¿Cómo ayudar sin perjudicar?

Árbol en parque de Oviedo

Cuando alguien a quien apreciamos necesita ayuda, intentamos tenderle la mano de manera incondicional. Muchas veces, para facilitar las cosas a la otra persona, evitándole el sufrimiento, se lo damos todo hecho.

Así, por ejemplo, encontramos a hijos que, transcurridos varios años tras la muerte de su padre, todavía ayudan a su madre (imaginemos que tiene 60 años y se puede valer por sí misma) llevando a cabo todas las tareas que hacía el difunto: ir al banco, llevarla a los sitios en coche, encargarse de toda la economía de la casa…

También conocemos casos de madres que hacen las tareas domésticas de la casa de su hija… y yerno. Llegan con la buena intención de ayudar a la pareja porque “ellos no tienen tiempo” y acaban haciendo todo: se encargan de los nietos, llenan la nevera después de hacerles la compra, ordenan el comedor repleto de trastos… Sólo quieren ayudar…

Esta manera de ayudar tan sobreprotectora no es sana y, de hecho, perjudica. El ayudar tomando las responsabilidades de la otra persona como propias lo que hace es incapacitarla, volverla dependiente. De esta manera, la persona receptora de la ayuda siente que no vale nada y que necesita a los demás para sobrevivir.

¿Cómo ayudar beneficiando?

La ayuda realmente útil es aquella que motiva al otro a ser autónomo en aquellas cosas en las está totalmente capacitado. La relación de ayuda sana es aquella que no crea dependencia, aquella que refleja un: “Confío en ti. Sé que lo puedes hacer tú solo, aunque me tendrás aquí siempre que quieras para darte soporte y acompañarte en este aprendizaje, hasta que lo puedas hacer tú mismo”.

Debemos ayudar al otro a aceptar sus propias responsabilidades. Si nos pide acompañamiento y consejo, evidentemente se los daremos, pero sin interferir, sin decidir por el otro. Toda persona tiene derecho a tomar sus propias decisiones libremente y esta es la manera de que sienta que es ella quien dirige su propia vida, madurando y autorealizándose.

El que la persona tenga sensaciones de logro es fundamental para su desarrollo y crecimiento personal. Y, si toma una decisión equivocada, cabe recordar que “todo error es un tesoro”, pues de éstos se aprende muchísimo: no nos sintamos mal por no haber insistido en que hiciera esto o aquello. No somos responsables de la vida de los demás (hablamos de adultos).

Así pues, dar soporte implica acompañar al otro solamente cuando nos lo pide o vemos que lo necesita, hasta que éste haya aprendido a “autosoportarse”. Esta actuación implica el tener que reprimir nuestro instinto de ocuparnos de cuidar del otro a toda costa, sin pararnos a reflexionar sobre aquello que realmente necesita y aquello que puede hacer por sí mismo.

Volviendo al ejemplo del hijo que quiere ayudar a su madre viuda, éste realmente no la ayudará si, tras un periodo en el que la madre recibe el consuelo necesario para superar el duelo, se lo continúa haciendo todo, compadeciéndola (con todo el amor y la buena intención del mundo) y haciendo que se vuelva dependiente e incapaz. Evidentemente, es necesario consolar al otro y liberarlo de parte del peso de las responsabilidades diarias en los primeros momentos del proceso de duelo. Sin embargo, transcurrido un tiempo prudencial, lo óptimo es que la persona doliente vaya adquiriendo nuevas responsabilidades. Así, si seguimos con el ejemplo, el hijo la acompañará al banco las primeras veces hasta que ella lo haga sola. También la acompañará a coger los transportes públicos para que aprenda a utilizarlos y no tenga que depender siempre de él, y le enseñará a llevar las cuentas de casa para que vea que no es tan complicado y que ella, si quiere, puede hacerlo. Esto es sólo un ejemplo que se puede extrapolar a cualquier tipo de situación en la que una persona ofrece su ayuda a otra.

Cuando nos damos cuenta de que la persona a la que queremos ayudar está aprendiendo a autoayudarse y está solucionando por sí misma sus cosas, la podemos continuar acompañando si ella quiere, yendo detrás sin hacer ruido, animándola cuando necesite un respaldo y valorándole positivamente los progresos conseguidos.

