Celos e infidelidad

celos parejaEn la relación de pareja es natural que de vez en cuando aparezcan los temidos celos, lo que no significa que éstos deban justificarse con la afirmación tan extendida y totalmente errónea de que “quien no tiene celos no ama”.

Los celos son una respuesta emocional que aparece en un sujeto cuando éste cree que la persona amada siente atracción, amor o cariño hacia otra. En la base de estos celos hay un miedo más o menos intenso a perder al otro y cierto sentimiento de posesión.

En las parejas bien avenidas, en las que existe confianza, buena comunicación y donde los dos miembros mantienen una sana autoestima, las manifestaciones puntuales de celos no representan ningún problema porque se les hace frente rápidamente. Lo que suele pasar es que se habla sobre la situación vivida, se resuelve el malentendido y todo se queda en una anécdota.

Además, con el paso del tiempo y a medida que se gana en seguridad, los celos van perdiendo intensidad y van apareciendo cada vez con menos frecuencia.

En estos casos podemos hablar de unos celos sanos, en el sentido de que pueden poner en marcha estrategias funcionales que nos ayudan a mejorar la relación. Por ejemplo puede ocurrir que, al sentir celos y revisar si algo falla, nos demos cuenta de que últimamente no somos afectuosos con nuestra pareja. A partir de esa toma de consciencia, podemos pasar a cambiar determinadas actitudes para mejorar este aspecto en la relación.

Por otro lado, puede pasar que sintamos celos ante indicios que nos están advirtiendo de una posible infidelidad. En el caso de que esta hipotética infidelidad se vaya confirmando a partir de pruebas reales, es evidente que los celos tampoco son patológicos.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando sentimos celos ante situaciones que interpretamos como amenazantes sin serlo realmente y esta emoción se vuelve persistente? ¿Qué pasa cuando creemos que nuestra pareja es infiel sin tener motivos justificados?

En estos casos podemos afirmar que los celos no son sanos. De hecho, este tipo de celos ponen en marcha una serie de estrategias que, a pesar de ir encaminadas a evitar la pérdida de la persona que amamos, no son funcionales. Al contrario, son tan erróneas y perjudiciales que pueden precipitar precisamente aquello que queríamos impedir: perder a nuestra pareja, con o sin infidelidad incluida.

Y es que estas estrategias equivocadas implican el intento de controlar al otro las 24 horas del día, queriendo saber constantemente dónde está; haciendo interrogatorios peores que los de tercer grado; inspeccionándole el móvil a hurtadillas, así como otros dispositivos; insistiendo en acompañarlo a todas partes, etc. En definitiva, la persona celosa hace el papel de guardián.

Estas situaciones llevan a discusiones constantes, en las que el sujeto víctima de la persona celosa se siente con la obligación de justificarse reiteradamente para demostrar que no ha hecho nada ‘malo’ o bien llega incluso a mentir (a pesar de que no ha sido infiel ni ha flirteado con nadie) para evitar conflictos. Estas actuaciones, lejos de solucionar el problema, llegan a complicarlo muchísimo.

Ni hace falta decir que el individuo celoso, poco a poco, va perdiendo atractivo a ojos de su pareja, ya que su imagen de persona posesiva e insegura va cogiendo fuerza día tras día. El otro puede llegar a romper la relación con la persona celosa. En estos casos podemos afirmar que la manifestación de los celos patológicos ha actuado a modo de profecía autocumplida.

Si crees que tienes un problema de celos patológicos y no sabes cómo gestionarlos siempre puedes buscar la ayuda profesional de un psicólogo.

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Ilustraciones para reflexionar sobre la realidad más silenciada

Os invito encarecidamente a descubrir al ilustrador argentino que se hace llamar Matías Almargen, a través de un vídeo que recopila parte de su magnífica, dura y crítica obra. Ésta invita a hacer una reflexión cruda y profunda sobre la psicología del ser humano y la sociedad en la que estamos inmersos.

 

En la página de facebook de Al Margen, uno de los portales donde el ilustrador expone sus creaciones, Matías Almargen explica el porqué de sus idiosincrásicas obras de arte:

“Hay dibujos que nacen al margen.

Nacen casi sin querer. Nacen al costado, afuera de lo importante. Nacen para no agradar ni ser vistos. Nacen para no ser terminados. Conviven con tachaduras y ni siquiera merecen el esfuerzo de ser borrados.

Son hijos del aburrimiento, del inconformismo o del enojo. Son los hijos indeseados del lápiz. Son solo bocetos de algo que podría haber sido mejor, pero fueron abandonados. Son una promesa incumplida, un proyecto trunco. Son la representación de ideas descartadas. Son la basura del subconciente.

