Distorsiones cognitivas: Errores del pensamiento que nos pueden hacer sentir fatal

Distorsiones cognitivas

Para empezar, es importante entender que, tal y como defiende el modelo cognitivo-conductual, no son los acontecimientos los que provocan que nos sintamos de una manera determinada, sino que es la interpretación que hacemos de éstos (a través del pensamiento) lo que hace que nos sintamos mejor o peor.

Y es que nuestros pensamientos determinan nuestras emociones, y éstas nuestra conducta. Por ejemplo, si no logro terminar el trabajo que tenía previsto para hoy y pienso “soy una inútil”, puede que me sienta triste (emoción) y, aunque había quedado con un amigo, decida irme a casa (conducta). En cambio, si pienso “mañana lo acabo”, puede que me sienta relajada y salga a pasármelo bien.

Las distorsiones cognitivas (concepto acuñado por A. T. Beck) son errores que comete nuestro pensamiento de manera sistemática, al procesar la información que proviene de todo aquello que nos rodea: el mundo, el futuro, nosotros mismos, nuestra relación con los demás, etc. Así pues, a través de estos errores distorsionamos la realidad.

Todos interpretamos nuestra realidad a través de algunas de estas distorsiones cada día, pues estos errores del pensamiento provienen de esquemas cognitivos (las piezas que estructuran nuestro pensamiento y a través de las cuales hemos ido creando nuestro propio conocimiento) que hemos ido formando desde la niñez, a partir de las experiencias vitales. Por lo tanto, estos esquemas pueden llegar a ser muy rígidos y resistirse al cambio.

Los pensamientos automáticos del tipo “soy tonto”, “soy un inútil”, se encienden como chispas, sin apenas darnos cuenta, porque no reparamos en ellos. Sin embargo éstos, aunque puedan parecer triviales e inofesivos, van dejando huella a medida que los vamos repitiendo sistemáticamente.

Tipos de distorsiones cognitivas

Veamos algunos tipos de distorsiones cognitivas:

  • Personalización: atribuirse a uno mismo fenómenos o hechos que, en realidad, se deben a factores externos. Ejemplo: una chica que está con unas amigas en un concierto y, al hacerles una pregunta, ninguna le contesta y piensa “me ignoran porque soy una pesada” (sin pensar que posiblemente la música está tan alta que no la han escuchado).
  • Pensamiento dicotómico: evaluar las experiencias o cualidades personales a partir de categorías extremas, sin tener en cuenta los puntos intermedios. Ejemplos: alguien que comete un pequeño error piensa “soy estúpido” (esta persona considera que la gente es estúpida o inteligente y ella, al definirse, se sitúa en el extremo negativo sin pensar que tiene muchas cualidades).
  • Inferencia arbitraria: extraer conclusiones, sin evidencias objetivas que las avalen. Ejemplo: un chico con anorexia nerviosa piensa “si comes a gusto, engordas”.
  • Abstracción selectiva: evaluar una experiencia o situación atendiendo a un aspecto específico e ignorando todos los otros elementos contextuales. Ejemplo: un hombre al que le ha dejado la mujer piensa “nadie me quiere” sin reparar en que sus hijos, padres y amigos lo adoran.
  • Razonamiento emocional: definir el sentir determinadas emociones negativas como una realidad objetiva. Ejemplo: una madre que llega tarde al colegio para recoger a su hijo siente (en ese momento y dada la situación) que es una mala madre y piensa “soy una mala madre”.

Hay otras categorías de distorsiones cognitivas que no describiremos por no ser este el objetivo del post. Como vemos con los ejemplos que hemos dado, las diferentes categorías no son excluyentes entre sí. Es decir, un determinado pensamiento puede categorizarse a la vez en diferentes tipos de distorsiones cognitivas. Por ejemplo, el pensamiento “soy un inútil” (en una persona talentosa que comete un pequeño error) es, a la vez, inferencia arbitraria, abstracción selectiva y pensamiento dicotómico.

¿Cuándo son un problema estas distorsiones?

Las distorsiones cognitivas son un problema cuando provienen de esquemas cognitivos muy rígidos que se activan continuamente a través de pensamientos automáticos, que hacen que la persona tenga emociones muy negativas que le provocan conductas desadaptativas. A su vez, estas conductas disfuncionales acaban reforzando los esquemas cognitivos que las han generado, de manera que esta dinámica se mantiene e intensifica.

