¿Cómo puedo ayudar a un familiar o amigo con depresión?

Depresión y tristeza Las personas que sufren depresión lo pasan realmente mal. Suelen tener tristeza, apatía, fatiga, problemas de insomnio, desesperanza, sentimientos de culpa y, en algunos casos, pensamientos e ideas de suicidio.

Sus familiares y amigos intentan evitarles el sufrimiento y, con este objetivo, pueden llevar a cabo actuaciones equivocadas que, en lugar de ayudar, mantienen o agravan el problema. Y es que relacionarse y convivir con una persona que tiene depresión es muy complejo por las características inherentes a este trastorno.

Aquí tenéis algunas pautas sobre cómo relacionarnos con personas que sufren depresión para ayudarlas a salir del pozo:

  • Escucha, escucha y escucha. Nunca me cansaré de decirlo. La persona que tiene depresión necesita ser escuchada y comprendida. Así pues, nos referimos a practicar la escucha activa para que sienta que tiene a alguien en quien apoyarse. No se trata de escuchar en cantidad (debemos evitar el fomento de la dependencia como comentaremos a continuación) sino de practicar una escucha de calidad.
  • Relacionado con el punto anterior: no la juzgues. Dale soporte emocional sin juzgar, sin expresar frases del tipo: “No entiendo que estés triste. Tendrías que estar contento… ¡Si mejor no puedes vivir!”, “Lo tienes todo. Tendrías que estarle agradecido a la vida en lugar de sentirte víctima del mundo”, “Tendrías que ser más optimista. ¡No tienes motivos para verlo todo tan negro!”, “Eres tú quien se provoca la depresión con tanto negativismo… ¡Te tienes que animar!”. Con frases de este tipo, la persona va a sentirse culpable: culpable por tener depresión, culpable por no sentirse capaz de quitársela de encima, y culpable por ver como sus allegados sufren sin comprender por lo que está pasando. Es fácil que el afectado se sienta culpable sin serlo: no potenciemos ese sentimiento.
  • Si ves que se queja mucho, está muy negativo al hablar de algún tema o llora, intenta ofrecerle nuevas perspectivas más positivas a su punto de vista tan negro. Insistimos, no se trata de juzgar (consultar de nuevo punto anterior) sino de proponer alternativas más positivas a su enfoque, sin presionar para que las acepte.
  • No fuerces a tu familiar o amigo con depresión a realizar actividades que no se ve capaz de hacer. Por mucho que creas que le puede ser útil para mejorar su estado de ánimo, no lo presiones. Se lo puedes sugerir, pero no insistas.
  • En cambio, sí puedes fijarte en aquellas actividades que, a pesar de la depresión, es capaz de ejecutar y le aportan bienestar o emociones positivas. Detéctalas y anímale a que las haga con una mayor frecuencia, a modo de sugerencia (sin repetírselo si no quiere). Si no las hay, sugiérele que salga contigo a dar una vuelta, proponle que vaya con otras personas o que haga otras actividades, empezando por aquellas que no le fuercen a mostrar una alegría que no siente.
  • No dejes de lado tu vida. Por mucho que quieras a esta persona, por mucho que esté sufriendo, por mucho que sufras tú, continúa (en la medida de lo posible) con tus rutinas. Que a tu ser querido le vaya bien tu comprensión y apoyo no significa que le tengas que ayudar en exceso, incluso en cosas que puede hacer por sí mismo. Y es que dedicarse en cuerpo y alma a la persona con depresión puede generar dependencia y pasividad en ésta última. Si dejas al margen todas tus cosas para atender a tu allegado, la depresión de éste se va a convertir en el centro de vuestras vidas y va a ser más difícil erradicarla. Puedes darle todo tu apoyo sin descuidar tu vida social y actividades en general. Es imprescindible, por complicado que sea, encontrar un equilibrio entre mostrar comprensión y no dejar de lado tu vida.
  • No intentes hacer de psicólogo o psiquiatra. Te faltan recursos y herramientas para llevar a cabo este papel. Además, si las interacciones con la persona que tiene depresión se ciñen solamente a ésta problemática, a cómo solucionarla, a intentar ayudar, etc., vuestra relación se va a desgastar. De hecho, pueden aparecer nuevos problemas (además de la depresión) en forma de conflictos interpersonales que van a mantener o empeorar la depresión de la persona a la que tanto quieres y que, además, te van a perjudicar a ti también.
  • Relacionado con el punto anterior, no te sientas responsable de la mejoría de esta persona a la que tanto quieres porque no lo eres.
  • Anima a tu allegado, como siempre sin presionar, a que acuda a un profesional para que lo ayude a recuperar su bienestar y con éste, el de toda la familia. Una depresión es un trastorno del estado de ánimo que puede llegar a ser muy grave. Por lo tanto, aunque la persona que la sufre quizás no reconozca que necesita ayuda, es imprescindible la actuación de profesionales como psicólogos y psiquiatras. El papel de familia y amigos será importante en el tratamiento. De hecho, siempre que se crea necesario y con el consentimiento del paciente, podrán desempeñar el rol de colaboradores durante toda la terapia psicológica.
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Fluir (flow): una vía hacia la felicidad

