¿Quién dice que los bebés no hacen nada?: ¡Se comunican continuamente!

Comunicación preverbal Los bebés interaccionan con las personas que los crían desde el nacimiento, a través de la comunicación preverbal. Este tipo de comunicación es fundamental para el desarrollo óptimo del niño, ya que constituye el punto de partida en el aprendizaje del habla. Además, es básica a nivel emocional y afectivo.

Algunos ejemplos de este tipo de comunicación en la que no interviene el habla serían (hablaremos de la interacción madre-hijo para sintetizar, pero se podría substituir “madre” por “padre” o “madre y padre”, o por aquella/s persona/s que creen un vínculo primario con el bebé… lo matizo para que los padres que tanto quieren a sus bebés no se ofendan):

  • Sensibilidad cenestésica, como forma de comunicación de la madre con su pequeño desde que éste nace. Es muy importante que el bebé pueda percibir frecuentemente el tono de la madre en contacto con su cuerpo (el tono muscular, cómo le late el corazón, la respiración…) y el hecho de que la madre le responda (sintonía emocional). Un dato que corrobora la importancia de este tipo de comunicación: los niños recién nacidos que están en contacto con su madre más tiempo lloran menos.
  • Expresividad del bebé. Se da una reciprocidad entre las expresiones faciales afectivas de la madre y la respuesta del bebé a éstas, como consecuencia de sus capacidades perceptivas, visuales y auditivas, principalmente, y al vínculo afectivo que tiene con esta persona que lo cría.
  • Ritmos neonatales, como pautas temporales que organizan la actividad del niño desde el nacimiento. Un tipo de ritmo neonatal serían los formatos de intervención en alternancia, en los que el bebé hace pausas esperando la atención afectiva y comunicativa de la madre. Es decir, espera su intervención en este diálogo preverbal. Por ejemplo, las pausas de los bebés durante sus movimientos agitados, para escuchar a la madre cuando ésta le habla afectivamente, serían formatos de intervención en alternancia. Estos formatos continuarán surgiendo en los meses posteriores. Por ejemplo, cuando la madre juegue con el bebé y ésta le dé un objeto con la finalidad de que lo introduzca en un recipiente, el bebé lo introducirá y, a continuación, esperará con la expectativa de que la madre le vuelva a dar el objeto para poder repetir la acción.
  • Protodiálogos o protoconversaciones, como comunicación a partir del tercer mes. En este tipo de comunicación, la madre habla a su bebé i el bebé le responde con gestos, expresiones o, incluso, vocalizaciones (actos de significado). El adulto se dirige al bebé a través del motherese o CDS (child-directed speech: habla dirigida al pequeño), que es un tipo de habla caracterizada por un tono alto, un ritmo de enunciación más pausado (exagerando las pausas y enfatizando ciertas palabras), patrones de entonación más variables de lo habitual, etc. Existe la hipótesis de que este tipo de habla puede tener un papel en el mantenimiento de la atención del bebé hacia el lenguaje que oye facilitando, entre otras cosas, la segmentación del habla en unidades relevantes como palabras.
  • Protoimperativos, a partir de los siete meses. El bebé pide a la persona, con la que se relaciona a través de la acción, que actúe de alguna manera. Es decir, se trata de un acto comunicativo en el que el niño muestra intencionalidad. Por ejemplo: la madre tapa un balón con un pañuelo y lo destapa con un movimiento rápido, el bebé ríe y le da a su madre el pañuelo, con una acción firme, con la intención de que vuelva a tapar el balón.

Los bebés tienen habilidades perceptivas del lenguaje que son extraordinarias

Si nos centramos en las habilidades de percepción del habla de los bebés, podemos afirmar que están muy bien equipados para percibir los sonidos de ésta desde momentos muy tempranos o, según algunos autores, ya desde el nacimiento.

Así, por ejemplo, un recién nacido prefiere la voz de la madre a una voz extraña. Además, se calma al escucharla y también es capaz de diferenciar muchos de los sonidos del habla. Incluso, algunos autores afirman que a los cuatro días el bebé ya es capaz de discernir la lengua materna de otra que no lo es, a partir de la percepción de la entonación característica de ésta (contorno prosódico del habla).

Ya cuando tiene uno/dos meses, el bebé sonríe cuando le hablan. De los tres a los siete meses, responde diferente en función de la entonación con la que se le hable (enojada, amorosa…). De los ocho a los doce meses, ya responde a su nombre, al “no” y reconoce algunas palabras, especialmente las relacionadas con las rutinas (por ejemplo, “adiós”).

