Detección de los trastornos alimentarios: señales de alerta

Detección TCA Con la llegada del buen tiempo, miles de personas (principalmente mujeres jóvenes) empiezan la llamada operación bikini, una carrera obsesiva para alcanzar el cuerpo diez antes del verano, con la intención de no pasar vergüenza en la playa o al lucir ropas ligeras.

Por desgracia, con esta operación bikini se disparan los casos de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). De hecho, a la vuelta del verano, los diagnósticos de anorexia y bulimia aumentan en las consultas de los psicólogos.

Pero, ¿los casos de TCA se pueden detectar antes de que sea demasiado tarde? La respuesta es afirmativa.

Contextos en los que se puede percibir que algo va mal

Es difícil detectar un TCA, como la anorexia, la bulimia o el trastorno de atracón, justo cuando éste empieza a hacer acto de presencia, pues sus manifestaciones iniciales más visibles pueden coincidir con ciertos comportamientos etiquetados como normales en una sociedad en la que se asocia, de manera absolutamente errónea, el cuerpo delgado con la salud y el éxito social.

Si nos centramos en el contexto familiar, aunque es aquí donde más probablemente aparecen los primeros indicios del trastorno, la tarea de detección puede complicarse como consecuencia de unos padres tan preocupados por su hijo/a que, paradójicamente, llegan a negar la evidencia.

Y es que la sola idea de que un hijo pueda sufrir un trastorno mental puede provocar tal pánico que, en lugar de pasar a la acción buscando ayuda profesional, uno se queda bloqueado. Es entonces cuando, ante ciertos comportamientos patológicos, llegan expresiones del tipo: “son manías”, “es cosa de la edad”, “todas las jóvenes hacen dietas”, “está más irritable porque está en la edad del pavo”…

Estas justificaciones que minimizan y llegan a “tapar” el problema también aparecen en el caso de padres muy perfeccionistas que “no quieren ver” que su hijo/a tiene un problema psicológico grave porque esto implicaría (según sus esquemas mentales) que ellos, como padres, han fracasado… En este punto, debemos matizar e insistir que esto no es así en absoluto. Es necesario derribar estas creencias. Los padres no deben sentirse culpables: los TCA tienen un origen multifactorial, lo que significa que deben darse múltiples causas (biológicas, psicológicas, genéticas y socioculturales) para que aparezcan y se mantengan.

El hecho es que cuando los padres acompañan a sus hijos/as a la consulta del psicólogo o psiquiatra, suelen expresar frases del tipo: “no sé cómo no me di cuenta… mi hija es otra persona… es como si nos la hubiesen cambiado”. Por lo tanto, se deduce que realmente hay indicios, que se van manifestando en el contexto familiar de manera progresiva, que nos avisan de que algo está pasando. Estas señales se pueden percibir siempre y cuando se esté dispuesto a abrir bien los ojos.

Por otra parte, escuela e instituto son entornos donde profesores y alumnos también pueden detectar de manera precoz las señales de alarma y comentarlas entre ellos antes de tomar las actuaciones pertinentes. Lo mismo ocurre dentro del grupo de amistades.

Además, en la ardua tarea de la detección más o menos precoz, tenemos que tener muy en cuenta que la persona afectada de un TCA suele engañarse a sí misma y, por lo tanto, también engaña a los demás. Esto hace que el querer descubrir el problema evitando hacer de guardián o vigilante (roles que nunca debemos tomar) se convierta en un objetivo realmente difícil.

Si la persona afectada nos miente, es importante entender que estas mentiras forman parte del TCA. Son el TCA. Si esta persona no nos engañaba antes de tener estos síntomas y ahora nos damos cuenta de que sí lo está haciendo con más o menos descaro, podemos deducir que estos embustes son una estrategia que le permite esconder sus miedos: estas mentiras no son la persona. Por lo tanto, no la debemos juzgar por ello. Siempre debemos hablar con la afectada desde la tranquilidad (cometido nada fácil), el cariño, la empatía y practicando la escucha activa.

Algunas señales de alerta que deberíais tener en mente tanto en vuestra familia como en la escuela, instituto u otros ambientes son:

Señales relacionadas con la comida

  • Utilización de dietas hipocalóricas o restrictivas sin prescripción médica. Se justifica bajo el pretexto de querer hacer una dieta “más sana”, sin llegar a reconocer que se lleva a cabo con la intención de bajar de peso.
  • Sentimiento de culpabilidad por haber comido en situaciones en las que el consumo de alimentos no ha sido exagerado (no sería el caso, por ejemplo, de una persona que ha consumido grandes excesos de comida en Navidades).
  • Dirigirse al lavabo después de las comidas cuando todo el mundo todavía está en la mesa reposando. Si se le pregunta, se tienen preparadas excusas varias.
  • Preocupación constante en relación a los alimentos: propiedades nutritivas, dietas, calorías…
  • Aumento del consumo de agua.
  • Interés exagerado por las recetas de cocina: se leen, se coleccionan, se cocinan pero no se prueban.
  • Ganas de cocinar y preparar platos, con la particularidad de que se muestra un gran interés en que los tomen los demás y escurrir el bulto (con justificaciones más o menos creíbles) para no tener que comerlos uno/a mismo/a.
  • Comportamientos alimentarios extraños: estar mucho rato manipulando la comida con el tenedor (moviéndola de un lado a otro), realizar siempre los mismos rituales como cortar la comida en trocitos muy pequeños o comer los diferentes alimentos en un determinado orden, esconder comida, etc.
  • En las comidas que sí se hacen, empecinamiento en que los demás coman igual o más que él/ella (nunca menos).

Señales relacionadas con el peso y la imagen corporal

  • Distorsión corporal: se percibe un cuerpo más voluminoso del que realmente se tiene.
  • Miedo o pánico a engordar. A veces se teme llegar a ser obeso/a a pesar de estar muy delgado/a.
  • Utilización de ropa ancha para esconder la pérdida de peso.
  • Pérdida de peso injustificada (la persona está escondiendo aquellas actuaciones que la llevan a adelgazar rápidamente).
  • Provocación del vómito con la intención de adelgazar.
  • Obsesión por pesarse frecuentemente para comprobar el peso o, por el contrario, nerviosismo (incluso pánico) ante la idea de pesarse.
  • Práctica compulsiva de ejercicio físico (normalmente en solitario) con la intención de perder peso y con muestras evidentes de ansiedad en el caso de que no se pueda ejecutar.
  • Ayuno y/o utilización de laxantes o diuréticos sin prescripción médica.

Indicios de cambio en el comportamiento

  • Tristeza, apatía, irritabilidad y cambios de humor.
  • Insatisfacción personal, baja autoestima, quejas constantes en relación a la propia imagen corporal.
  • Atención exagerada hacia los cuerpos delgados, tanto los que aparecen en los medios de comunicación como aquellos que están en el círculo de amistades.
  • Aumento de las horas dedicadas a actividades intelectuales (leer, estudiar…).
  • Disminución de la concentración y del rendimiento (se necesitan más horas de estudio o trabajo para lograr los mismos resultados que antes).
  • Discusiones familiares en torno a la comida.
  • Disminución de las relaciones sociales. Se dan excusas para evitar ir a reuniones sociales que impliquen tener que comer. Pérdida de amistades y tendencia al aislamiento.

Como podéis comprobar existen muchas señales que nos pueden estar alertando de que algo no va bien. Evidentemente, no se dan todas en todos los casos, pues cada persona es diferente y su problema tiene sus particularidades.

Con algunas de ellas basta para empezar a sospechar y tomar las medidas pertinentes para que la persona afectada cuente con la mejor ayuda profesional para quitarse de encima la losa de su TCA.

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Ruptura de pareja: ‘La isla de los sentimientos’

La isla de los sentimientos

Duelo en la ruptura de pareja

Hubo una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existen. Convivían, por supuesto, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, el Odio… Todos estaban allí. A pesar de los roces naturales de la convivencia, la vida era sumamente tranquila e incluso previsible. A veces la Rutina hacía que el Aburrimiento se quedara dormido, o el Impulso armaba algún escándalo, pero muchas veces la Constancia y la Conveniencia lograban aquietar el Descontento.

Un día, inesperadamente para todos los habitantes de la isla, el Conocimiento convocó una reunión. Cuando la Distracción se dio por enterada y la Pereza llegó al lugar de encuentro, todos estuvieron presentes.

Entonces, el Conocimiento dijo:

- Tengo una mala noticia que darles: la isla se hunde.

Todas las emociones que vivían en la isla dijeron:

- ¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!

El Conocimiento repitió:

- La isla se hunde.
– ¡Pero no puede ser! ¡Quizá estás equivocado!
– El Conocimiento casi nunca se equivoca –dijo la Conciencia dándose cuenta de la verdad-. Si él dice que se hunde, debe ser porque se hunde.
– ¿Pero qué vamos a hacer ahora? –se preguntaron los demás.

Entonces, el Conocimiento contestó:

- Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla… Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que permanezca en la isla desaparecerá con ella.
– ¿No podrías ayudarnos? –preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.
– No –dijo el Conocimiento-, la Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana.

Las emociones dijeron:

- ¡No! ¡No! ¿Qué será de nosotros?

Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, que como no es zonzo ya se había escondido en el motor, dejaron la isla.

Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero… Todas… salvo el Amor.

Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:

- Dejar esta isla… después de todo lo que viví aquí… ¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahh… compartimos tantas cosas…

Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio para irse, el Amor se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos. Tocó cada piedra… y acarició cada rama.

Al llegar a la playa, exactamente desde donde el sol salía, su lugar favorito, quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor:

“Quizás la isla se hunda por un ratito… y después resurja… ¿por qué no?”

Y se quedó durante días y días midiendo la altura de la marea para revisar si el proceso de hundimiento era o no reversible…

La isla se hundía cada vez más…

Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería.

Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande, y que aun cuando se hundiera un poco, siempre él podría refugiarse en la zona más alta… Cualquier cosa era mejor que tener que irse. Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él.

Así que, una vez más, tocó las piedritas de la orilla… y se arrastró por la arena… y otra vez se mojó los pies en la pequeña playa que otrora fue enorme…

Luego, sin darse cuenta de su renuncia, caminó hacia la parte norte de la isla, que si bien no era la que más le gustaba, era la más elevada…

Y la isla se hundía cada vez un poco más…

Y el Amor se refugiaba cada día en un espacio más pequeño…

- Después de tantas cosas que pasamos juntos…-le reprochó a la isla.

Hasta que, finalmente, sólo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por el agua.

Justo en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. Comprendió que, si no dejaba la isla, el amor desaparecería para siempre de la faz de la Tierra…

Caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el Amor se dirigió a la bahía.

Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco ante sus ojos.

Desde allí podría ver pasar a sus compañeros en las embarcaciones. Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguno de sus compañeros le comprendiera y le llevara.

Observando el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. La Riqueza se acercó un poquito a la bahía.

- Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote…

Y la Riqueza le contestó:

- Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, lo siento… -y siguió su camino sin mirar atrás.

El Amor siguió observando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, caireles, mármoles y florecitas de todos los colores. Llamaba muchísimo la atención.

El Amor se estiró un poco y gritó:

- ¡Vanidad… Vanidad… llévame contigo!

La Vanidad miró al Amor y le dijo:

- Me encantaría llevarte, pero… ¡tienes un aspecto!… ¡estás tan desagradable… tan sucio y tan desaliñado!… Perdón, pero creo que afearías mi barco –y se fue.

Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones. A la Constancia, a la Sensualidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza.

- Tristeza, hermana –le dijo-, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, eres tan sensible como yo… ¿Me llevarás contigo?

Y la Tristeza le contestó:

- Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy taaaan triste… que prefiero estar sola –y sin decir más, se alejó.

Y el Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligado a esas cosas que tanto amaba, él y la isla iban a hundirse en el mar hasta desaparecer.

Entonces se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final…

De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba:

- Chst-chst-chst…

Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos. El Amor se sorprendió:

- ¿A mí? –preguntó, llevándose una mano al pecho.
– Sí, sí –dijo el viejito-, a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo.

El Amor le miró y quiso darle explicaciones:

- Lo que pasó fue que yo me quedé…
– Entiendo –dijo el viejito sin dejarle terminar la frase-, sube.

El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla.

No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote terminó de hundirse y la isla desaparecía para siempre.

- Nunca volverá a existir una isla como esta –murmuró el Amor, quizá esperando que el viejito le contradijera y le diera alguna esperanza.
– No –dijo el viejo-, como ésta, nunca.

Cuando llegaron a la isla vecina, el amor comprendió que seguía vivo. Se dio cuenta de que iba a seguir existiendo.

Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, sin decir una palabra, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.

Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle:

- ¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó… Nadie comprendía que me hubiera quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo ni siquiera sé quién es…

La Sabiduría lo miró a los ojos un buen rato y dijo:

- Él es el único capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir adelante. El único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. El que te salvó, Amor, es el Tiempo.

‘La isla de los sentimientos’ es un cuento muy antiguo. El autor de la exquisita versión publicada en este post es Jorge Bucay.

De esta bonita historia podemos extraer que, cuando hay una ruptura de pareja, es el tiempo el que hace que volvamos a sentirnos bien y que, a partir de entonces, seamos capaces de volver a amar. Y es que perder UN amor no quiere decir que perdamos nuestra capacidad de amar, es decir, EL amor.

Cuando acabamos de separarnos del otro, parece que el mundo se ha acabado, todo se ve negro, creemos que no podremos vivir sin esa persona que ha creado parte de nuestra identidad. Sentimos que todo ha terminado. Y es normal.

Experimentamos un gran dolor por todo lo que terminó y también por todo aquello que no ha terminado, ya que no podemos desprendernos (ni debemos) de algunas cosas, recuerdos, experiencias compartidas… que seguirán ahí.