Fluir Realizando esa actividad, el tiempo se detuvo… Nada me importaba, excepto la actividad en sí misma. Estaba tan intensamente concentrado que no recuerdo lo que sentía… estaba absorto en ello, muy motivado. La concentración hacía que controlara lo que estaba haciendo a la perfección… era como estar flotando, todo fluía a mi alrededor… yo fluía.

Cuando paré un momento y miré por la ventana, ya se había hecho oscuro y ni me había dado cuenta de que habían transcurrido dos horas. Durante ese tiempo, no había sentido la necesidad de descansar, ni comer… tampoco lo hubiese querido. No sabría decir qué sensaciones había experimentado exactamente pero, al parar, estaba muy satisfecho… había sido muy, muy placentero a pesar del esfuerzo.

El término fluir (flow) remite a un estado positivo y profundo de inmersión que se da durante la ejecución de determinadas tareas. Se trata de una disposición de la conciencia, caracterizada por la percepción de un reto externo elevado y, a la vez, unas habilidades personales que permiten afrontarlo.

Es decir, hay un equilibrio entre habilidades y percepción de dificultades que provoca que el sujeto no se angustie ni llegue a aburrirse. Al contrario, el individuo está tan motivado por esa actividad que le supone un reto, y por el hecho de saber que tiene las capacidades para realizarla, que fluye.

Por todo esto, al concepto de “fluir” también se le llama “experiencia óptima”. Se trata de un estado personal que depende de la capacidad que tengamos de controlar todo aquello que ocurra en nuestra consciencia momento a momento. Cada persona la puede alcanzar basándose en su propio esfuerzo y creatividad.

De hecho, Mihály Csikszentmihalyi (¿quién se atreve a pronunciarlo? 😉 ), psicólogo húngaro que creó este término, propone conseguir la felicidad a través del control de nuestra vida interna.

Así pues, imaginemos al virtuoso del piano fluyendo en un concierto, concentradísimo y disfrutando a pesar del esfuerzo. O a la estudiante de biología que lee un libro de ingeniería genética que le requiere una gran concentración y que le encanta… O a la pintora que va plasmando en un lienzo aquello que ha construido en su cabeza, después de mezclar determinados colores en la paleta. O a los jugadores de un equipo de de fútbol… fluyendo mientras se esfuerzan en llevar a cabo las estrategias que les llevarán a la victoria. O al aficionado a la repostería que elabora un nuevo cupcake que le supone todo un reto, que sabe que puede alcanzar.

Todas estas pueden ser experiencias de flujo para personas que sienten que realizarlas les conlleva un esfuerzo que les resulta placentero y satisfactorio.

¿Es lo mismo fluir que ser feliz?

El estado de flujo no se puede equiparar a la felicidad porque, precisamente, cuando estamos fluyendo no podemos tener la percepción de bienestar. Es imposible.

No podemos sentir la felicidad pero, paradójicamente, somos felices.