Para acabar, dedicar este post, aunque no lo puedan leer, a estas pequeñas grandes personas que son… ¡los bebés! 🙂

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Puedes tener una depresión y no sentirte triste

Depresión sin ganas de nada Muchas personas piensan que la presencia de tristeza es una condición necesaria para poder realizar un diagnóstico de trastorno depresivo mayor. Esto no es así. Es posible estar profundamente deprimido sin sentir ganas de llorar.

En cambio, sí podemos afirmar que un episodio depresivo mayor implica manifestar, como mínimo, anhedonia (pérdida de la capacidad de sentir placer o falta de interés por las cosas que antes motivaban) o bien estado de ánimo depresivo (tristeza o sensación de vacío). Es decir, en compañía de otros síntomas que expondremos más adelante, se puede dar: 1. Tristeza; 2. Anhedonia; 3. Tristeza+anhedonia.

De hecho, muchas personas que tienen sintomatología depresiva afirman estar desesperanzadas en relación al futuro y no tener ganas de nada declarando, sin embargo, que no sienten tristeza. Además, creen que sus allegados estarían mejor si ellos no existieran. En estos casos se da una paradoja: la manifestación de una depresión (tipo de trastorno del estado de ánimo) sin tristeza.

Como veréis, en los párrafos que siguen, rompo un poco en relación a los anteriores posts más divulgativos, ya que utilizo una jerga más psicológica intentando, eso sí, aclarar algunos tecnicismos. Pienso que el tema que trato lo requiere, pues el trastorno depresivo es una patología mental muy complicada que, independientemente de los conocimientos que se tengan, está en boca de todo el mundo.

El trastorno depresivo afecta a la persona de una manera global

En el trastorno depresivo convergen alteraciones que abarcan todas las áreas del sujeto. Estas alteraciones son de carácter:

  • Cognitivo: disminución de la capacidad de procesamiento de la información (baja concentración), alteraciones en la percepción de sí mismo y del entorno, distorsiones en la forma de analizar la realidad.
  • Comportamental: reducción del nivel general de respuesta a los estímulos, que se traduce en una reducción de la actividad.
  • Emocional-fisiológico: percepción de inutilidad, sentimiento de desesperanza, ira, miedo, tristeza, etc., y alteración de funciones básicas como la alimentación, la actividad sexual, el sueño, etc. (o bien una reducción general de la reactividad fisiológica normal ante determinadas situaciones estimulantes).

Criterios para el diagnóstico de un episodio depresivo mayor

En un intento de dar una información precisa sobre las características de un episodio depresivo mayor (cuadro que forma parte del trastorno depresivo mayor y de otros tipos de trastornos del estado de ánimo), recurriremos a la Biblia de muchos psicólogos y psiquiatras: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM). La lectura os puede resultar un poco densa, pero pienso que es necesaria para tener una idea de la complejidad inherente a este episodio. Según el DSM-IV-TR (American Psychiatric Association, 2002; pp. 398-399), estos criterios son:

A. Presencia de cinco (o más) de los siguientes síntomas durante un período de 2 semanas, que representan un cambio respecto a la actividad previa; uno de los síntomas debe ser (1) estado de ánimo depresivo o (2) pérdida de interés o de la capacidad para el placer.

(1) Estado de ánimo depresivo la mayor parte del día, casi cada día según lo indica el         propio sujeto (por ejemplo, se siente triste o vacío) o la observación realizada por otros (p. ej., llanto). Nota: En los niños y adolescentes el estado de ánimo puede ser irritable.
(2) Disminución acusada del interés o de la capacidad para el placer en todas o casi todas las actividades, la mayor parte del día, casi cada día (según refiere el propio sujeto u observan los demás).
(3) Pérdida importante de peso sin hacer régimen o aumento de peso (p. ej., un cambio de más del 5% del peso corporal en 1 mes), o pérdida o aumento del apetito casi cada día. Nota: En niños hay que valorar el fracaso en lograr los aumentos de peso esperables.
(4) Insomnio o hipersomnia casi cada día.
(5) Agitación o enlentecimiento psicomotores casi cada día (observable por los demás, no meras sensaciones de inquietud o de estar enlentecido).
(6) Fatiga o pérdida de energía casi cada día.
(7) Sentimientos de inutilidad o de culpa excesivos o inapropiados (que pueden ser delirantes) casi cada día (no los simples autoreproches o culpabilidad por el hecho de estar enfermo).
(8) Disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o indecisión, casi cada día (ya sea una atribución subjetiva o una observación ajena).
(9) Pensamientos recurrentes de muerte (no sólo temor a la muerte), ideación suicida recurrente sin un plan específico o una tentativa de suicidio o un plan específico para suicidarse.

