiones a modo de autosugestión en nuestro día a día, para intentar ser “optimistas”, sin acompañar este pensamiento positivo de una actitud activa, prudente y responsable, nos puede llegar a crear un gran malestar cuando vemos que lo que queríamos, pese a nuestro “optimismo”, no se ha conseguido.

Además, si creemos en este discurso de manera supersticiosa, podemos llegar a culpabilizar a los demás por no tener una actitud fantasiosamente optimista en situaciones en las que es muy complicado ser positivo.

Por ejemplo, sería el caso de alguien que tiene una enfermedad terminal y no es capaz de ser optimista, por mucho que los demás lo animen (o presionen) para que esté motivado con la buena intención de que tire adelante, no sufra o incluso que su enfermedad remita. No podemos esperar que el optimismo provoque la remisión espontanea de una enfermedad con pronóstico fatal. De hecho, el exigir al afectado que tenga una actitud positiva puede ser muy contraproducente: no solamente no lo ayudaremos sino que aumentaremos su sufrimiento, pues se sentirá culpable por no ser optimista como esperan de él sus seres queridos. Sin embargo, la actitud positiva inherente al optimismo sí que puede hacer que la persona viva más tiempo, se sienta más satisfecha y tenga mejor calidad de vida.

Algo similar ocurre en el caso de la persona que ha perdido el control sobre su estado de ánimo por sufrir una depresión que provoca que lo vea todo negro, haciéndole imposible el ser optimista. Como en el caso anterior, si presionamos a esta persona para que sea optimista con frases del tipo: “¡Venga! ¡Si realmente no tienes ningún problema importante! ¡Piensa que la vida es preciosa y mira su lado positivo!”, lo que haremos es que se sienta incomprendida y que se culpabilice por algo que no puede controlar sin la ayuda de un profesional, pues se trata de un trastorno mental. Así pues, en situaciones como esta, vale la pena tener claro cuáles son los beneficios reales del optimismo y marcarnos unos límites a la hora de animar a la persona que sufre.

Se pueden dar otras muchas situaciones en las que confundimos los beneficios de ser optimistas (que los hay y muchos) con la idea equivocada de que el pensamiento positivo sin condiciones hará que seamos casi inmortales y capaces de hacer todo lo que nos propongamos, sin ser conscientes de nuestras limitaciones reales que, como todo ser humano, las tenemos, por muy positivos que seamos. Por poner algún ejemplo más de estas situaciones, podemos creer que si somos optimistas eufóricos ya no hace falta que estemos pendientes de nuestras dolencias físicas, ni que acudamos al médico, porque se curarán espontáneamente mientras, en realidad, se van cronificando. También puede que participemos en actividades excesivamente arriesgadas o que nos marquemos objetivos imposibles y fantasiosos.

Nunca me cansaré de decirlo: intentemos ser optimistas para sentirnos mejor y ser más resolutivos en nuestras acciones, pero de manera prudente. Por ejemplo, si queremos emprender un gran proyecto que nos motiva, seamos optimistas marcándonos objetivos viables. Pensemos qué es lo que podemos conseguir realmente y vayamos a por ello con una actitud positiva. Dejemos de construir castillos en el aire. Esto no quiere decir que nos limitemos. Si somos optimistas de manera sana y prudente, ante el proyecto que tenemos entre manos, estableceremos metas que nos supongan un gran reto (esfuerzo, motivación, poner a prueba nuestras capacidades…) y que, a la vez, nos den unas mínimas garantías de logro (aunque este logro no sea del 100%) sabiendo que tendremos que ser valientes y perseverantes para conseguir buenos resultados. De lo contrario, nos tiraremos alegremente a una piscina sin agua y nos daremos de bruces, es decir, nos frustraremos.

Por otra parte, ante un problema, el optimismo idealizante no hace más que mantenerlo o agravarlo. Y es que si tengo un gran problema y, aún así, veo el mundo de color rosa, no haré nada para solucionarlo porque no lo estoy viendo, lo evito, me ahorro el disgusto y el sentir emociones negativas que no soporto. Sin embargo, esta conducta pasiva y evitativa, aunque de manera inmediata puede hacer que me sienta genial, a la larga hace que no avance ni madure. Además, me llevará a una gran frustración cuando vea que las cosas no han mejorado por sí solas y que aquello de que “el tiempo lo cura todo”, sin yo tener que hacer nada, no funciona.

Características del optimismo realista

Una vez desbancado el optimismo incondicional, que puede llegar a lo patológico, veamos cómo se puede definir el optimismo inteligente.

El optimismo que potencia el bienestar y la salud es un optimismo que hace que la persona se adapte a las circunstancias adversas, y no que las niegue rehuyendo de toda responsabilidad como pasa con el optimismo idealizante.

Si mi optimismo es realista interpretaré las situaciones de manera positiva, fijándome más en las ventajas que en los inconvenientes o, dicho de otro modo, viendo el vaso medio lleno en lugar de medio vacío. Al mismo tiempo, utilizaré esquemas mentales (para entender este concepto podéis consultar un post anterior) que favorecerán una visión realista de estas situaciones.

Por lo tanto, ante un problema, no veré el mundo de color rosa porque no lo negaré sino que lo observaré al detalle. Y es que estaré dispuesto/a a afrontarlo resolutivamente para intentar que las cosas vuelvan a su cauce. Además, tendré grandes esperanzas en que la situación mejore porque prestaré más atención a la parte positiva del problema, siendo consciente de que hay una posibilidad de que la cosa vaya mal y que, en el peor de los casos, ya buscaré un remedio o, si es algo incontrolable, ya me adaptaré a la situación.