Y es que cuando fluimos estamos tan absortos en la tarea que estamos realizando que todo lo demás nos molesta, incluso el pararnos a pensar en si somos felices o no. Si tomáramos conciencia de ello nos “cortaría el rollo” y dejaríamos de serlo. En definitiva, no nos percibimos como seres felices durante la ejecución de la tarea, pero sí que tomamos conciencia de la felicidad cuando dejamos de fluir y nos damos cuenta de lo ensimismados que hemos estado. Tomamos conciencia del placer que sentimos ahora, gracias a que hemos controlado nuestra vida interna durante la realización de la actividad que nos ha hecho fluir.

Cuando el fluir provoca adicción

Tenemos que tener en cuenta que el vínculo entre el fluir y la felicidad depende de la actividad en la cual la persona se involucre, y de si esta actividad es capaz de reconducirla a nuevos retos y desafíos que impliquen un crecimiento personal y/o cultural.

De hecho, existen casos en los que la experiencia óptima puede resultar adictiva y, por lo tanto, en estos casos las actividades que se realizan con el objetivo de fluir no son saludables ni llevan a la felicidad. Sería el caso del juego compulsivo.

Aprende a fluir ante nuevos retos

Todos podemos crear oportunidades para fluir de manera más frecuente y, así, utilizar esta vía para ser un poquito más felices. Para ello:

  • Conócete a ti mismo. ¿Cuáles son tus cualidades? ¿Las estás utilizando? Analiza cuáles son tus competencias e intenta buscar actividades que te supongan un reto, que te motiven y en las que puedas poner en funcionamiento estas capacidades. Márcate objetivos realistas, que sepas que puedes alcanzar con cierto esfuerzo pero sin llegar a angustiarte.
  • Ten en cuenta que la concentración es lo que lleva al estado de flujo. Si no haces ninguna tarea que te requiera una mínima concentración, búscala atendiendo a tus preferencias personales. Para encontrar este tipo de ocupaciones, intenta detectar aquellas actividades que te aportan bienestar subjetivo y emociones positivas una vez finalizadas.
  • Búscale un sentido a todo lo que haces, comprométete, mantente activo/a y responsabilízate.

Otras claves para ser más feliz… en próximos posts. 😉

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Terapia y asesoramiento psicológico: Marta Comadran Psicología

Psicólogos Mollet del Vallés Hola a todos/as,

Como os he ido anunciado a lo largo de estas últimas semanas, inauguro un nuevo espacio profesional: martacomadran.com

Algunos/as de vosotros me preguntabais dónde tenía la consulta y cómo podíais poneros en contacto conmigo. Os comentaba que tenía mi despacho privado en Mollet del Vallés, muy cerca de Barcelona. A partir de este momento, a través de martacomadran.com, además de ofrecer terapia psicológica en Mollet, también estoy a vuestra disposición si necesitáis un servicio de terapia y/o asesoramiento psicológico online.

Si curioseáis por la web, podréis ver mis especialidades como psicóloga de adultos, el tipo de terapia que realizo, cómo trabajo, etc. No me extiendo más, ya que allí tenéis toda la información.

En relación a este blog, continuaré escribiendo para todos/as los lectores que sigáis interesados por la psicología y el crecimiento personal. Os adelanto que en mi próxima entrada os desvelaré una de las claves de la felicidad…

Gracias a todos por vuestro interés.

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Trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad: ¡Lo tengo todo bajo control!

Organización y control Orden, baja tolerancia a los imprevistos y a la incertidumbre, rigor excesivo en las rutinas, perfeccionismo, tacañería, exagerado control sobre sí mismo y sobre los demás… son características que suelen estar presentes en muchas de las personas que tienen trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad.

El sujeto con este patrón tan rígido de personalidad tiene un miedo inusual a cometer errores y también la necesidad de saber y controlar qué va a ocurrir en todo momento… en relación a sí mismo y también a nivel interpersonal. En consecuencia, no es nada espontaneo y se muestra muy inflexible, lo que hace que se incomode y sufra cuando ve que las cosas ocurren de diferente manera a cómo las había planeado.