En definitiva: ¡Ayudarás mucho más si apoyas y guías a la otra persona que si la sobreproteges, diriges, controlas y asumes el mando de sus cosas! 🙂

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Obsesiones: pensamientos intrusos en espiral

Pensamiento repetitivo

Mario ha llevado a su hija Júlia de excursión. La niña tiene siete años y la quiere con locura: es su prioridad en esta vida. Pone a su hija por delante de todo lo demás: el trabajo, el ocio, la relación con su pareja actual y sus amigos…

Pasan por un camino colindante con un precipicio y coge a su hija de la mano para asegurarse de que no corre peligro. De repente, en ese preciso instante, se le pasa por la cabeza un pensamiento: “¿y si la arrojara por el precipicio?”. Se queda paralizado, preso del pánico. Abraza fuertemente a su hija y le dice que la quiere muchísimo, sintiendo que debe protegerla a toda costa… de no sabe exactamente qué.

(Aclaración: pese al impacto que esta escena pueda provocar, está basada en personas y situaciones reales. Este tipo de pensamiento intrusivo tan extremo es mucho más frecuente de lo que la gente imagina.)

A partir de ese día, Mario no puede desconectar de ese pensamiento y empieza a plantearse: “si quisiera a mi hija no hubiese tenido este pensamiento”, “¿quiero a mi hija?”. Siente que este pensamiento es muy inapropiado… pero lo ha pensado y, de hecho, lo tiene a diario en la cabeza. Intenta quitárselo de encima y no puede.

Está obsesionado con la posibilidad de agredir a Júlia y su comportamiento cambia: ya no sale de excursión con la niña e, incluso, evita hacer otras actividades con ella por miedo a dañarla. La obsesión toma forma de una espiral infinita: a medida que se repite, se va intensificando de manera totalmente incontrolada. De hecho, cuanto más intenta evitar la obsesión, más fuerte es su presencia. Se pasa varias horas al día dándole vueltas al pensamiento que tuvo en la montaña, se siente muy culpable y angustiado.

¿Qué es una obsesión?

Las obsesiones son ideas, imágenes, pensamientos o impulsos que aparecen de forma espontánea en la mente y adoptan un patrón repetitivo y persistente. La persona que las sufre normalmente percibe que son absurdas o inapropiadas, pues no tienen nada que ver con simples preocupaciones del día a día basadas en problemas reales.

Sabe que son producto de su mente y las define como “pensamientos intrusos”, pues se han incrustado en su cabeza en contra de su voluntad. Además, no encajan con su sistema de valores o con el tipo de pensamientos que suele tener.

El sujeto quiere, imperiosamente, evitar estas imágenes o pensamientos, pero no es capaz. Siente que no están bajo su control. Incluso, intenta neutralizarlas con determinados comportamientos o con otros pensamientos o razonamientos que las invaliden, pero no puede.

Tipos de obsesiones

No todas las obsesiones giran en torno a la posibilidad de agredir a alguien. Las obsesiones más frecuentes se basan en las siguientes temáticas:

  • Suciedad, contaminación y enfermedad. La persona piensa o imagina que ella misma o sus seres queridos pueden enfermar o morirse como consecuencia de contagiarse o contaminarse.
  • Sexualidad. Sería el caso del individuo heterosexual y felizmente casado que se imagina haciendo el acto sexual con otro hombre, la mujer religiosa que siente el impulso de exhibir su cuerpo delante de la gente, el joven al que le invade el pensamiento: “voy a violar a alguna chica”. Recordemos que estamos hablando de obsesiones que se viven con un gran malestar: no son deseos. Así, por ejemplo, el joven que tiene este pensamiento no es un violador, porque nunca ha violado ni violará a nadie. Precisamente, el tener este pensamiento intruso y repetitivo le provoca una gran angustia porque, insistimos, lo percibe como inapropiado. De la misma manera, el hombre heterosexual, que se obsesiona con la imagen de verse a él mismo teniendo relaciones con otro hombre, no es homosexual… y así con todos los casos. Es crucial entender que la imaginación y el pensamiento no tienen por qué corresponderse con la realidad. Además, pensamiento es una cosa y acción, otra. Puedo pensar: “voy a comerme un lápiz”, lo que no significa que lo vaya a hacer.
  • Violencia física hacia sí mismo u otros. La persona se obsesiona con la idea de agredir a alguien. Un joven que siente el impulso de clavarse un cuchillo o el caso de Mario que hemos ilustrado, son ejemplos de este tipo de obsesiones.
  • Asuntos abstractos. En estos casos no se da un pensamiento aislado, sino que aparece una secuencia de pensamientos sobre un tema abstracto (religioso o filosófico) que se va repitiendo. Sería el caso de aquella persona que se obsesiona con el sentido de la vida (se pasa horas dándole vueltas sin encontrar una respuesta) o de aquella otra que se pasa horas dudando sobre si la vida es real o ficticia.
  • Estar en peligro. El sujeto se imagina que él mismo u otra persona está en peligro debido a alguna imprudencia que se teme cometer como dejar el gas abierto, la puerta abierta, etc.