Aunque el ejemplo del inicio del post serviría para ilustrar esta explicación, pongamos otro para no repetirnos: el caso ficticio de Paula.

Paula es una chica tímida que nunca ha tenido novio y que se queja continuamente de que los chicos no se le acercan. Tuvo una niñez en la que no aprendió a gestionar las emociones y en la que su autoestima no se desarrolló correctamente, de manera que sus esquemas mentales se estructuraron a partir de “piezas” muy negativas que se van activando cuando procesa la información. Es como si desde pequeña le hubiesen puesto unas gafas de color gris, de manera que ve la realidad a través del filtro de estas gafas y, consecuentemente, esta información es percibida más oscura de lo que realmente es. Paula manifiesta sintomatología depresiva leve.

Entre otras situaciones, cuando Paula va a la discoteca y ve a un chico que físicamente le atrae y al que le gustaría conocer piensa “no valgo nada”, de manera que se siente triste (emoción negativa). Esta tristeza provoca que se inhiba (conducta), de manera que permanece seria, baja la mirada y baila con menos gracia. El chico no se le acerca porque ve a una chica con una conducta y una comunicación no verbal que interpreta como un “¡no te me acerques!”. Sin embargo, una de sus amigas mostrando seguridad se acerca al chico y Paula ve como él le responde flirteando animadamente. Paula piensa “¿Ves? Los chicos no se me acercan”. Es decir, se refuerzan los esquemas mentales originales y, con éstos, la distorsión cognitiva que se había activado a través del pensamiento automático “no valgo nada”. Este “círculo vicioso” hace que Paula cada vez se inhiba más socialmente y su autoestima vaya empeorando.

Si Paula, ante la visión del chico, no hubiese tenido el pensamiento negativo “no valgo nada”, hubiese estado bailando alegremente con sus amigas y transmitiendo una actitud mucho más segura. Así pues, hubiese sido mucho más probable que el chico se le hubiese acercado.

En definitiva, se entiende que en la base de los trastornos mentales hay una distorsión exagerada en la interpretación de la realidad. Hemos puesto un ejemplo de una chica con sintomatología depresiva. En el caso de otros trastornos, las distorsiones cognitivas pueden ser de otro tipo.

¿Se pueden modificar las distorsiones cognitivas?

Efectivamente, las distorsiones cognitivas se pueden modificar una vez que se han detectado. De esta manera se puede aprender a pensar sobre lo que nos rodea de manera más adaptativa, haciendo interpretaciones de la realidad que no nos provoquen un malestar tan intenso. Es decir, si detectamos aquellos pensamientos que hacen que nos sintamos mal, podemos aprender a cambiarlos por pensamientos alternativos realistas que nos hagan sentir emociones más positivas y, por lo tanto, tener conductas más adaptativas, que no refuercen los esquemas mentales disfuncionales.

Estos aspectos se pueden trabajar mediante la técnica de la reestructuración cognitiva. Esta técnica se utiliza frecuentemente en terapia cognitivo-conductual para muchos tipos de trastornos en los que las distorsiones cognitivas juegan un gran papel. En futuros posts hablaremos de esta técnica, de las creencias irracionales vinculadas con el modelo A-B-C de Albert Ellis, y de otros temas relacionados con las distorsiones cognitivas que pienso que pueden resultar muy interesantes.

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Vigorexia: más allá de la adicción al deporte

Vigorexia. Dieta proteica y ejercicioTambién llamada síndrome de Adonis o anorexia inversa, la vigorexia es un trastorno de la conducta alimentaria no especificado (TCANE) o cuadro de trastorno de la conducta alimentaria (TCA) parcial. Podríamos decir que los TCANE constituyen el cajón de sastre de aquellos TCA que no cumplen todas las características de la anorexia nerviosa o la bulimia nerviosa. Hay otros autores que la categorizan como un trastorno dismórfico corporal (Dismorfia Muscular) y, últimamente, otros la están empezando a definir como entidad nosológica independiente.

El caso es que la categorización de la vigorexia no está clara y, aunque en España hay unos 700.000 casos, no se ha llegado a establecer como categoría diagnóstica dentro de la clasificación científica de los trastornos mentales. No por ello es menos grave que otras patologías: el trastorno está ahí, independientemente de la etiqueta que utilicemos para designarlo.

En la vigorexia, todo gira en torno a las dimensiones corporales, la comida y el deporte. Con la ilusión de control sobre estos tres aspectos, la persona afectada intenta llegar a la perfección, equiparándose ésta a su ideal de belleza física: el cuerpo musculado. No es de extrañar que este trastorno se manifieste principalmente en deportistas que realizan ejercicios de fuerza (levantamiento de pesas).