¿Cómo se comportan las personas con este trastorno?

Normalmente, muestran una entrega total al trabajo, sacrificando (aunque ellas no lo sienten así) las relaciones personales con amigos y familia. De la misma manera, se quitan todo el tiempo que pueden de ocio para dedicárselo al ámbito laboral.

Además, suelen ser muy perfeccionistas, de manera que en la mayoría de las tareas que realizan no ven el momento de parar: las hacen y rehacen con el objetivo de llegar a la perfección. Como la exigencia que se imponen es tan alta, muchas veces dejan estas actividades inacabadas: “¡O llego a la excelencia o abandono!”.

También exigen la perfección en los demás. Aquí encontraríamos al padre que, a diario, le dice a su hijo de doce años que no puede equivocarse en los exámenes, hasta llegar a un punto en el que no tolera que su niño saque un notable porque esto indica que ha cometido errores. En lugar de valorarle el notable, le espeta: “Esto es mejorable, tienes que trabajar más en todo aquello que has fallado, hijo”.

Así pues, no soportan cometer errores ni tampoco que los cometan los demás. Esto último hace que no deleguen responsabilidades. Por ejemplo, podemos encontrar a la ama de casa que no deja que nadie más haga las labores del hogar, convencida de que ella es la única que lo puede hacer bien. O encontramos a la ejecutiva que asume todas las responsabilidades de su empresa, sin ser capaz de confiar algunas de ellas a sus subordinados, por estar convencida de que cometerán errores.

El perfeccionismo y la necesidad de control provocan que no quieran dejar cabos sueltos en nada, de manera que suelen ser personas que disfrutan haciendo listas y planificando, atendiendo a unas normas y prioridades muy claras. Los horarios, calendarios y agendas tienen un gran peso en su día a día. Hacer listas y planificaciones no tendría por qué ser disfuncional si no fuera porque se obcecan tanto con ellas que pierden de vista el objetivo principal. Es decir, se llega a un punto en el que el intento de dominar todo aquello que quieren controlar da un giro, de manera que aquello que querían controlar les acaba dominando a ellas e interfiriendo en su vida.

Podría ser el caso de la joven que quiere estar segura de que lleva la ropa adecuada para ir a la oficina y, para tener este punto de su vida bajo control, cada domingo se apunta en un calendario qué se va a poner cada día de la semana siguiente para ir a trabajar. Llega el jueves, día en el que tenía planeado ponerse una blusa muy finita y resulta que, repentinamente, ha bajado la temperatura y se tiene que poner algo más grueso. Se da cuenta de que no puede vestirse con la ropa que tenía pensada desde hace días. Empieza una tortura: ¿Qué me pongo? El hecho de rompérsele los esquemas (en algo que, para la mayoría de las personas no tiene ni la más mínima importancia) hace que esté media hora de reloj decidiendo qué va a ponerse y sintiendo un gran malestar por el imprevisto.

Normalmente, estas personas muestran un gran respeto hacia la autoridad y las normas. Son muy prudentes y comedidas. Suelen tener unos valores morales tan interiorizados y rígidos (independientemente de la cultura de la que provengan y de si son religiosas o no) que dan lugar a comportamientos que incomodan a los demás. Incluso, pueden obligar a los otros a seguir normas de comportamiento muy estrictas. Muchas veces, debido a esta “ética” tan escrupulosa y terca, se crean situaciones conflictivas en las que se refleja una gran falta de adaptación al entorno.

En relación a la administración del dinero, suelen ser personas muy calculadoras y nada generosas. Pueden llegar a la avaricia y/o tacañería. Y es que tienen la necesidad de acumular y acumular “por si acaso… no sea que ocurra algo gordo y lo vaya a necesitar”. Por ejemplo, podríamos encontrar al individuo que siempre se escabulle para no pagar cuando va de copas con sus amigos. No tiene problemas económicos pero le acaban invitando. Está convencido de que es lo justo, puesto que él necesita más el dinero en comparación con sus amigos (según la falsa creencia que se ha construido). Evidentemente, él nunca invita… a pesar de podérselo permitir sobradamente.