B. Los síntomas no cumplen los criterios para un episodio mixto.

C. Los síntomas provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

D. Los síntomas no son debidos a los efectos fisiológicos directos de una sustancia (p. ej., una droga, un medicamento) o una enfermedad médica (p. ej., hipotiroidismo).

E. Los síntomas no se explican mejor por la presencia de un duelo (p. ej., después de la pérdida de un ser querido), los síntomas persisten durante más de 2 meses o se caracterizan por una acusada incapacidad funcional, preocupaciones mórbidas de inutilidad, ideación suicida, síntomas psicóticos o enlentecimiento psicomotor.

En definitiva…

La persona que se siente intensamente desilusionada, sin ganas de nada, y que, además, manifiesta otros síntomas como cambios en los hábitos de sueño y en el apetito, agitación (por ejemplo, no puede permanecer sentado) o enlentecimiento (p. ej., habla y se mueve más lentamente), dificultades de concentración (por ejemplo, tiene que hacer grandes esfuerzos para leer sin perder el hilo), o sentimientos de inutilidad o de culpa (p. ej., hace declaraciones de manera recurrente que reflejan una autoevaluación negativa desproporcionada, o se culpa por sentirse mal y ser una carga para los demás), puede estar sufriendo un trastorno depresivo aunque niegue sentir tristeza. En otras personas, en cambio, la tristeza es la acompañante de algunos de estos síntomas. Por otra parte, en niños y adolescentes el estado de ánimo depresivo puede manifestarse a través de irritabilidad.

Vale la pena estar atentos a todos estos síntomas, pues la persona que los sufre puede no sentirse con fuerzas para pedir ayuda profesional.

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«Contracuerpo»: La imagen del cuerpo ideal que la sociedad nos impone

Os invito a ver el cortometraje “Contracuerpo”, escrito y dirigido por Eduardo Chapero Jackson y protagonizado por Macarena Gómez. Se trata de un corto sobrecogedor que seguro os hará reflexionar.


CONTRACUERPO de Eduardo Chapero-Jackson from PROSOPOPEYA PRODUCCIONES on Vimeo.

“Contracuerpo” nos cuenta, a través de imágenes arrebatadoras y de gran impacto visual, que la interiorización del ideal de belleza imperante en nuestra sociedad puede llegar a ser autodestructiva.

La protagonista, obsesionada por bajar de peso hasta alcanzar el objetivo de ser esa imagen flaca que la sociedad nos vende como deseable, anula su propia identidad: deja de ser ella misma para cosificarse en un maniquí  que será expuesto ante todos. En el camino para lograr esta meta,  se va obsesionando con el peso, las medidas corporales, se va aislando de sus amigos y de unos padres que discuten con ella ante la impotencia de ver cómo su hija se va consumiendo y se va quedando prisionera en un cuerpo que no es el suyo. Observamos la soledad y el pánico (ante la comida) que siente, a través de unas imágenes teñidas de una luz azulada, fría. Es la frialdad de la tortura que está viviendo para llegar a ser admirada y deseable socialmente, para conseguir sentirse querida.

Pero aquello que la joven del corto percibe como perfección acaba con su propia identidad: llora atrapada en su prisión (el ideal de belleza), sintiendo que ha perdido el control de su vida. El valorarse a sí misma únicamente a partir de un cuerpo que va contra natura, por no permitirle vivir plenamente, le ha salido caro. El maniquí es la metáfora de su tumba. Además, este maniquí, cuando ya no sirve, es humillado y lanzado a la basura. Y en este punto surge otra metáfora: el físico como algo superficial que, en realidad, tiene un valor teñido de hipocresía. Muchas veces se percibe como algo de usar y tirar. Además,  los cánones de belleza imperantes en un momento dado son perecederos, pues cambian en función de los intereses de la sociedad. En nuestra sociedad del consumo interesa que las mujeres se identifiquen con cuerpos extremadamente delgados, difícilmente alcanzables, para poder vender todo tipo de dietas milagro y productos light, que compensan los excesos gastronómicos que están tan de moda en la sociedad de la abundancia por mucha crisis que haya.