Este problema mental salió a la luz en 1993, cuando el psiquiatra norteamericano Harrison Pope estaba haciendo un estudio sobre los efectos secundarios de los esteroides anabolizantes sobre las personas que frecuentaban los gimnasios. Este doctor encontró que algunos de los culturistas que consumían estas substancias tenían una considerable distorsión de la imagen corporal: se percibían pequeños y delgados cuando, en realidad, sus dimensiones corporales eran grandes y estaban musculados.

Características clínicas de la vigorexia

La vigorexia es un trastorno mental que se caracteriza por una preocupación obsesiva por el físico, que va acompañada por una percepción distorsionada del esquema corporal: la persona se ve excesivamente enclenque, delgada y flácida, lo que le provoca una gran insatisfacción al mirarse repetidamente en el espejo, ya que necesita verse fuerte y musculada para aceptarse. Consecuentemente, hace todo lo posible para llegar a tener esa imagen ideal. En concreto, con el objetivo de desarrollar la musculatura y reducir la grasa de su cuerpo, intensifica la práctica de ejercicio físico, sin tener en cuenta los riesgos del sobreesfuerzo muscular, hasta que ésta se convierte en una adicción. Incluso, puede llegar al punto de abandonar el trabajo, las actividades cotidianas y la vida social, para estar horas y horas en el gimnasio trabajando la musculatura.

Además, la persona afectada adapta toda su alimentación a esta misma meta, de manera que hace una dieta excesivamente rica en proteínas (pollo, conejo, pavo, clara de huevo o huevos duros, atún, complementos de suero de leche en polvo…). Esta dieta también contiene carbohidratos (pasta y arroz hervidos, plátanos…) pero es bajísima en grasas que se limitan al máximo tomándose, por ejemplo, lácteos desnatados. Por otro lado, la persona con vigorexia intenta comer frecuentemente y distribuir los alimentos en 5 o 6 comidas al día, con el objetivo de que el músculo tenga energía de manera constante y pueda aumentar su masa al hacer ejercicio. Por lo tanto, podemos afirmar que el sujeto con este trastorno ha adquirido unos hábitos alimentarios muy inadecuados y lleva a cabo una dieta muy desequilibrada.

No satisfecha con todo esto, la persona con vigorexia puede llegar a tomar esteroides anabolizantes y suplementos alimenticios, para ganar masa muscular rápidamente y disminuir la fatiga. Algunas de estas substancias entrarían en la categoría de substancias dopantes. Por ejemplo, puede que consuma creatina monohidratada, que aumenta el volumen y la fuerza muscular. También puede llegar a tomar otras substancias cuyos efectos sobre el organismo, actualmente, se desconocen. Nos referimos, por ejemplo, a la glutamina o el ácido alfa-lipoico.

¿Estas personas realmente tienen una adicción al ejercicio físico?

Efectivamente. Al hacer ejercicio nuestro cuerpo segrega un opioide endógeno que actúa como analgésico: las endorfinas. Estas endorfinas constituyen un mecanismo de defensa natural contra el dolor que la persona sentiría como consecuencia del agotamiento muscular. Además, estas moléculas proporcionan sensación de placer, felicidad, relajación y euforia.

La persona con vigorexia, al hacer ejercicio físico continuamente, va liberando endorfinas. Cuanto más ejercicio hace, más endorfinas segrega y mejor se siente, de manera que desarrolla dependencia: necesita hacer ejercicio para sentirse bien. Además, estas hormonas le permiten poder aumentar el ritmo e intensidad de ejercicio físico más y más al tener, como hemos comentado, un efecto analgésico. Sin embargo, con el transcurso de los días haciendo ejercicio y segregando endorfinas, el cuerpo genera tolerancia a estas moléculas. Es decir, para obtener el mismo efecto y poder soportar el dolor se necesita más cantidad de endorfinas que antes y, por lo tanto, se tiene que hacer un ejercicio más prolongado e intenso. Así pues, la conducta de hacer ejercicio se vuelve cada vez más compulsiva hasta llegar a la sensación de pérdida de control: es el ejercicio el que controla a la persona y no a la inversa. En definitiva, podemos hablar de adicción a las endorfinas y, por lo tanto, al ejercicio físico.

¿El desarrollo de la musculatura hace que la persona con vigorexia se quede satisfecha?