Finalmente, la rigidez normalmente abarca tantas áreas de la vida de estas personas que, incluso, suelen sentirse incapaces de tirar objetos que ya no les sirven: lo guardan casi todo aunque no tenga un valor sentimental, por inútil que sea o gastado que esté.

Sintomatología asociada

Los individuos con esta problemática reprimen sus emociones en público, muestran una imagen muy seria y formal y, de hecho, se sienten incómodos ante las expresiones de afecto u otro tipo de emociones manifestadas por los demás.

Por otra parte, el hecho de necesitar controlarlo todo a la perfección, sin dejar espacio para el más mínimo error, hace que muchas veces tengan dificultades en la toma de decisiones. Debido a estas dificultades, pueden verse desbordados y acabar por no decidir nada y, por lo tanto, no hacer nada, lo que les provoca un gran malestar.

Además, en las situaciones en las que no tienen el control (éste depende de otros sujetos), sienten una gran ira y frustración cuando las cosas se dan de una manera que no sigue las normas que internamente tienen establecidas. Sin embargo, esta ira se suele reprimir para no perder la compostura.

En relación a los trastornos asociados, pueden sufrir trastornos de ansiedad y trastornos del estado de ánimo.

No confundir con el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC)

Aunque las personas con trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad pueden tener algún síntoma parecido a las que sufren TOC, se deben diferenciar estas dos problemáticas.

El trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad, como su nombre indica, es un problema de personalidad. Es decir, la manera de sentir, pensar y comportarse se ha hecho inflexible. Es este patrón de personalidad rígido lo que interfiere en la vida del sujeto y de las personas con las que se relaciona. En cambio el TOC, no es un trastorno de personalidad, sino que es un trastorno de ansiedad en el que se sufren obsesiones, que provocan una gran angustia, y/o compulsiones, dirigidas a neutralizar la ansiedad causada por estas obsesiones.

Así pues, uno de los aspectos diferenciales es que en el trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad se tienen pensamientos muy rígidos que son percibidos como normales (la persona los vive de manera egosintónica), mientras que en el TOC los pensamientos se perciben como intrusivos e indeseables (se viven de manera egodistónica) ya que, como hemos comentado, tienen forma de obsesión.

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Cuidando la relación de pareja: la importancia de valorar al otro

Dar y recibirEs muy fácil decir aquello de que “la relación de pareja se tiene que trabajar día tras día para mantener la llama del amor encendida”. Pero, ¿y llevarlo a cabo?

Este post trata sobre una de las claves para cuidar este complejo equipo de dos miembros que es la pareja: incrementar el intercambio de gratificaciones. Pero, ¿qué significa esto exactamente?

Más valorar, menos castigar

Aunque suene poco romántico, es crucial entender que en la relación de pareja se debe dar para recibir y viceversa. Es decir, nunca deben faltar las gratificaciones mutuas (no hace falta que sean simultáneas) y cada uno de los dos miembros debe apreciar los esfuerzos del otro. De lo contrario, la relación no durará o, si se mantiene, no será nada satisfactoria.

Hay muchas parejas armónicas que hacen esto de manera natural, sin pararse a pensar en que sus interacciones diarias están mucho más basadas en el intercambio de gratificaciones que en el castigo recíproco.

Cuando hablamos de “valorar” nos referimos a premiar (reforzar positivamente) al otro cuando nos “da” algo que nos gusta, con la finalidad de aumentar estas conductas tan beneficiosas para el buen funcionamiento de la pareja. Aquello de “dar sin recibir nada a cambio” suena muy bonito pero, cuando lo que se recibe es un castigo (malas caras, pasotismo, desatención, desdén…) deja de tener su encanto. Lo óptimo es que haya un equilibrio entre dar y recibir.

A simple vista, está muy claro y parece algo normal y sencillo. Pero, si tan sencillo es, si tan fácilmente se entiende que se tiene que valorar a la pareja para que haya una implicación real en el buen funcionamiento de la relación, ¿cómo es que hay tantas personas que no se sienten valoradas por sus parejas?; ¿cómo es que otras no entienden que su compañero se queje de que no se siente valorado, cuando creen que hacen todo lo posible para satisfacerle?