Pero son más viscerales y sinceros que otros dibujos porque no tienen la obligación de agradar. Porque nacieron para no ser vistos. Porque nacieron sin estética. Porque nacieron solo por un impulso y nada más. Porque nacieron para molestar, ya que muestran lo imperfecto.

Pero no les importa.

Y no les importa porque viven al margen.”

 A pesar de que se trata de dibujos grises que sacuden nuestras plácidas emociones y, como comenta Matías Almargen, “nacen para no agradar ni ser vistos”, opino que deben exponerse sin tapujos  para dar voz a aquellas personas que no se ven capaces de gritar “¡basta ya!” o “¡no puedo más!”.

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Ansiedad e hiperventilación

hiperventilación
La respiración tiene un papel clave en el desarrollo y mantenimiento de las crisis de ansiedad inesperadas.

Y es que la forma de respirar está estrechamente relacionada con las emociones, de manera que ésta se acelera o se ralentiza en función de nuestro estado anímico.

Así pues, cuando estamos tranquilos, la respiración es lenta, relajada y apenas la percibimos. Cuando dormimos, es profunda y abdominal. En cambio, cuando nos invade el estrés y la ansiedad, se vuelve rápida, superficial y torácica (utilizamos la parte superior del pecho).

En este último caso, puede aparecer un fenómeno que provoca sensaciones muy desagradables: la hiperventilación.

La hiperventilación se define como el aumento en la tasa de respiración por encima de las necesidades de oxígeno del organismo. Es decir, la persona toma más oxígeno del que necesita en ese momento. Esta oxigenación excesiva genera un descenso en el dióxido de carbono que se encuentra en la sangre, fenómeno que a su vez provoca determinados cambios funcionales en el organismo.

Como consecuencia de estos cambios funcionales, pueden aparecer una serie de síntomas, entre ellos:

• Síntomas centrales: sensación de asfixia o de atragantarse, mareo, desrealización (sensación de irrealidad o de estar distanciado del entorno), confusión, visión borrosa y despersonalización (sensación de estar separado de uno mismo).

• Síntomas periféricos: taquicardia, manos frías y húmedas, hormigueo y pinchazos en las extremidades, escalofríos y rigidez muscular.

• Síntomas generales: opresión, molestia o dolor en el pecho, cansancio, sensación de calor y sofocos.

Estos síntomas son muy desagradables pero, a su vez, son inofensivos: no implican peligro alguno. Por sí solos -suponiendo que la persona solamente sufre hiperventilación provocada por ansiedad y no hay cardiopatías u otras enfermedades subyacentes- no ponen en riesgo nuestra vida ni tan siquiera pueden perjudicar nuestra salud.

Sin embargo, suelen provocar miedo a la persona que los sufre, emoción que provoca que la ansiedad se haga cada vez más intensa, entrando en un bucle del que es muy difícil salir.

Si tiendes a hiperventilar y no sabes cómo controlar este fenómeno, así como los síntomas y sensaciones que se derivan, puedes acudir a un profesional de la psicología que te ayude a través de una terapia personalizada.

En el caso de que busques psicólogos en Mollet del Vallés o cerca de Barcelona, puedes acudir a mi consulta (tienes toda la información en martacomadran.com).

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Cómo marcarse objetivos

marcarse objetivosEstrenamos mes de enero y ya hemos construido en nuestra complicada mente una larga lista de buenos propósitos para cumplir.

Como cada año, al inicio de éste, sentimos que tenemos muchas ganas de perseguir nuestras metas. Además nos sentimos motivados y estamos seguros de que vamos a alcanzar nuestros objetivos con éxito.

Entonces, ¿cómo es que a medida que pasan los meses estos propósitos se van desvaneciendo y llega un momento en el que ni nos queremos acordar de ellos?

Lo que suele pasar es que ya el punto de partida a la hora de ponerse metas es erróneo. Normalmente nos marcamos unos objetivos que están muy mal definidos. En concreto, suelen ser poco realistas y poco precisos, lo que provoca que sea imposible llegar a alcanzarlos con éxito.

Dicho de otro modo, para marcarnos objetivos de manera efectiva, éstos tienen que ser realistas, concretos y alcanzables a corto plazo.

Para ponernos metas realistas, antes que nada debemos hacer un ejercicio de autoconocimiento. Se trata de tener muy claro cuáles son nuestras capacidades y limitaciones.