Normalmente, las obsesiones forman parte del Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). La persona que sufre TOC intenta neutralizar sus obsesiones realizando compulsiones. Dejaremos este tema pendiente para futuros posts.

Las preocupaciones no son obsesiones

En nuestro día a día es muy frecuente afirmar: “estoy obsesionada con esto” o “no te obsesiones, que todo saldrá bien”. Y es que solemos utilizar la palabra obsesión para referirnos a las preocupaciones.

Sin embargo, si tenemos en cuenta la jerga psicológica, la diferencia entre una preocupación y una obsesión es que la primera es experimentada por el sujeto como una inquietud normal mientras que la segunda es percibida, como hemos comentado, como extraña, intrusa o inapropiada.

La persona que tiene una preocupación siente, aunque pueda ser excesiva, que está causada por un problema o situación de la vida real. De hecho, percibe que preocuparse es normal e, incluso, piensa que es un intento de solucionar sus problemas.

Así pues, muchas personas se preocupan continuamente por el bienestar de la familia, el trabajo, los estudios, conflictos con conocidos, etc. Estas preocupaciones también pueden provocar ansiedad generalizada y malestar cuando son excesivas y el sujeto siente que se le escapan de las manos sin poderlas controlar.

En futuras entradas, hablaremos sobre la causa de las preocupaciones excesivas y también sobre qué podemos hacer para ocuparnos en lugar de preocuparnos. 😉

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Si crees que necesitas tratamiento para el TOC o sufres cualquier otro problema psicológico, no dudes en ponerte en contacto conmigo. Tienes toda la información sobre mi consulta de psicología (cómo trabajo, tratamientos, cómo contactar) en martacomadran.com

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Contra el insomnio: ¡deja de contar ovejas!

Ovejas durmiendo en el campo Cuando éramos pequeños y no podíamos dormir, nuestra madre nos decía cariñosamente: “cuenta ovejitas”. Las imaginábamos saltando, cruzando el río, las ovejas madre, las ovejas hija, blancas, negras… Las contábamos y contábamos pero nada, el sueño no hacía acto de presencia.

Las personas que sufren insomnio viven el momento de irse a dormir como si fuese una pesadilla. Y es que no desconectan de las preocupaciones del día, se sienten demasiado activadas mentalmente o existe cualquier otra causa que hace que den vueltas y vueltas en la cama, y se angustien más y más a medida que van pasando las horas. Otras se duermen enseguida pero se van despertando durante toda la noche, de manera que no pueden mantener el sueño y éste deja de ser reparador.

En estos casos aprender a dormir es sumamente importante, ya que nuestra salud mantiene una estrecha relación con la cantidad de horas que dormimos y la calidad del sueño.

Si quieres conciliar el sueño más fácilmente, es el momento de dejar a las ovejas tranquilas. Puedes utilizar otros recursos que han demostrado ser mucho más eficaces y ayudan a adquirir unos hábitos de higiene del sueño correctos.

Lo que no debes hacer

  • Prohibido jugar a la consola, mirar la televisión, navegar por internet (utilizar el ordenador en general) o utilizar el móvil (su pantalla) antes de acostarse. Las imágenes, la luminiscencia de las pantallas y los sonidos de estos dispositivos son estimulantes y mantienen nuestro cerebro muy activado, de manera que después cuesta mucho más entrar en la primera fase del sueño.
  • No duermas durante el día si lo puedes evitar. Solamente permítete, si lo necesitas imperiosamente, hacer una pequeña siesta (no más de veinte minutos) justo después de comer.
  • Evita picar cosas dulces justo antes de irte a la cama. Este tipo de alimentos provocan un pico de glucosa en sangre, lo que se traduce en un exceso de energía que el cuerpo no necesita en este momento y que dificulta la conciliación el sueño.
  • Intenta dejar de dar vueltas en la cama. Quédate quieto, en una posición que te resulte cómoda, para favorecer que se activen los mecanismos de tu organismo que inducen relajación, evitando (por ser antagónicos) la puesta en marcha de aquellos que te provocan agitación.
  • Evita mirar el reloj, pues no ayuda a desconectar. Además, el mirar la hora de manera repetitiva aumenta la exigencia autoimpuesta de tener que dormir a toda costa y aparecen pensamientos negativos del tipo: “tengo que dormirme ya mismo, sino mañana no rendiré”. Estos pensamientos son muy perjudiciales, ya que mantienen el estado de alerta contrario a la desconexión.