La respuesta es clara: porque no se concreta de manera explícita qué es lo que se espera del otro, qué conductas y actitudes se perciben como satisfactorias, qué comportamientos no se está dispuesto a tolerar y qué es lo que nos gustaría que se nos valorase y cómo.
Todos estos aspectos quedan implícitos y, al no hablarlos abiertamente, se crean malos entendidos que poco a poco van dando lugar a numerosos conflictos, insatisfacción, problemas de comunicación y quejas continuadas que van deteriorando la relación interpersonal.

En la siguiente situación ficticia, veremos claramente la influencia que los premios y castigos ejercen sobre la relación de pareja:

María, después de un día estresante en el que ha estado muy ocupada (trabajando a media jornada en el laboratorio, encargándose de los niños y haciendo labores del hogar) decide preparar una cena muy elaborada para darle una sorpresa a Lucas cuando llegue por la noche. Para ella es un gran esfuerzo porque está agotada, pero lo hace encantada esperando que Lucas se lo valore (hacer la cena es la conducta de María, aquello que “le da” a Lucas, esperando recibir un “premio”).

Sin embargo, Lucas cena rapidísimo, sin saborear la comida ni apenas decir nada. María esperaba que su compañero le valorara el esfuerzo, con unas palabras de reconocimiento como: “¡Esto está riquísimo!” y con una actitud cariñosa, estímulos gratificantes que hubiesen hecho que ella volviera a esforzarse en hacer una buena comida en breve y también que hubiese más intercambio de afecto. En lugar de esto, las consecuencias de sus esfuerzos han sido negativas, aversivas: en lugar de un premio, ha recibido un castigo, lo que provoca que deje de elaborar buenas cenas.

Además, María ignora lo que le ocurre a Lucas en esta misma situación de interacción. Y es que resulta que Lucas, al llegar a casa cansado después de doce horas de trabajo, ha hecho el esfuerzo de explicarle a su mujer lo mal que le ha ido el día, confiando en ella y su criterio y esperando que le mostrara empatía, le escuchara y preguntara detalles sobre sus problemas laborales. Sin embargo, en lugar de eso, María se ha apresurado presionándolo para que se sentaran a la mesa a cenar, haciéndole caso omiso (la conducta de Lucas de hablar a María sobre el trabajo no ha sido premiada, al contrario, ha sido castigada).

Al empezar a comer, María ha visto como el semblante de Lucas iba cambiando (se siente molesto) y ha permanecido callada (ella también está contrariada, pues recordemos que también ha recibido el castigo de Lucas, que come rápido y no le valora la cena). Lucas se ha limitado a comer cabizbajo y sin ganas de nada… igual que María.

Al día siguiente Lucas también llega a casa con ganas de hablar de sus problemas laborales con María pero decide, dado el chasco de la noche anterior, no explicarle nada. María no tiene ganas de cocinar nada ni espera ninguna muestra de afecto de su marido. La comunicación, pues, disminuye.

Ninguno de los dos se da cuenta de lo ocurrido, pues toda la situación se ha basado en intereses implícitos que no se han expresado de manera clara y concreta. El día anterior, Lucas quería que María lo escuchase con interés pero, cuando María le pidió tan rápido que se sentaran a cenar, no fue capaz de decirle asertivamente: “María, necesito hablar contigo de lo que me ha ocurrido en el trabajo largo y tendido antes de cenar. Me gustaría que me escucharas, pues para mí es importante tu opinión. ¿Te va bien?”.

María, por su parte, quería que Lucas valorase su esfuerzo por haber hecho una buena cena, pero tampoco fue capaz de preguntarle a Lucas: “¿Te gusta? He preparado este plato muy ilusionada, a pesar de lo cansada que estaba, porque sé que es uno de tus preferidos”. La consecuencia de estos deseos implícitos que, junto con otros muchos, quedaron coartados es que, día tras día, van disminuyendo los esfuerzos para complacer al otro, de manera que el tópico de “dar para recibir” se convierte en un “no dar y, por lo tanto, no recibir” recíproco que va agriando la relación.