Por mucho que su musculatura se desarrolle, el individuo con vigorexia nunca está satisfecho con su imagen. Primero porque, como hemos dicho, tiene una distorsión corporal que hace que se vea enclenque y flácido por mucha masa corporal que desarrolle. Segundo, porque tiene una baja autoestima que depende de esa imagen corporal que tanto le obsesiona y que, por mucho que intente moldear, nunca llega a lo que él define como “imagen ideal”.

Además, aparece sintomatología depresiva y ansiosa. A esto hay que añadirle que la persona afectada de vigorexia se suele acabar aislando socialmente, y sus relaciones con familiares, amigos y compañeros de trabajo se deterioran. Es frecuente que acaben relacionándose solamente con los compañeros del gimnasio.

Por otra parte, tampoco acompaña el hecho de que el ejercicio físico excesivo (principalmente sobrecarga de peso) tiene consecuencias para el organismo que pueden ser graves. Estas personas suelen tener afectados huesos, tendones, articulaciones y músculos, sufriendo esguinces y desgarros.

Además, la salud de estas personas también se puede ver muy perjudicada como consecuencia de los malos hábitos alimentarios y del uso de anabolizantes. Así, por ejemplo, pueden aparecer problemas de impotencia sexual, acné, caída del cabello, crecimiento de glándulas mamarias en hombres, retirada del ciclo menstrual en mujeres y, en casos graves, problemas cardíacos y hepáticos.

Así pues, es importante detectar los casos de vigorexia de manera lo más precoz posible para poder poner en marcha un tratamiento adecuado, en el que participará un equipo multidisciplinar formado por psiquiatras, nutricionistas y psicólogos.

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Trastorno narcisista de la personalidad: ¡El mundo a mis pies!

Narcisismo: egocentrismo.

No hace falta agudizar la vista para ver a nuestro alrededor a personas con rasgos narcisistas que muestran una gran confianza en sí mismas, sobreestiman sus cualidades, agradecen con una sonrisa de oreja a oreja los cumplidos pero, en cambio, no son muy dadas a elogiar a los demás, ni tampoco son muy capaces de ponerse en la piel de los otros para comprender sus sentimientos o tener en cuenta sus opiniones. Este estilo de personalidad solamente se convierte en un problema cuando estos rasgos se vuelven rígidos, desadaptativos e interfieren significativamente en la vida del sujeto y/o de las personas con las que se relaciona, a partir del inicio de la edad adulta. Podemos hablar entonces de trastorno narcisista de la personalidad.

La persona que manifiesta este trastorno tiene una gran necesidad de admiración, una conducta egocéntrica y una intensa falta de empatía. Y es que el narcisista patológico se idealiza a sí mismo a través de la relación con los demás. Éstos le hacen de espejo y de ellos espera que le devuelvan esa imagen perfecta y exitosa que él mismo se ha creado, y que necesita para mantener su autoestima en condiciones.

Consecuentemente, la autosuficiencia grandilocuente con la que esta persona interactúa con los otros acaba provocando rechazo, pues el narcisista intenta alcanzar sus objetivos de éxito ilimitado a toda costa, aunque esto implique utilizar a las personas con las que interactúa a su antojo.

Por otra parte, cuando comete un error, para continuar reconstruyendo su imagen de persona perfecta y especial, evitando las críticas que amenazarían su sentido de superioridad, pasa a racionalizar este error y a atribuirlo a los demás o a causas externas a él a través de historias inventadas. Estas historias pueden llegar a ser muy rebuscadas y en su narración también aparece el estilo presuntuoso y arrogante que caracteriza al narcisista patológico. Evidentemente, llega un momento en que las personas de su alrededor se sienten manipuladas por este amigo o familiar, excesivamente narcisista, que continuamente los intenta explotar o les miente para saciar sus fantasías de grandiosidad.

Además, estas personas suelen presentar otras características como la fuerte tendencia a envidiar a las que son elogiadas, pensar que ellas mismas son fruto de la envidia de los demás, o creer que sólo se merecen su compañía y trato aquellos sujetos que, como él, son especiales.

Al igual que en otros problemas mentales, la persona con trastorno narcisista de la personalidad vive su manera de ser inflexible y disfuncional de manera egosintónica, lo que significa que se siente bien con ella misma. Así pues, no percibe su patrón de personalidad como un problema, a pesar del malestar que puede llegar a provocar a las personas con las que mantiene una relación estrecha.