Lo que sí te puede ayudar a conciliar el sueño

  • Acuéstate en la cama solamente cuando tengas sueño. De esta manera tu cerebro asociará la cama con dormir. Si haces actividades como leer, navegar por internet en el portátil, etc., en ella, asociarás la cama con estar despierto y al querer dormir tu mente te puede jugar malas pasadas, dificultándote el sueño.
  • Por el mismo motivo, utiliza el dormitorio solamente para dormir (excepción: relaciones sexuales).
  • Intenta acostarte y levantarte siempre a la misma hora (incluso los fines de semana siempre que sea posible). A nuestro cuerpo le gustan las rutinas y es fundamental que se habitúe a un ritmo óptimo de sueño-vigilia. Si te lo puedes permitir, intenta tener horarios regulares para todas tus otras actividades rutinarias, sobre todo en relación a las comidas.
  • Cena como mínimo dos horas antes de acostarte. La comida debe ser ligera, ya que las digestiones pesadas dificultan el sueño.
  • Durante el día, reduce el consumo de cafeína (también llamada teína), substancia que se encuentra presente en el café, té, chocolate y bebidas de cola. Intenta que el consumo sea “cero” a partir de media tarde. De la misma manera, reduce también el consumo de alcohol y nicotina.
  • Después de cenar y antes de acostarte, realiza alguna actividad relajante. El objetivo es ir desconectando la mente de todo aquello que, durante el día, la ha mantenido despierta e, incluso, en estado de alerta. Podemos fijar la cena como señal para empezar tal desconexión. La actividad escogida debe ser de tu agrado, siendo muy beneficioso leer (un tipo de lectura que no requiera de mucha concentración) o escuchar música suave. Enseguida que te coja sueño, vete a la cama. Si al acostarte, vuelves a estar en vela, levántate y repite la misma rutina. Intenta no quedarte dormido fuera del dormitorio (sofá, etc.).
  • Desconecta de tus preocupaciones, como mínimo una hora antes de acostarte. Soy consciente de que es muy complicado cuando tienes muchos problemas y te urge solucionarlos. Te puede ayudar el anotar todo aquello que tienes que resolver, bajo el título “cuestiones pendientes”, con la intención de retomarlo al día siguiente. El liberar tu mente de estas preocupaciones sabiendo que no las vas a olvidar porque las has escrito, ya es un motivo para sentirse más relajado.
  • Antes de acostarte, asegúrate que el dormitorio está bien acondicionado: poca luz (rendijas de la ventana bien cerradas), silencio (si entran ruidos de la calle, podemos utilizar tapones de goma-espuma), temperatura (buenos calcetines si se te suelen enfriar los pies…).
  • Durante la semana haz ejercicio físico de manera regular, ya que ayuda a relajar la musculatura y dificulta la aparición del estado de hipervigilancia que impide conciliar el sueño. Eso sí, evita practicarlo a última hora del día, pues se da un efecto inmediato de activación del organismo que es antagónico al objetivo que persigues: desconectar y dormirte plácidamente.

Que tengas dulces sueños…

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Trastorno bipolar: mucho más que altibajos emocionales

Euforia y tristeza ¿En cuántas ocasiones hemos afirmado “es bipolar” al hacer alusión a alguien que muestra un estado de ánimo algo inestable? ¿Cuántas veces hemos oído esta misma expresión para describir a una persona que realmente tiene este trastorno, anulando cualquier otro aspecto de su ser?

Si comprendiéramos esta enfermedad en toda su magnitud, nos daríamos cuenta que el utilizar frecuentemente afirmaciones del tipo “es bipolar” implica frivolizar sobre un trastorno mental grave que, por otra parte, puede llegar a manejarse a través de un buen tratamiento farmacológico (éste es imprescindible) combinado con terapia psicológica y apoyo social.

Características del trastorno

¿Cómo te sentirías si pasaras por temporadas en las que te domina una profunda tristeza que te hace sentir inútil y sin ganas de vivir, y otras en las que experimentas tal felicidad y optimismo que estás convencido de que puedes hacer todo lo que te propongas? ¿Qué harías si, cuando intentas comerte el mundo lanzándote a la piscina, tus allegados intentan pararte los pies alegando que eres un imprudente e irresponsable?