¿Qué hacer para aumentar el intercambio de gratificaciones?

Algunos de vosotros podéis pensar que no es tan fácil, pues no sabéis exactamente qué es lo que vuestro compañero sentimental espera recibir, ya que frecuentemente se dan situaciones ambiguas que llevan a malos entendidos. Y es que, en el día a día, se hace complicado reconocer los esfuerzos de la pareja y descubrir cómo valorarlos.

Para potenciar el intercambio recíproco de gratificaciones y, por lo tanto, aumentar aquellas conductas que favorecen la relación haciendo que aumente la satisfacción y el bienestar subjetivo de cada miembro, es conveniente:

  • Valorar lo que el otro nos da y, por lo tanto, aporta a la relación. No esperes la perfección y aprecia los pequeños detalles y progresos. Imaginemos que empezáis la convivencia y acordáis que los dos, con el tiempo, sabréis hacer de todo. Tu compañera decide colgar los preciosos cuadros que adornarán la casa, expresando que es su primera vez y que lo va a intentar. Si en su primer intento de taladrar la pared, en lugar de un agujerito hace un agujerazo, no le castigues con un: “Todo lo que tocas lo estropeas… ¡Trae, ya lo hago yo!”. Es mejor valorar que lo ha hecho y mostrar confianza: “¡Has logrado hacer el agujero! ¡A ver qué tal te sale el segundo!”.
  • Ser explícitos y no ir con rodeos ni insinuaciones cuando no nos gusta algún comportamiento que perjudica la relación. Imaginemos que estás enfadada con tu compañero porque consideras que dedica más tiempo a cultivar su cuerpo en el gimnasio que al cuidado de los niños. Tú dedicas muchísimas horas y sientes que esta situación es injusta. En lugar de decírselo, decides ponerle morros descaradamente y, cada vez que llega del gimnasio, responder “nada” a su pregunta: ¿te pasa algo?, o “no” a su pregunta: “¿estás enfadada?”. Sin embargo, si lo piensas detenidamente, no puedes pretender que te insista, adivine tu pensamiento, cambie su comportamiento y satisfaga tus deseos sin tener que explicarle cómo te sientes, el por qué y cómo te gustaría que actuase. Si no sóis claros, no podréis negociar nada, no podréis analizar cómo deberíais actuar los dos para conseguir un buen funcionamiento de pareja. Se trata, simplemente de ser asertivos y expresar lo que sentís y pensáis respetando al otro e intentando llegar a un consenso. En este sentido, es importante negociar y llegar a un entendimiento, evitando las imposiciones.
  • Si te acabas de dar cuenta que últimamente sólo recibes de tu pareja mientras que tú no das nada, no la valoras, etc., intenta cambiar el chip porque la relación se va a resentir… si es que todavía no lo está. No es cuestión de dejar tus intereses de lado, sino de evaluar atentamente qué es aquello que le gusta a tu pareja dentro de la relación. Si te cuesta encontrarlo, piensa en el pasado: ¿le gustan los abrazos y, aunque a ti también te gustan, has dejado de dárselos?; ¿le gustaba que le prepararas alguna sorpresa para su aniversario y lo has dejado de hacer?…
  • Cuando tu pareja hace algo que te gusta, díselo sin tapujos, no te lo calles.

Y como pauta final, que constituye la base de todas las otras, no des por hecho que tu pareja estará ahí a tu lado para siempre y pase lo que pase. Si tienes claro que amas a tu pareja y quieres continuar tu camino junto a ella, ¡cuida la relación!

Dónde encontrarme

Si tú y tu pareja tenéis problemas que no sabéis cómo solucionar y estáis buscando una consulta de psicología en Mollet del Vallés (o en la zona de Barcelona) tenéis la posibilidad de acudir a mi consulta. Mi web, con toda la información sobre los servicios que ofrezco, ubicación, cómo trabajo, etc., es martacomadran.com

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