¿Y la niña? ¿Qué refleja la niña que mira al maniquí con esos ojos pensativos y llenos de vida, que contrastan con los ojos apagados y tristes de la protagonista? Quizás es el reflejo de ella misma cuando era pequeña, inocente y sentía ilusión por todo… todavía no estaba contaminada por los cánones de belleza femeninos. Y, cuando pone la mano en el escaparate, ¿se ha encendido una chispa en su mente que la anima a pensar que en el futuro tiene que ser como ese maniquí para que los demás la quieran? Parece que con la mirada diga: “De mayor, seré como ella”, empezando a tomar el maniquí como imagen de referencia de lo que es el cuerpo ideal. ¿Qué pensáis?

La interiorización del estereotipo de belleza por sí solo no desencadena una anorexia nerviosa

Me gustaría matizar que los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) tienen un origen multifactorial. Esto implica que no se pueden atribuir a una única causa sino que, por el contrario, aparecen por la combinación de múltiples factores de vulnerabilidad que hacen que la persona esté más predispuesta a desarrollarlos. Estos factores son de tipo biológico (predisposición genética), psicológicos (por ejemplo, perfeccionismo, baja autoestima, sintomatología depresiva, etc.), familiares (el modelo de una madre que continuamente está haciendo dieta, etc.) y socioculturales (por ejemplo, entorno en el que se valora excesivamente la imagen corporal y que queda reflejado en el corto). Además, una vez aparecen estos factores en conjunto, también tiene que darse un factor desencadenante de la enfermedad: empezar una dieta y oír las alabanzas de los demás por haber adelgazado, una situación estresante, etc.

Por lo tanto, es imposible que una persona que solamente está influida por los cánones de belleza imperantes caiga en una anorexia nerviosa. Si fuera así, esto sería una epidemia, pues casi todas las mujeres hemos interiorizado la imagen ideal del cuerpo delgado.

El desarrollar una actitud crítica como medida de prevención

A nivel preventivo, espero que este corto sirva para que las personas sean un poco más críticas ante el estereotipo de belleza con el que nos bombardean continuamente. No se trata de privarse de querer ponerse guapo ante el espejo si eso gusta, se tiene una buena autoestima (nos valoramos también por virtudes y capacidades que nada tienen que ver con el físico) y no va en detrimento de la salud. Se trata de darse cuenta de dónde están los límites entre el ser presumido y el estar obsesionado e insatisfecho con la propia imagen de manera permanente.

Una enorme luz de esperanza

Para acabar, no me gustaría que nos quedáramos con el oscuro final del cortometraje. Es verdad que la anorexia nerviosa puede ser un drama y tener un final trágico. Pero esto no siempre, ni mucho menos, es así. A nivel internacional, en un 95% de casos, la anorexia nerviosa no acaba con la vida de la persona que la sufre. De este 95%, podemos afirmar que un 48% superan totalmente la enfermedad, un 29’1% la mejoran (se curan pero arrastran alguna pequeña obsesión con la que tienen que ir batallando en épocas de estrés) y en un 18,1% el trastorno se cronifica. Hay salida, sin duda.

Así pues, os propongo que cambiemos el final de la historia del cortometraje para iluminar con una gran luz de esperanza a todas las personas que están luchando por superar esta enfermedad y también a los puntales en los que se apoyan (familia, amigos…).

¡Espero vuestras reflexiones y comentarios!

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Reminiscencia: Contra el mito de que recordar el pasado es signo de deterioro mental

Recuerdos del pasado

Llegan las Navidades y con éstas los recuerdos de tiempos pasados. Las personas mayores rememoran las fiestas de antaño, recreándose en los familiares que ya no están y en las tradiciones que se han ido transformando con el paso de los años. Y muchos hijos o nietos, a veces, coartan estos recuerdos con el pretexto de que vivir del pasado es signo de deterioro y que, por lo tanto, es mejor dejarlo atrás y centrarse exclusívamente en el presente. Nada más lejos de la realidad.

La creencia tan extendida de que evocar vivencias pasadas con cierta frecuencia (proceso llamado reminiscencia) es signo de senilidad o de querer huir de la realidad, no tiene razón de ser. De hecho, la reminiscencia en los adultos mayores debe considerarse como algo normal e, incluso, saludable

¿Qué beneficios tiene recordar el pasado en la persona mayor?