De hecho, muchas de las personas que manifiestan este trastorno no piden ayuda psicológica por iniciativa propia. Por el contrario, llegan a la consulta del psicoterapeuta presionadas por sus allegados (frecuentemente la pareja), pues son éstos los que están sufriendo las consecuencias de esta problemática y sienten que han llegado al límite.

Otras veces el individuo con este trastorno acude a un psicólogo por voluntad propia, no porque reconozca que tiene necesidad de admiración, sentimiento de grandiosidad y falta empatía, sino porque afirma que se siente vacío, triste, apático, frustrado, ansioso, decepcionado con la gente, etc., y no encuentra la causa ni tolera este estado tan incongruente con su sentido de grandiosidad.

Y es que la visión distorsionada de sí mismo y los conflictos interpersonales que ésta conlleva pueden acabar provocando, entre otros problemas psicológicos, la manifestación de sintomatología depresiva o ansiosa. No es para menos: el que no reconozcan tu gran talento cuando tú te defines como alguien perfecto y te sientes superior a los demás; el que no te digan que eres especial y te traten como tal, cuando tú estás convencido de que lo eres; el que, en definitiva, veas cómo el mundo no te responde con una admiración incondicional cuando siempre has pensado que lo tienes bajo tus pies, frustra, entristece y provoca un gran sufrimiento. Es sólo entonces cuando aumenta la probabilidad de que la persona con trastorno narcisista de la personalidad se decida, por propia iniciativa, a seguir un tratamiento psicológico.

En este caso, algunos de los objetivos de la psicoterapia serán, por un lado, la adquisición de un punto de vista más objetivo en relación a sus capacidades y problemas reales y, por otro, la mejora de las relaciones sociales. Dejamos para futuros posts el desarrollo de estos aspectos.

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Infidelidad: Juega y quémate… si quieres

Libro jugando con fuego de Walter Riso“La estadística no engaña: más del cincuenta por ciento de la población occidental es infiel, lo ha sido o lo será. Pero ¿qué se debería entender hoy en día por infidelidad? ¿Cuál es el secreto de esa otra parte de la población que se mantiene fiel? ¿Qué factores nos empujan a traicionar los pactos establecidos con nuestra pareja? (…) La mejor manera de prevenir la infidelidad es conocer su dinámica, desprenderse de los mitos que la rodean y entender las causas que la activan sin olvidar sus consecuencias. La fidelidad es un acto de la voluntad, no del corazón”. BIBLIOTECA WALTER RISO

Walter Riso, psicólogo clínico y escritor de numerosos libros divulgativos, no da por sentado el hecho de que ser infiel es natural porque los instintos nos llevan irremediablemente a ello. En su libro Jugando con fuego, el autor defiende que mantenerse fiel no es ninguna utopía, pues somos seres humanos con capacidad para decidir si queremos o no traicionar a nuestra pareja. Y es que las parejas emocionalmente maduras deciden voluntariamente no dejarse seducir por otras personas, siendo conscientes de sus puntos débiles y permaneciendo alerta ante el “peligro”, que haberlo haylo. Se trata de practicar una fidelidad sana, es decir, no definida por lo que Riso llama el “sacrificio irracional” ni basada en la obligación como acto de sumisión.

Entre las causas que, según Walter Riso, dan pie a la infidelidad, encontramos:

  • Aquello que el psicólogo italiano llama “perfeccionismo afectivo”; es decir, la búsqueda constante de la “mujer diez” o el “hombre diez”. Las consecuencias son claras: la pareja siempre tendrá defectos y carencias, por lo que se buscará fuera de casa lo que se percibe que el otro no puede aportar a la relación. Esto da lugar a un camino tortuoso de infidelidades e insatisfacción vital.
  • Sobrevalorar el amor hasta el punto de creer que éste nos hace inmunes a la infidelidad. El mito romántico del amor, el mito de la media naranja, crea un amor irreal que se ve como la vacuna contra la infidelidad. Creer en la típica frase de “sólo tengo ojos para ti” es autoengañarse: ¿Realmente tienes sólo ojos para tu pareja?. Si pasa por tu lado un hombre guapo y fornido o una mujer atractiva y seductora, ¿no lo/la vas a mirar? Sí, lo/la vas a mirar, a no ser que quieras torturarte o sientas que tu pareja te quita libertad. Aunque tengas pareja y la quieras con locura, te puede atraer alguna otra persona o puedes pensar que te podría llegar a gustar. Somos humanos. Pero de ahí a ser infiel hay un gran paso: el decidir serlo, el decidir conscientemente entrar en el juego. Así pues, si te confías porque crees que tú nunca serías infiel, el no estar alerta puede jugarte una mala pasada.
  • La sed de venganza: “Si tú me eres infiel, yo te hago lo mismo”. Este “ojo por ojo, diente por diente” es incongruente, pues lo que hacemos es defender nuestra dignidad humillando al otro. Sí, el otro nos ha humillado antes, pero al responderle de la misma manera estamos haciendo aquello que le reprochábamos, de manera que el dolor continúa o, incluso, se intensifica.
  • Una baja autoestima que haga que la persona se valore solamente a través de sentirse continuamente amada. En realidad, se confunde el ser deseado sexualmente, el recibir elogios y palabras bonitas con el ser amado. Esta necesidad da lugar a un fuerte vacío afectivo. Este vacío no se puede llenar con una relación de pareja fiel y se buscan relaciones “extra”, de manera que la persona se vuelve promiscua e infiel, pasando a vivir del intercambio de su cuerpo por un poco de aceptación transitoria. Y es que, como comenta Riso, las personas con baja autoestima son muy vulnerables a la seducción.
  • Propiciar encuentros con personas con las que se tuvo una relación amorosa que no culminó, afectiva o sexualmente. Esto implica ponerse a uno mismo la miel en los labios, ya que con los años se tiende a idealizar a los primeros amores e, incluso, a comparar a la pareja actual con esta imagen perfecta e irreal que uno se ha creado. Si se tiene una cita con esta persona idealizada es probable que se vuelva a reavivar el fuego porque, seguramente, quedaron cenizas que no se llegaron a apagar.

El lector que reconozca que le cuesta mantenerse fiel, encontrará en este libro una serie de pautas a seguir para no caer en la tentación. Aquél que crea que nunca podría cometer un acto de infidelidad y lea el libro por curiosidad, se dará cuenta de que, según el autor, tampoco puede confiarse porque también se puede llegar a quemar.

Además, Riso explica en este libro los tipos de infidelidad, las secuelas emocionales de las víctimas, los indicadores para saber si nuestra pareja es infiel y otros temas de interés.

Cortito y ameno, Jugando con fuego va al centro de la cuestión de la infidelidad. Ya sabes, entre la tentación y el acto, es tu voluntad quien echa las cartas… ¡Tú decides!

Dónde encontrarme

Tanto si necesitas asesormiento psicológico individual por problemas de relación como si tu pareja y tú queréis realizar terapia de pareja, me puedes encontrar en martacomadran.com

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El duelo, duele: ayúdale a sentir el dolor

Dar soporte y kleenex durante el dueloCuando acudimos al tanatorio o al cementerio para asistir a un entierro, oímos a personas que intentan consolar a la afectada con frases del tipo: “¡No llores, hombre! Piensa que es ley de vida. Además, ya dejó de sufrir”o “¡Ahora no puedes venirte a bajo! ¡A animarse!”. Con estos comentarios se quiere evitar el sufrimiento. Sin embargo, no es lo mejor que podemos decir para acompañar en un proceso de duelo: estas expresiones, tan comunes en nuestra sociedad, pueden ejercer una fuerte presión sobre la persona que ha sufrido la pérdida. Ésta puede llegar a creer que lo adecuado es reprimir sus lloros, su rabia o su frustración. Incluso, si llora en exceso, puede llegar a sentirse culpable o excesivamente vulnerable. Así pues, esta manera de hablar a la persona afectada, más que beneficiarla, la perjudica, ya que el duelo, por definición, duele. Tenemos que asumirlo y evitar actuaciones que puedan bloquear este proceso.

Y es que la pérdida de una persona querida es un trauma por el que todos hemos pasado y/o pasaremos, al ser parte inevitable de nuestra historia vital. Ante esta pérdida es beneficioso conectar con las emociones negativas (rabia, tristeza…), pues el experimentar el dolor, por mucho sufrimiento que nos provoque en ese momento, nos llevará a la asimilación y aceptación de lo ocurrido. Consecuentemente, seremos capaces de adaptarnos a nuestra nueva realidad sin la persona que ha fallecido. Se habla de “elaboración del duelo” porque este proceso es largo y se desarrolla a través de diferentes etapas, que varían según el autor, y que tienen que superarse satisfactoriamente para llegar a la aceptación total de la pérdida.