Como ocurre con la mayoría de trastornos mentales es complicado definir el trastorno bipolar, pues implica “poner en el mismo saco” a personas que tienen problemáticas muy diferentes, cosa que no ayuda a huir de los estereotipos.

Sin embargo, hacer una descripción general nos permite tener una primera idea para comenzar a entender este trastorno. Sólo bajo este pretexto, podemos afirmar que lo que tienen en común la mayoría de las personas que sufren este desorden es que pasan, a lo largo de su vida, por periodos en los que sienten una profunda tristeza y apatía patológicas (episodios depresivos mayores) y otros en los que muestran una excesiva euforia y/o irritabilidad (episodio de manía o hipomanía, una u otra en función de la intensidad). También suelen darse periodos de estabilidad emocional (eutimia) en los que no se presenta ninguno de estos síntomas.

Ya explicamos, en un post anterior, cómo se puede sentir la persona que sufre un episodio depresivo mayor. En cuanto al episodio de manía, que dura como mínimo una semana, el afectado puede manifestar:

  • Gran seguridad y elevada autoestima. Ideas sobrevaloradas sobre sí mismo, pudiendo llegar, incluso, a los delirios de grandiosidad.
  • Labilidad atencional. Se distrae fácilmente cuando se le habla o hace alguna actividad.
  • Verborrea. Puede hablar en exceso y más rápido de lo habitual.
  • Exagerado optimismo (optimismo ilusorio) que le lleva a tener comportamientos considerados, por su entorno, como temerarios y faltos de control (por ejemplo, hacer una inversión económica desproporcionada que puede llevar a la ruina).
  • Sensación de tener mucha energía y necesidad de estar constantemente activo. Pocas ganas de dormir (puede reducir las horas de sueño a dos o tres).

En la hipomanía, como hemos comentado, se dan estos mismos síntomas de manera más atenuada. Por ejemplo, nunca se llegará a los delirios de grandiosidad.

Además del episodio maníaco o hipomaníaco y el depresivo, también se habla de episodio mixto. Éste se caracteriza por la rápida alternancia (casi a diario) entre tristeza, euforia e irritabilidad.

Tipos y causas

Se han descrito diferentes tipos de trastorno bipolar. Los más conocidos son el I y el II:

  • En el trastorno bipolar I, la persona sufre uno o más episodios maníacos o mixtos, frecuentemente (no siempre) acompañados por episodios depresivos mayores.
  • En el trastorno bipolar II se dan uno o más episodios depresivos mayores y, al menos, un episodio hipomaníaco.

Por lo tanto, podemos afirmar que los episodios depresivos pueden ser igual de graves e incapacitantes en el trastorno bipolar I y II, mientras que los episodios de euforia/irritabilidad son mucho más severos en el I. De hecho, mientras que en el I se puede llegar a hospitalizar a la persona durante el episodio de manía (pueden aparecer cuadros psicóticos), en el hipomaníaco del II esto no llega a ocurrir.

Todos los trastornos bipolares son causados por una combinación de factores biológicos (estructura y función neuronal), hereditarios (predisposición genética), psicológicos y sociales. Consecuentemente, el mejor tratamiento incluye terapia farmacológica (es necesario acudir a un psiquiatra) y psicológica.

La importancia del diagnóstico diferencial

Muchas personas son diagnosticadas de trastorno bipolar al cabo de muchos años de padecerlo, de manera que el sufrimiento del afectado y sus familiares se vuelve realmente abrumador. Pero, ¿por qué es tan difícil detectar este problema?

Por una parte, suele pasar que la persona que sufre esta patología es consciente de que tiene un gran problema que le provoca malestar solamente durante el episodio depresivo. Y es que durante el episodio maníaco o hipomaníaco, el sujeto se siente muy, muy bien. En estas fases de euforia desbordante y humor patológico, el afectado puede quedarse perplejo cuando los familiares le insisten en que lo que hace y siente no es normal: “¿Qué me están diciendo? ¿Por qué me quieren fastidiar ahora que me siento feliz?” Simplemente, no ve necesario acudir a un psiquiatra o psicólogo clínico… “¿Para qué? ¡Pero si estoy mejor que nunca!”.

Esta actitud (muy lógica si nos metemos en la piel de la persona que sufre este trastorno) crea un gran sufrimiento y desgaste a los familiares que se preocupan por ella, pues no encuentran la manera de contenerla… ven como su hijo, esposa, padre dan rienda suelta a su comportamiento desinhibido e irreflexivo que, de una manera u otra, les toca de cerca.