Aquello de “si quieres, puedes” que tanto gusta escuchar y decirse a uno mismo se tiene que coger con pinzas o, al menos, matizarlo para que sea realista: “si quieres y tienes las capacidades para llevarlo a cabo, puedes… ¡claro que puedes!”.

Además, tenemos que plantearnos si el logro de estos objetivos depende solamente de nosotros mismos o existen otros factores que pueden interferir.

Por lo que respecta a la conveniencia de establecerse siempre objetivos a corto plazo, este aspecto es importante para alimentar la motivación y sentir que estamos consiguiendo lo que queremos sin tener que esperar mucho tiempo.

Y es que nos encontramos inmersos en la cultura de la inmediatez: queremos gratificaciones de manera constante y que sean “ya mismo”. En este sentido, sentir la satisfacción que da el logro de un objetivo y que esta satisfacción no tarde en aparecer es aquello que nos anima a continuar hacia el próximo objetivo.

De hecho, si nos marcamos metas muy a largo plazo, al no conseguir resultados más o menos inmediatos, es mucho más probable que tiremos la toalla antes de alcanzarlas.

Por lo tanto, en el caso de que nuestro objetivo sea realista pero anticipemos que llegaremos a alcanzarlo a largo plazo y que por el camino es posible que nos desmotivemos, vale la pena dividirlo en pequeños objetivos que se puedan lograr más a corto plazo.

Por ejemplo, imaginemos que nos encanta la natación pero hace 5 años que no la practicamos. Nos apuntamos al gimnasio y nos marcamos el objetivo (a largo plazo… pues actualmente no estamos en forma) de ir a natación 3 veces por semana y hacer 80 piscinas. Para asegurarnos que lo lograremos, nos plantearemos ir 2 veces por semana y hacer 20 piscinas durante el primer mes (objetivo a corto plazo); ir tres veces por semana y hacer 30 piscinas durante el segundo mes, etc., hasta llegar a nuestra “meta final” tan motivados como el primer día gracias a haber logrado alcanzar los objetivos corto y medio plazo marcados.

Como punto y final, aprovecho para desearos un 2019 lleno de alegría, serenidad y una motivación inicial que se mantenga a lo largo de todo el año y el tiempo que haga falta para lograr vuestros tan preciados objetivos. 🙂

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Depresión y sentimiento de culpa

Sentimiento de culpaTodos nosotros, en mayor o menor medida, podemos experimentar sentimientos de culpabilidad ante determinadas circunstancias.

El sentimiento de culpa es sano y funcional si se sabe gestionar correctamente, ya que nos ayuda a reparar el daño provocado y, además, constituye el primer paso para evitar que la misma situación se vuelva a repetir en un futuro.

Sin embargo, existen algunos trastornos psicológicos en los que este sentimiento de culpa se puede presentar de manera muy intensa hasta llegar a incapacitar a la persona. Uno de estos trastornos es la depresión.

El sujeto con depresión se siente triste, agotado y sin ganas de realizar aquellas actividades que tanto le motivaban en el pasado. Si a esto se le suman unos sentimientos de culpa intensos, que se vuelven persistentes a medida que pasan los días, el cóctel puede llegar a ser catastrófico.

En la depresión, los sentimientos de culpa por pequeños errores del pasado suelen ir acompañados de la percepción de inutilidad. De hecho, la persona puede estar mucho tiempo observándose y estableciendo un diálogo interior en el que se infravalora enormemente por aspectos que los individuos sanos pasarían por alto.

Y es que interpreta acontecimientos cuotidianos, que son totalmente neutros, como pruebas que confirman sus defectos personales.

Por ejemplo, algunos de los pensamientos negativos que se pueden presentar son del tipo: “soy una mala persona”, “no valgo nada” o “merezco sufrir de esta manera”.

Muchas veces, la persona con depresión también se siente responsable de adversidades que, en realidad, son provocadas por otros sujetos o circunstancias. Este sentido de la responsabilidad puede tomar forma de delirio. Sería el caso de aquel individuo que está convencido, a pesar de ser totalmente falso, de que él es el culpable de todas las desgracias que ocurren a su alrededor.

Además, muy frecuentemente aparece la culpa por el simple hecho de estar enfermo y no verse capaz de asumir las responsabilidades del día a día (cuidar de los hijos, ser competente en el trabajo, apoyar a la pareja en sus problemas, etc.).

En relación a este último punto, y para ayudar a que la persona con depresión no se sienta todavía más culpable, es importante que las personas de su entorno eviten hacer comentarios del tipo: “tendrías que poner un poco más de tu parte para ponerte bien” o “no tiene sentido que estés triste… ¡si lo tienes todo para ser feliz!”.

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