Así pues, estas esperanzas me darán el impulso para buscar estrategias de acción y maneras de afrontar la realidad de manera efectiva. Intentando resolver la situación de manera activa y comprometida, las expectativas positivas, mi gran perseverancia ante la adversidad, y el mantenimiento de un buen estado de ánimo, a su vez, me ayudarán a descubrir el lado positivo de los acontecimientos y de las personas que me vaya encontrando por el camino. Consecuentemente, aumentará la confianza en mis capacidades reales y también en la ayuda que los demás me pueden prestar.

El optimista tiende a provocarse el éxito y el pesimista, el fracaso

A partir de lo que hemos descrito en relación a cómo actúa una persona optimista (a partir de ahora hablamos de optimismo realista) ante un problema, entenderemos que esta disposición positiva lleve frecuentemente al logro de los objetivos. De hecho, tanto el optimismo como la esperanza se relacionan con las expectativas de resultados positivos en el futuro y la percepción de autoeficacia (sentir que hemos obtenido los resultados que esperábamos gracias a nuestras acciones/capacidades y no como consecuencia del azar).

En contrapartida, la persona pesimista tiene una actitud negativa frente a los acontecimientos, interpretándolos principalmente a partir de las dificultades y los inconvenientes. Además, se cree incapaz de salir airosa de la situación adversa por creer que no tiene ningún recurso para hacerle frente. Esta disposición hace que se sienta desanimada y apática. Consecuentemente, adopta un estilo de afrontamiento evitativo, lo que significa que no intenta resolver los problemas porque percibe que no lo va a conseguir. Por ejemplo, no intenta alcanzar sus objetivos porque se imagina que acabará fracasando. Esta manera de pensar hace que la profecía del pesimista (el “no soy capaz, fracasaré”) se acabe cumpliendo: no logra sus objetivos y, por lo tanto, fracasa.

En definitiva, podemos afirmar que el optimismo y el pesimismo son rasgos que tienden a retroalimentarse. Así, mientras que los optimistas favorecen que les sucedan cosas positivas (insistimos mediante la actitud y la acción y no a través de fantasías), la actitud de los pesimistas, como vamos comentando, los lleva a ser más pasivos y menos creativos, de manera que se encuentran con más problemas que no acaban nada bien. Por lo tanto, en los dos casos se refuerza la actitud original: el optimista se vuelve más optimista y el pesimista se hace más pesimista.

¿El optimismo se puede potenciar de manera consciente?

El optimismo está determinado en parte por la herencia y por las experiencias vitales tempranas. Sin embargo, al ser constitutivo de la vida, se puede aprender poniendo (como en cualquier mejora personal que queramos conseguir) ganas y, sobretodo, perseverancia. Para aprender a ver las cosas de manera más positiva podéis… ¡Os lo cuento en un futuro post! 😉

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Acerca de Marta Comadran

Psicóloga (itinerario Psicología Clínica y de la Salud) y Bióloga Sanitaria. Consulta privada de terapia y apoyo psicológico en Mollet del Vallés (muy cerca de Barcelona). También servicio online, en www.martacomadran.com. Tenéis más información en las pestañas "Sobre mí" y "Contacto"de mi blog.
Esta entrada fue publicada en Bienestar Psicológico, Psicología Positiva y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a ¿Optimismo incondicional? No, gracias

  1. podi dijo:

    “…podeis…” Yo creo que, sobre todo, para ver las cosas de manera más positiva tenenmos que tener ganas de verlas así. Es decir, dado que tanto el optimismo como el pesimismo pueden autoalimentarse, hay que tener una mínima base optimista, un mínimo combustible, para comenzar esa autoalimentación. Intentar “creer” en una actitud o intentar adquirirla cuando no la poseemos en absoluto lo veo bastante difícil. No obstante, pienso, todos tenemos una pizca de optimismo en algún rinconcillo nuestro; sería cuestión de buscar por esos rinconcillos, aunque ya digo, quizás hay que tener ganas reales de empezar la búsqueda. Si no, ahí tendrían que venir ya las ayudas externas, pienso yo.

    podi-.

  2. ¡Hola Podi!
    ¡Desde luego! Sin intención, ni ganas, ni una actitud activa no se consigue nada. Estoy de acuerdo contigo: si uno cree que tiene una actitud algo pesimista y se esfuerza “buscando por los rinconcillos”, como dices, seguro que con esfuerzo y ganas va a mejorar. Es verdad que para conseguir cualquier mejora personal (en cualquier cambio, no solamente en el proceso de hacernos más optimistas) la persona lo tiene que querer y, antes de quererlo incluso, tiene que ser consciente de que su actitud lo está perjudicando (muchas veces las personas tenemos resistencias de las que no somos conscientes y que nos dificultan muchísimo el cambio).
    Saludos.

  3. Lliri dijo:

    Hola Marta, porque me gusta tu blog y me parecen muy interesante y de carácter introspectivo todas y cada una de tus publicaciones, te he nominado en mi lista de Best Blog Awards. Enhorabuena!!
    http://psicoalimentat.wordpress.com/2013/03/27/muchas-gracias-por-el-premio-best-blog-awards/

  4. ¡Muchísimas gracias, Lliri! ¡Ha sido una agradable sorpresa!
    Un saludo

  5. Irma Fernández dijo:

    Hola Marta muy buena observación.

  6. Muchas gracias, Irma.
    Saludos

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