Si la persona que sufre la pérdida la niega crónicamente, evitando sentir el dolor físico y psicológico, no elaborará el duelo de manera óptima y, por consiguiente, este dolor que evitaba acabará manifestándose de una manera que puede interferir en su vida. De hecho, frecuentemente, personas con mareos, crisis de ansiedad, irritabilidad, somatizaciones (dolencias en distintas partes del cuerpo a las que los médicos no encuentran una causa física por ser psicológica) y/u otros síntomas, llegan a las consultas de los psicólogos sin saber que la causa de tal malestar es un duelo mal elaborado.

En estos casos, cuando el psicólogo empieza a explorar la historia del paciente, este último le explica que hace un tiempo perdió a una persona muy significativa y que todavía no ha podido llorar, que las obligaciones diarias no le permitieron “recrearse” en el dolor o que, por la educación recibida, siempre ha identificado el expresar las emociones de tristeza con ser vulnerable y, por eso, reprimió estas emociones. Se trata de situaciones en las que la pérdida no se ha integrado en la vida del afectado, como consecuencia de no haber sentido el dolor en su momento. En estos casos, la tarea del psicólogo es ayudar a la persona a acabar de elaborar el duelo para, por fin, adaptarse a la vida sin su hija, marido, hermano, amigo, etc.

Entonces, ¿cómo podemos ayudar a una persona que ha sufrido una pérdida?

No es momento de animar ni querer tranquilizar a la persona a base de inhibir su aflicción, ya que el dolor tiene que experimentarse y exteriorizarse. Se trata de acompañarla en “el sentir el dolor” y no intentar evitarle este sufrimiento que, como hemos dicho, es natural. Debemos procurar comprender su dolor, empatizar y, sobre todo, respetar su ritmo en el proceso de duelo, sin darle prisa para que vuelva a sonreír.

Para empezar, cuando te encuentres con la persona afectada, justo después de la pérdida, si no sabes qué decir (es normal porque es un momento muy delicado y tememos no actuar correctamente), no digas nada. Simplemente dando un abrazo sincero ya se transmite mucha comprensión, muchísima. Si te cuesta mostrar afecto o eres una persona que no se siente cómoda expresando emociones, dale una palmadita en la espalda, cógele la mano o dale un beso “con sentimiento”.

Además, habla con ella del difunto si ves que tiene ganas. En realidad, estas conversaciones sobre la persona fallecida, que a tantas personas incomodan, ayudan a aceptar la pérdida y asimilarla: hablad del fallecido y si la persona afectada llora y llora, ofrécele kleenex. No te preocupes si tú también empiezas a llorar: ¡seguro que hay kleenex para todos!. A veces nos aguantamos el lloro por el “¿qué pensará?” y, en realidad, la persona afectada lo percibe como una señal de comprensión. Insisto: no se trata de dramatizar (el acontecimiento ya es suficientemente dramático de por sí), sino de acompañar. Incluso, podemos ayudar a la persona a interpretar estos lloros identificando los sentimientos que hay detrás con preguntas del estilo: “Estás muy triste, ¿verdad?” o “¿Cómo te sientes?” (respetando la respuesta que nos dé sin juzgarla ni pretender que la cambie). Si actuamos de esta manera, le facilitamos que empiece a liberar parte de la gran carga de angustia y pesar que siente, de manera que el proceso de duelo le resultará un poco más llevadero.

Si por el contrario, la persona afectada no tiene ganas de hablar, no hables y respeta sus silencios: simplemente con tu presencia (que sepa que estás ahí, que eres uno de sus puntales) es más que suficiente. En todo caso puedes, de manera delicada, empezar a hablar de la persona fallecida y de las circunstancias que rodearon su muerte preguntándole, por ejemplo, “¿Cómo ocurrió?”. De esta manera, ayudaremos a la persona afectada a ir asimilando la pérdida, empezando a sentirla, expresando emociones, etc.

En definitiva, si queremos ayudar a la persona que ha sufrido la pérdida, tenemos que mostrarle comprensión, empatía, respeto (sin juzgar sus sentimientos, pensamientos y emociones) y, sobre todo, debemos acompañarla durante todo el proceso de duelo, no solamente durante el día del entierro o los tres o cuatro días posteriores.

