Las cuatro tareas del duelo: Superando la pérdida

Cruz de piedra en Lastres

Ante una pérdida y después de un tiempo de dolor en el que intentamos continuar viviendo sin esa persona que tanto llenaba nuestra vida, nos podemos preguntar: ¿El sentirme todavía triste después de tanto tiempo significa que nunca superaré la pérdida? ¿Qué puedo hacer para recuperar las riendas de mi vida sin ella? ¿Cómo sé si mi duelo ya ha acabado?

El duelo es un proceso natural y muy complejo que afecta a la totalidad de la persona a nivel físico, emocional, cognitivo y espiritual. Durante este proceso la persona pasa por una serie de fases. Si el duelo se elabora de manera óptima, el transitar por estas fases implica llevar a cabo las cuatro “tareas” que fueron descritas por el psicólogo J. William Worden (1997).

Las cuatro tareas del duelo

Las cuatro tareas se suelen realizar de manera natural en el orden descrito a continuación, aunque hay veces en que se dan de manera no secuencial. Lo más importante es que se trabajen y culminen todas ellas. Estas tareas son:

1) Aceptar la realidad de la pérdida. No es nada fácil llegar a asimilar una realidad tan cruel y desgarradora como lo es la muerte de un ser querido. Cuando alguien fallece y nos dan la noticia, la “bofetada inicial” va seguida de cierta incredulidad: no puede ser verdad, es imposible. No estamos dispuestos a aceptarlo. Esto ocurre incluso en casos en los que la muerte estaba anunciada. Entramos en estado de shock y no digerimos la realidad. La primera ardua tarea del duelo implica afrontar la realidad de que nuestro ser querido ha muerto y, por lo tanto, no volverá… nunca. Salimos del estado de shock inicial trabajando la negación: asimilamos la pérdida a nivel cognitivo, entendiendo y aceptando el significado de que la persona ya no está. En este primer momento de experimentación de lo sucedido puede que todavía no sintamos emociones (presentándose más tarde) o puede que nos vengan de golpe, sufriendo ya el dolor en toda su magnitud. Para llevar a cabo esta tarea es de gran ayuda poder recordar a la persona fallecida y hablar sobre ella, sobre las circunstancias que rodearon su muerte, etc.: cómo me relacionaba con ella, cuáles eran sus virtudes, qué me molestaba de ella, cómo murió, dónde estaba yo en ese momento, cómo fue el funeral…

2) Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida. Muchas veces, cuando aparecen emociones como la tristeza o la rabia, intentamos evitarlas para no sufrir o bien para hacernos los fuertes ante los demás. Sin embargo, la negación del dolor puede provocar todavía más sufrimiento. Así pues, esta tarea implica trabajar el impacto emocional que nos produce la pérdida, identificando y expresando las emociones y sentimientos que afloran en nosotros. Es necesario experimentar el dolor que nos provoca la muerte de esta persona con la que hemos estado vinculados tan profundamente. El consuelo y soporte emocional de nuestros allegados en estos momentos nos puede ayudar a poner nombre a estas emociones, llegando a expresar aquello que sentimos y que todavía no hemos logrado verbalizar. Además, al realizar esta tarea resolvemos asuntos que han quedado pendientes al morir la otra persona, exteriorizando también sentimientos de culpa, soledad, angustia…

3) Adaptarse a un entorno en el que el fallecido ya no está. La persona que se ha marchado para siempre ha dejado un espacio vacío. Quizás era él quien se ocupaba de la economía de la casa. Quizás era gracias a ella que nos relacionábamos más con ciertos familiares y amistades. Quizás este ser querido con el que estábamos tan vinculados daba sentido a nuestra propia identidad. Es decir, la persona difunta desarrollaba ciertos roles, asumía determinadas responsabilidades y daba significado a algunas partes de nuestro yo. Con su muerte, hemos perdido una parte de nuestra identidad que tendremos que reconstruir. También deberemos tomar nuevas responsabilidades, desarrollar nuevas habilidades y asumir roles que antes no desempeñábamos. Por lo tanto, podemos afirmar que esta tarea implica adaptarnos a nuestra nueva vida cotidiana, a una nueva imagen de nosotros mismos y a una nueva manera de entender el mundo que debemos reajustar (reconstruyendo determinados valores y creencias) para que no se tambalee. Cuando esta tarea se realiza exitosamente, nos vemos a nosotros mismos aprendiendo a hacer un risotto cuando antes nunca nos metíamos en la cocina, apuntándonos a un centro excursionista para hacer nuevas amistades en un intento de establecer nuevas relaciones, asumiendo la responsabilidad de tirar para adelante el negocio sin el soporte y la ayuda del otro…