En cambio, cuando están atravesando el episodio depresivo muchos afectados sí que acuden a un profesional. El especialista debe explorar muy bien la vida del paciente evitando centrarse solamente en los síntomas depresivos del presente, para poder detectar algún período del pasado en el que el estado de ánimo se fué hacia el otro extremo. Esta detección es difícil si tenemos en cuenta que el afectado puede “olvidar” estas fases maníacas o no sacarlas a la luz en la consulta por percibirlas como normales y creer que nada tienen que ver con su malestar. Así pues, se puede llegar a confundir un trastorno bipolar con una depresión mayor, de manera que se recetan fármacos que no ayudan al paciente, al contrario.

Otros trastornos que pueden dar lugar a diagnósticos erróneos en un primer momento son la esquizofrenia y el trastorno límite de la personalidad, de los que hablaremos en futuros posts. Además, la sintomatología asociada que se da con cierta frecuencia (sintomatología ansiosa o trastornos de ansiedad, consumo de substancias adictivas, etc.) puede dificultar aún más este diagnóstico.

Por otra parte puede pasar que el sujeto, a pesar de sentirse fatal, no acuda a ningún profesional que podría hacer el diagnóstico. A esto se le añade el hecho de que las personas de su entorno quizás no detectan que tiene un problema: creen que su familiar/pareja/amigo es inestable, lo juzgan por mostrarse temerario en ocasiones, son conscientes de que a veces tiene épocas en las que está muy triste y se preocupan… pero no llegan a darse cuenta de que su pariente o amigo tiene un problema mayor, que va más allá de un simple estado de ánimo cambiante.

Contra el estigma y los prejuicios sociales

Muchas de las personas que tienen trastorno bipolar se sienten marginadas y excluidas de la sociedad injustamente. De hecho, este trastorno es de los que más estigma soporta actualmente. Y es que se ha llegado a construir una imagen muy distorsionada y descalificadora de esta enfermedad.

A pesar de la gravedad del trastorno, debemos tener muy claro que las personas que lo sufren lo pueden llegar a combatir y controlar gracias al consumo de fármacos que les ayudan a estabilizar el ánimo, el apoyo familiar y social (todos nosotros podemos formar parte de ese apoyo social), la psicoterapia y la psicoeducación. El engranaje de todo ello hace posible que puedan retomar las riendas de su vida de manera totalmente autónoma.

Por todo ello, podemos afirmar que la persona con este trastorno, estando bajo tratamiento, tiene una vida normal, con su familia, su trabajo (¡o búsqueda de éste!), sus hijos, su lo que sea… ¿Por qué se la tiene que discriminar? Todos tenemos nuestras cosas y a nadie nos gusta ser objeto de prejuicios.

Así pues, hagamos el esfuerzo de entender qué es el trastorno bipolar antes de juzgar a las personas que lo padecen a partir de ideas equivocadas que no hacen más que crear una imagen caricaturesca, estereotipada y denigrante de esta enfermedad. Recordemos a famosos que lo han padecido (como Abraham Lincoln) o lo padecen (un ejemplo sería Catherine Zeta Jones) para crear una imagen mucho más digna de esta enfermedad.

Evitemos etiquetar a las personas que sufren esta patología con expresiones del tipo “es bipolar” y tratemos de verlas en su conjunto, abriendo bien los ojos, la mente y el corazón.
Y es que la persona que sufre esta enfermedad mental NO ES bipolar. Esta persona ES muchísimas cosas (madre, padre, hijo, amiga, vendedor, economista, cantante, simpático, responsable, tímida…) y TIENE trastorno bipolar.

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Las cuatro tareas del duelo: Superando la pérdida

Cruz de piedra en Lastres

Ante una pérdida y después de un tiempo de dolor en el que intentamos continuar viviendo sin esa persona que tanto llenaba nuestra vida, nos podemos preguntar: ¿El sentirme todavía triste después de tanto tiempo significa que nunca superaré la pérdida? ¿Qué puedo hacer para recuperar las riendas de mi vida sin ella? ¿Cómo sé si mi duelo ya ha acabado?

El duelo es un proceso natural y muy complejo que afecta a la totalidad de la persona a nivel físico, emocional, cognitivo y espiritual. Durante este proceso la persona pasa por una serie de fases. Si el duelo se elabora de manera óptima, el transitar por estas fases implica llevar a cabo las cuatro “tareas” que fueron descritas por el psicólogo J. William Worden (1997).