Lo que no debemos hacer

De manera congruente con todo lo que estamos comentando, podemos afirmar que hay una serie de actitudes, reacciones y expresiones que no debemos manifestar, al menos por iniciativa propia. Por ejemplo:

• Decirle “Sé exactamente cómo te sientes”. No sabes como se siente porque cada persona y cada historia personal es diferente. Además, ahora es su momento: la persona afectada necesita que le preguntes cómo se siente, no necesita saber (¡justo en estos momentos!) cómo te sentiste tú cuando, hace años, pasaste por tu proceso de duelo particular. En todo caso, lo podeís hablar más adelante, cuando la afectada ya haya superado las primeras fases del proceso de duelo y sea capaz de sentirse más identificada con tu experiencia.

Hablar de cosas que no vienen al caso. Por ejemplo, al ver que la persona afectada está sumida en sus pensamientos, en silencio, hay personas que se incomodan y hacen comentarios del tipo: “¿Sabes? El otro día me encontré a Paula en el mercado y (…)”. Que esté en silencio no significa que necesite que hables. Seguramente está pensando en la persona fallecida, en lo ocurrido, pensamientos que la ayudan a evitar la negación de la pérdida.

• Expresar frases del estilo: “El tiempo lo cura todo”, “Los caminos del señor son inescrutables” o “Es ley de vida”. Con estas frases, la persona afectada puede sentir que no te interesas por entender su dolor y la situación por la que está pasando.

No dar tiempo a la persona afectada y presionarla para que vuelva a ser la de antes, como si nada hubiese pasado. No es beneficioso para ella el que intentes animarla con frases del tipo: “¡Venga, que todo pasa en esta vida! ¡Te tienes que animar!”, “¡Ya verás como pronto reharás tu vida!” (en el caso de pérdida de la pareja), “Ven con nosotros el sábado a la disco. ¡Venga, que no es bueno que te quedes en casa!”, “Lo que tienes que hacer es dar la ropa de tu hermana a Cáritas lo antes posible”. Plantéate lo siguiente: si acabara de morir tu madre, tu hermano, tu pareja, ¿de verdad crees que en ese momento pensarías que debes estar animado?, ¿que tu pareja acaba de morir pero que pronto tendrás otra?, ¿que tienes ganas de salir de juerga con tus amigos?, ¿que vas a deshacerte de su ropa en lugar de olerla, mirarla y tocarla hasta que se te pasen las ganas?

Decirle “lo que tiene que hacer”. La persona afectada ha sufrido una pérdida pero es autónoma y está capacitada para tomar sus propias decisiones. No debemos darle la sensación de que está incapacitada porque, en función de la personalidad que tenga, se lo puede llegar a creer, de manera que se verá perjudicada.

¿Cómo ayudar si la persona afectada no asimila la pérdida o manifiesta comportamientos disfuncionales?

A diferencia de un duelo natural, no complicado o no patológico, el duelo patológico se puede dar de tres maneras diferentes:

1. La persona afectada muestra tristeza o desesperación durante un tiempo excesivamente prolongado.
2. La pérdida es reciente (no ha pasado el tiempo suficiente para que el duelo se haya elaborado de manera natural) pero la persona muestra sintomatología ansiosa o depresiva demasiado intensa, o bien determinadas conductas o pensamientos en los que se debe intervenir (abuso de alcohol u otras substancias, ideación suicida, etc.).
3. En el momento de la pérdida la persona no expresó su dolor y, actualmente (habiendo pasado más o menos tiempo), empieza a manifestar síntomas somáticos sin causa física.

En estos casos, deberíamos contar con el soporte de un buen profesional que ayude a la persona afectada con una intervención adecuada a su caso particular.

Además, las personas que están pasando por un duelo “no complicado” también pueden acudir a un psicólogo si sienten que no saben cómo afrontar la pérdida, necesitan recursos para hacer una elaboración del duelo óptima, o creen que no tienen un buen soporte social.

¿Todo lo comentado sirve para cualquier proceso de duelo?

Efectivamente. Los duelos por la pérdida de la salud (enfermedad crónica, trasplantes, enfermedades degenerativas, etc.), divorcio (pérdida de una relación amorosa), aborto (pérdida de un futuro bebé), etc., se tendrían que tratar de la misma manera haciendo, evidentemente, algunos matices.

En futuros posts iremos profundizando en esta temática tan compleja. Hablaremos de diferencias entre el duelo normal y el patológico, las fases y tareas del duelo, el duelo en diferentes situaciones y otros aspectos de interés, tanto para la persona que ha sufrido la pérdida como para aquéllas que quieran ayudarla mediante un buen acompañamiento.

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