4) Recolocar emocionalmente al fallecido y continuar viviendo. Para proseguir con nuestras vidas sintiéndonos felices de nuevo a pesar de la pérdida, buscamos un “sitio” (un lugar simbólico) donde recolocar emocionalmente (y también cognitivamente) al difunto. No se trata de renunciar a él, sino de encontrarle un lugar adecuado en nuestra historia emocional que nos permita continuar percibiendo que la vida tiene sentido y que queremos vivirla. Quizás coloquemos una foto de nuestro ser querido en un sitio especial y le pidamos que nos ayude, encendiéndole una vela cuando tenemos un problema, de manera que simbólicamente continuamos unidos a él. Nuestro ser querido ha fallecido pero el vínculo que teníamos permanece vivo. Este vínculo será diferente del que manteníamos antes de su muerte y nos permitirá aceptar que podemos sentir bienestar de nuevo. Quizás creemos un grupo de padres cuyos hijos hayan fallecido en las mismas circunstancias que el nuestro, de modo que nuestra vida adquiera un nuevo sentido. De esta manera le damos una nueva perspectiva a la pérdida y experimentamos una transformación personal en nosotros.

Entonces, ¿cuándo podemos afirmar que nuestro duelo ha finalizado?

Podemos afirmar que nuestro duelo ha acabado cuando nos damos cuenta de que hemos escogido vivir de nuevo, intentando ser felices con los que están con nosotros en esta vida terrenal. Hemos cambiado, aunque este cambio no ha emergido hasta el final de este largo y duro camino.

De hecho, al principio del proceso nos sentíamos incapaces de vivir sin esta persona, nos creíamos inútiles e ineficaces para muchas cosas, estábamos convencidos de que la vida había perdido todo el sentido. Al acabar el duelo, nos damos cuenta de que hemos puesto en marcha recursos que no sabíamos que teníamos y que nos hacen sentir bien, más fuertes.

Además, nos percatamos de que eso no significa que hayamos dejado de amar a la persona que ha fallecido: la seguimos queriendo aunque no esté físicamente con nosotros, la seguimos teniendo dentro de este nuevo sentido que le hemos dado a nuestra vida y la seguimos recordando sin sentir por ello un dolor tan desolador que nos impida vivir.

En definitiva, si la elaboración de la pérdida se da de manera óptima, podemos afirmar que el duelo tiene un potencial transformador, ya que constituye una oportunidad para el crecimiento personal del sujeto que lo sufre.

Por otra parte, podemos afirmar que el tiempo necesario para llevar a cabo las cuatro tareas es de uno a dos años, aunque en el caso de viudas hay autores que hablan de tres a cuatro años.

En relación a la muerte de un hijo, en la mayoría de casos se trata de una herida que nunca se cierra. Hay padres que afirman que, tras la muerte de su hijo, simplemente sobreviven… y nada más. Aún así, también aquí podemos hablar de “potencial transformador”.

¿Qué ocurre cuando no se realiza alguna de las cuatro tareas del duelo?

En el duelo no elaborado la persona doliente se bloquea durante un largo tiempo en alguna de las tareas. Por ejemplo, hay quien niega la pérdida. Una manera de negarla es quitarle importancia a la relación que se tenía con el ser querido. Otra es expresar solamente los defectos de éste. Así, podemos oír afirmaciones del tipo: “En realidad no estábamos tan unidos” o “No era una buena hermana”. También pueden darse conductas que minimizan el significado de la pérdida. Todos conocemos a personas que se apresuran a deshacerse de todas las pertenencias y recuerdos del fallecido bajo el pretexto de que no quieren sufrir al verlos… sin darse cuenta de que, así, se están resistiendo a asimilar y aceptar la realidad.

De la misma manera, el sujeto se puede bloquear en cualquiera de las otras tres tareas, sobre todo en la cuarta. Muchas personas se resisten a continuar viviendo plenamente sin el fallecido porque piensan que esto implica olvidarlo o dejar de quererlo. Esto ayuda a que sientan que la vida se ha detenido en seco a partir de la pérdida. Se sienten culpables por ser felices de nuevo en el presente y se mantienen enganchadas al pasado sin querer formar nuevos vínculos con otras personas o fortalecer los existentes, cosa que no les ayuda a retomar sus vidas. No se ven capaces, en definitiva, de canalizar las energías puestas en el fallecido hacia otras relaciones y menesteres que les harían sentirse mejor. No se dan cuenta de que, para ello, no hace falta romper el vínculo con el fallecido, sino simplemente reelaborarlo, darle otra forma.

A estas personas, y ya para acabar, les recuerdo las palabras de Tolstoi: “Sólo las personas que son capaces de amar intensamente pueden sufrir también un gran dolor, pero esta misma necesidad de amar sirve para contrarrestar su dolor y curarles”.

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Acerca de Marta Comadran

Psicóloga (itinerario Psicología Clínica y de la Salud) y Bióloga Sanitaria. Consulta privada de terapia y apoyo psicológico en Mollet del Vallés (muy cerca de Barcelona). También servicio online, en www.martacomadran.com. Tenéis más información en las pestañas "Sobre mí" y "Contacto"de mi blog.
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