Las cuatro tareas del duelo

Las cuatro tareas se suelen realizar de manera natural en el orden descrito a continuación, aunque hay veces en que se dan de manera no secuencial. Lo más importante es que se trabajen y culminen todas ellas. Estas tareas son:

1) Aceptar la realidad de la pérdida. No es nada fácil llegar a asimilar una realidad tan cruel y desgarradora como lo es la muerte de un ser querido. Cuando alguien fallece y nos dan la noticia, la “bofetada inicial” va seguida de cierta incredulidad: no puede ser verdad, es imposible. No estamos dispuestos a aceptarlo. Esto ocurre incluso en casos en los que la muerte estaba anunciada. Entramos en estado de shock y no digerimos la realidad. La primera ardua tarea del duelo implica afrontar la realidad de que nuestro ser querido ha muerto y, por lo tanto, no volverá… nunca. Salimos del estado de shock inicial trabajando la negación: asimilamos la pérdida a nivel cognitivo, entendiendo y aceptando el significado de que la persona ya no está. En este primer momento de experimentación de lo sucedido puede que todavía no sintamos emociones (presentándose más tarde) o puede que nos vengan de golpe, sufriendo ya el dolor en toda su magnitud. Para llevar a cabo esta tarea es de gran ayuda poder recordar a la persona fallecida y hablar sobre ella, sobre las circunstancias que rodearon su muerte, etc.: cómo me relacionaba con ella, cuáles eran sus virtudes, qué me molestaba de ella, cómo murió, dónde estaba yo en ese momento, cómo fue el funeral…

2) Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida. Muchas veces, cuando aparecen emociones como la tristeza o la rabia, intentamos evitarlas para no sufrir o bien para hacernos los fuertes ante los demás. Sin embargo, la negación del dolor puede provocar todavía más sufrimiento. Así pues, esta tarea implica trabajar el impacto emocional que nos produce la pérdida, identificando y expresando las emociones y sentimientos que afloran en nosotros. Es necesario experimentar el dolor que nos provoca la muerte de esta persona con la que hemos estado vinculados tan profundamente. El consuelo y soporte emocional de nuestros allegados en estos momentos nos puede ayudar a poner nombre a estas emociones, llegando a expresar aquello que sentimos y que todavía no hemos logrado verbalizar. Además, al realizar esta tarea resolvemos asuntos que han quedado pendientes al morir la otra persona, exteriorizando también sentimientos de culpa, soledad, angustia…

3) Adaptarse a un entorno en el que el fallecido ya no está. La persona que se ha marchado para siempre ha dejado un espacio vacío. Quizás era él quien se ocupaba de la economía de la casa. Quizás era gracias a ella que nos relacionábamos más con ciertos familiares y amistades. Quizás este ser querido con el que estábamos tan vinculados daba sentido a nuestra propia identidad. Es decir, la persona difunta desarrollaba ciertos roles, asumía determinadas responsabilidades y daba significado a algunas partes de nuestro yo. Con su muerte, hemos perdido una parte de nuestra identidad que tendremos que reconstruir. También deberemos tomar nuevas responsabilidades, desarrollar nuevas habilidades y asumir roles que antes no desempeñábamos. Por lo tanto, podemos afirmar que esta tarea implica adaptarnos a nuestra nueva vida cotidiana, a una nueva imagen de nosotros mismos y a una nueva manera de entender el mundo que debemos reajustar (reconstruyendo determinados valores y creencias) para que no se tambalee. Cuando esta tarea se realiza exitosamente, nos vemos a nosotros mismos aprendiendo a hacer un risotto cuando antes nunca nos metíamos en la cocina, apuntándonos a un centro excursionista para hacer nuevas amistades en un intento de establecer nuevas relaciones, asumiendo la responsabilidad de tirar para adelante el negocio sin el soporte y la ayuda del otro…

4) Recolocar emocionalmente al fallecido y continuar viviendo. Para proseguir con nuestras vidas sintiéndonos felices de nuevo a pesar de la pérdida, buscamos un “sitio” (un lugar simbólico) donde recolocar emocionalmente (y también cognitivamente) al difunto. No se trata de renunciar a él, sino de encontrarle un lugar adecuado en nuestra historia emocional que nos permita continuar percibiendo que la vida tiene sentido y que queremos vivirla. Quizás coloquemos una foto de nuestro ser querido en un sitio especial y le pidamos que nos ayude, encendiéndole una vela cuando tenemos un problema, de manera que simbólicamente continuamos unidos a él. Nuestro ser querido ha fallecido pero el vínculo que teníamos permanece vivo. Este vínculo será diferente del que manteníamos antes de su muerte y nos permitirá aceptar que podemos sentir bienestar de nuevo. Quizás creemos un grupo de padres cuyos hijos hayan fallecido en las mismas circunstancias que el nuestro, de modo que nuestra vida adquiera un nuevo sentido. De esta manera le damos una nueva perspectiva a la pérdida y experimentamos una transformación personal en nosotros.