La propensión a recuperar recuerdos del pasado, siempre y cuando no sea obsesiva ni colmada de tintes negativos, es positiva porque se relaciona con las siguientes funciones psicológicas:

Refuerza la propia identidad, ya que se suelen recordar más aquellos acontecimientos importantes relacionados con los propios rasgos de personalidad que la persona utiliza para definirse a sí misma. A través del recuerdo de la vida, y las experiencias que la constituyen a lo largo de las diferentes etapas, el sujeto se reconoce como único. Así pues, la evocación y reelaboración de recuerdos, y la combinación de éstos con el presente, ayudan a integrar la identidad personal.

• Contribuye a dar un sentido de continuidad y coherencia a la percepción de la propia vida: con la narrativa formada por recuerdos se le da un significado e, incluso, una utilidad. De esta manera, este proceso aumenta la satisfacción vital y, en casos en los que la haya, reduce sintomatología depresiva.

• Ayuda a la aceptación y asimilación de las vivencias dolorosas del pasado, al darles un sentido y aprender de éstas. Por ejemplo, favorece la elaboración del duelo en pérdidas significativas.

Por otra parte, se asocia también a las siguientes funciones sociales:

• Permite traspasar información y aprendizajes de una generación a otra. Es el caso de las historias de tiempos pasados que los abuelos explican a sus nietos: los pequeños disfrutan y, al mismo tiempo, pueden llenar los vacíos que hay entre el pasado que no conocieron y su presente.

• Favorece la creación o mantenimiento de vínculos sociales, al propiciar la comunicación empática entre grupos de iguales. El haber compartido sucesos vitales en el pasado y recordarlos con personas de la misma edad en el presente es fuente de gratificación pues, a parte de darse un reconocimiento mútuo, se refuerza la red de apoyo social.

¿En las personas más jovenes también es positivo el cultivar los recuerdos?

Sí. De hecho existen técnicas psicológicas que sirven como herramienta para recapitular en nuestra vida, recordando acontecimientos del pasado que fueron importantes y que dan una coherencia y un sentido a nuestro presente e, incluso, a nuestra proyección de futuro. Una de estas técnicas es la llamada “línea de la vida”.

Para acabar, aprovecho para desearos unas fiestas muy, muy agradables. Disfrutad de los vuestros, compartiendo experiencias con los que os acompañan en el presente y recuperando los buenos recuerdos de los que un día os dejaron. 😉

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¿Eres asertivo?: Tu autoestima depende de ello

La asertividad es respetar y respetarse

La asertividad es la capacidad de expresar lo que uno piensa y siente teniendo en consideración, al mismo tiempo, el punto de vista de los demás. Es decir, la persona asertiva autoafirma los propios derechos, sin dejarse pisar ni manipular y sin pisar ni manipular a las personas con las que se relaciona. En definitiva, es capaz de respetarse y respetar.

Partiendo de esta definición, el lector podría pensar: “¿Y qué tiene esto de especial? ¡Evidentemente que soy asertivo!”. Os invito a que prosigáis con la lectura y veréis cómo, muchos de vosotros, normalmente no sois asertivos, sino que tendéis a la pasividad (sumisión), a la agresividad o a iros de un extremo al otro.

Y es que, a la hora de relacionarnos, nos movemos en un continuo: en el centro colocaríamos la asertividad, en un extremo la pasividad y, en el otro, la agresividad. Según la situación, somos agresivos, pasivos o asertivos, pero todos tenemos una clara tendencia y en la mayoría de interacciones sociales nos comportamos de la misma manera. Se diría, por lo tanto, que tenemos un estilo asertivo, pasivo o agresivo.

¿Cómo definiríamos a la persona pasiva? ¿Y a la agresiva?

La persona con un estilo de personalidad pasivo es aquella que se anula a sí misma en la mayoría de ocasiones. Se siente inferior a los demás y, aunque tenga una opinión, no es capaz de expresarla por miedo a la no aprobación y al rechazo. Es decir, respeta a los demás pero no se respeta a sí misma, de manera que puede llegar a dejarse pisar y manipular. En este sentido, una baja asertividad provoca una baja autoestima y, a su vez, una baja autoestima hace que la persona sea menos asertiva y más sumisa. Es un círculo vicioso que puede tener efectos muy negativos.