Entonces, ¿cuándo podemos afirmar que nuestro duelo ha finalizado?

Podemos afirmar que nuestro duelo ha acabado cuando nos damos cuenta de que hemos escogido vivir de nuevo, intentando ser felices con los que están con nosotros en esta vida terrenal. Hemos cambiado, aunque este cambio no ha emergido hasta el final de este largo y duro camino.

De hecho, al principio del proceso nos sentíamos incapaces de vivir sin esta persona, nos creíamos inútiles e ineficaces para muchas cosas, estábamos convencidos de que la vida había perdido todo el sentido. Al acabar el duelo, nos damos cuenta de que hemos puesto en marcha recursos que no sabíamos que teníamos y que nos hacen sentir bien, más fuertes.

Además, nos percatamos de que eso no significa que hayamos dejado de amar a la persona que ha fallecido: la seguimos queriendo aunque no esté físicamente con nosotros, la seguimos teniendo dentro de este nuevo sentido que le hemos dado a nuestra vida y la seguimos recordando sin sentir por ello un dolor tan desolador que nos impida vivir.

En definitiva, si la elaboración de la pérdida se da de manera óptima, podemos afirmar que el duelo tiene un potencial transformador, ya que constituye una oportunidad para el crecimiento personal del sujeto que lo sufre.

Por otra parte, podemos afirmar que el tiempo necesario para llevar a cabo las cuatro tareas es de uno a dos años, aunque en el caso de viudas hay autores que hablan de tres a cuatro años.

En relación a la muerte de un hijo, en la mayoría de casos se trata de una herida que nunca se cierra. Hay padres que afirman que, tras la muerte de su hijo, simplemente sobreviven… y nada más. Aún así, también aquí podemos hablar de “potencial transformador”.

¿Qué ocurre cuando no se realiza alguna de las cuatro tareas del duelo?

En el duelo no elaborado la persona doliente se bloquea durante un largo tiempo en alguna de las tareas. Por ejemplo, hay quien niega la pérdida. Una manera de negarla es quitarle importancia a la relación que se tenía con el ser querido. Otra es expresar solamente los defectos de éste. Así, podemos oír afirmaciones del tipo: “En realidad no estábamos tan unidos” o “No era una buena hermana”. También pueden darse conductas que minimizan el significado de la pérdida. Todos conocemos a personas que se apresuran a deshacerse de todas las pertenencias y recuerdos del fallecido bajo el pretexto de que no quieren sufrir al verlos… sin darse cuenta de que, así, se están resistiendo a asimilar y aceptar la realidad.

De la misma manera, el sujeto se puede bloquear en cualquiera de las otras tres tareas, sobre todo en la cuarta. Muchas personas se resisten a continuar viviendo plenamente sin el fallecido porque piensan que esto implica olvidarlo o dejar de quererlo. Esto ayuda a que sientan que la vida se ha detenido en seco a partir de la pérdida. Se sienten culpables por ser felices de nuevo en el presente y se mantienen enganchadas al pasado sin querer formar nuevos vínculos con otras personas o fortalecer los existentes, cosa que no les ayuda a retomar sus vidas. No se ven capaces, en definitiva, de canalizar las energías puestas en el fallecido hacia otras relaciones y menesteres que les harían sentirse mejor. No se dan cuenta de que, para ello, no hace falta romper el vínculo con el fallecido, sino simplemente reelaborarlo, darle otra forma.

A estas personas, y ya para acabar, les recuerdo las palabras de Tolstoi: “Sólo las personas que son capaces de amar intensamente pueden sufrir también un gran dolor, pero esta misma necesidad de amar sirve para contrarrestar su dolor y curarles”.

Dónde encontrarme

Si estás pasando por un proceso de duelo y necesitas ayuda terapéutica, puedes contactar conmigo a través del formulario de contacto que encontrarás en martacomadran.com

 

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