En cambio, la persona con un estilo agresivo, ante el temor de que los otros se aprovechen de ella o la manipulen, suele imponer su manera de pensar. En este “te piso para que no me pises”, “o lo tomas o lo dejas”, puede llegar a amenazar, acusar o manipular, con tal de salirse con la suya y sentir que los demás “la respetan”. Hay personas agresivas que creen que son asertivas simplemente por el hecho de que son capaces de defender sus opiniones. Pero, como estamos comentando, no es así. La asertividad, insisto, implica también la capacidad de respetar al otro. En este caso, la agresividad puede hacer que la persona sea evitada o rechazada por los demás, con consecuencias también negativas.

En definitiva, ante una persona que comenta “Pienso A”, la persona agresiva diría, por ejemplo, “Es B y punto” sin escuchar, empatizar, ni tener en cuenta la opinión del otro. La pasiva, aunque pensara “B”, diría “Sí, sí… tienes razón… es A”, anulando aquello que realmente opina. En cambio, la asertiva, diría “Yo pienso B porque (…). Pero respeto tú opinión. De hecho, me gustaría saber por qué piensas A para poder llegar a un entendimiento ”.

Los derechos asertivos

En casos en los que no ser asertivo está asociado con un problema psicológico mayor, como una depresión, un trastorno ansioso o determinados trastornos de la personalidad, lo ideal es acudir a un profesional. Entre otras técnicas, la asertividad se puede mejorar mediante entrenamiento asertivo y reestructuración cognitiva. En cualquier caso, no se puede generalizar: se debe evaluar el caso en particular para marcar unos objetivos personalizados y unas tareas concretas para alcanzarlos.

Sin embargo, en casos menos problemáticos, el reflexionar sobre nuestros derechos asertivos (comprobando si los defendemos o no y los efectos que esto nos produce) ya es suficiente para pasar a mejorar esta capacidad en la práctica.

Así pues, aquí tenéis nuestros derechos asertivos:

  1. El derecho a tener y expresar mis propias opiniones y creencias.
  2. El derecho a equivocarme y cometer errores.
  3. El derecho a ser tratado con respeto y dignidad.
  4. El derecho a decir “no”, ante una petición, sin sentirme culpable  o egoísta.
  5. El derecho a pedir lo que quiero sin sentirme culpable o egoísta, y teniendo en cuenta que mi interlocutor tiene derecho a decir “no”.
  6. El derecho a estar solo, aunque los demás deseen mi compañía.
  7. El derecho a hacer menos de lo que soy capaz de hacer.
  8. El derecho a tener mis propias necesidades y que éstas sean tan importantes como las de los demás.
  9. El derecho a no responsabilizarme de los problemas de los demás.
  10. El derecho a decidir no ser asertivo.
  11. El derecho a cambiar de opinión o manera de actuar.
  12. El derecho a ser el primero algunas veces.
  13. El derecho a tener éxito.
  14. El derecho a sentir y expresar dolor.
  15. El derecho a no estar pendiente de los deseos y la voluntad de los demás, a no tener que anticiparme a ellos o intuirlos para satisfacerlos.
  16. El derecho a detenerme y darme tiempo para pensar antes de actuar.
  17. El derecho a experimentar y expresar mis sentimientos, siendo yo mi único juez.
  18. El derecho a decidir qué hacer con mi tiempo, mi cuerpo, mis propiedades, etc., mientras no se violen los derechos de otras personas.
  19. El derecho a disfrutar y divertirme.
  20. El derecho a ser escuchado y tomado en serio.
  21. El derecho a ignorar los consejos de los demás.
  22. El derecho a pedir una aclaración
  23. El derecho a no justificarme ante los demás.
  24. El derecho a expresar una crítica y a protestar por un trato injusto.
  25. El derecho a pedir ayuda o soporte emocional.
  26. El derecho a hacer lo que quiera, siempre y cuando no vulnere los derechos de otras personas.
  27. El derecho a recibir cumplidos sin sentirme incómodo.

Una vez conocidos los derechos asertivos, vale la pena analizarlos uno a uno e intentar aplicarlos en nuestro día a día sin obsesionarnos, pues los estilos pasivo y agresivo no se pueden cambiar de la noche a la mañana después de toda una vida funcionando a través de ellos. Eso sí: si nos esforzamos y tenemos constancia, podemos llegar a ser más asertivos y, con ello, mejorar nuestra relación con los demás y nuestra autoestima.

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