Sin embargo, durante este tiempo que va transcurriendo, el sujeto va aprendiendo a desenvolverse de nuevo a pesar de aquello que se ha perdido. No se trata de un: “el tiempo lo cura todo” en el que la persona se sienta a esperar a que se le pase el sufrimiento. Se trata de un dolor elaborado. Es decir, durante este tiempo se transita por un proceso (el duelo), al final del cual el sujeto se da cuenta que se han dado una serie de cambios en su persona.

Se dice que el duelo tiene un potencial transformador porque la persona crece psicológicamente, aprende a asumir nuevos roles, reconstruye el vínculo con la expareja sin eliminarlo, de manera que éste toma un nuevo significado que deja de ser doloroso.

Para llegar a este punto se tiene que recorrer un camino muy duro, nada fácil. Y es que, como he comentado en otros posts, el duelo, duele. Pero esto no quiere decir que el mundo se haya acabado: debemos darnos la oportunidad de aprender a vivir sin esa persona que hemos perdido, con la certeza de que volveremos a tener una vida satisfactoria con aquello que todavía tenemos y con aquello que ganaremos durante el proceso.

Es importante entender que no debemos presionarnos: cada persona tiene su ritmo y este ritmo se debe respetar.

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Hipocondría: ¡Seguro que estoy gravemente enfermo!

obsesión por la enfermedadLas personas con hipocondría se creen enfermos/as sin serlo, ya que interpretan determinadas sensaciones corporales sin base patológica como señales inequívocas de grave dolencia.

Estas sensaciones pueden resultarles tan preocupantes y amenazantes que, incluso, pueden llegar a creer que, en breve, tendrán una muerte inminente cuando ésta, en realidad, todavía no tiene ni la más mínima intención de hacer acto de presencia.

Por ejemplo, sería el caso de una joven que siente una taquicardia y se asusta. Su primer pensamiento podría ser: “Seguro que tengo algo malo en el corazón”. Impulsada por esta creencia, empieza a buscar información por Internet. Se fija solamente en aquella información que le confirma (según sus esquemas mentales) su pensamiento y llega a pensar: “Me voy a morir de un ataque al corazón”. Estos pensamientos, cada vez más catastróficos, le provocan ansiedad y esta ansiedad le provoca, a su vez, más taquicardias, lo que interpreta como una prueba más de que su muerte es inminente.

A través de este ejemplo, observamos cómo se genera y mantiene un círculo vicioso en el que las sensaciones corporales provocan miedo a tener la enfermedad X; este miedo, a su vez, provoca un aumento de las sensaciones corporales antecedentes a su aparición; este aumento de las sensaciones, a su vez, causa un incremento del miedo a tener la enfermedad… y volvemos al principio de este bucle que se va haciendo más y más resistente.

La insana preocupación por la salud

En nuestra sociedad la enfermedad es vista como una tragedia. Desde pequeños se nos enseña que el dolor es sufrimiento, que es una amenaza (cuando en realidad no tiene por qué ser así). Enfermedades y muerte son rechazadas socialmente: no se aceptan en absoluto. De hecho, muchas veces las dolencias generan aislamiento. Y es que en nuestro contexto social, el verse enfermo tiene connotaciones de debilidad y, muchas veces, este estado hace que baje la autoestima.

Evidentemente, todos estos aspectos pueden tener una gran influencia en la aparición y mantenimiento de la hipocondría.

Otras causas

Otros factores que pueden influir en la aparición y desarrollo de la hipocondría son:

  • Haber sufrido enfermedades graves durante un largo periodo de tiempo (principalmente en la infancia) o haber convivido con algún miembro de la familia que las haya padecido.
  • Haber sido educado en un ambiente en el cual el padre, la madre o cualquier persona significativa manifestaba una gran preocupación por la salud.
  • La vivencia de una situación de estrés psicosocial, como puede ser la muerte de un allegado.
  • Sufrir síntomas depresivos o ansiosos.

El difícil diagnóstico

El llegar a diagnosticar hipocondría es complicado por los siguientes motivos:

  •  La persona con este trastorno tiene tanto miedo a que se le diagnostique una      enfermedad grave, que puede no acudir al médico ni a ningún otro profesional.
  • Los sujetos que sí se atreven a acudir a un profesional, en lugar de visitar a un psicólogo o psiquiatra, acuden a médicos generalistas. Van peregrinando de médico en médico (es lo que se llama doctor shopping), buscando a alguno que les tome en serio y sin ser conscientes ni reconocer que sus problemas, en realidad, son psicológicos y que no responden a una “patología física”. Muchas veces, la relación médico-paciente se va deteriorando por la insistencia del paciente, que quiere recibir una atención médica especial, hasta el punto de darse situaciones que se perciben como indignantes por ambas partes.

El hecho de no lograr un diagnóstico de hipocondría, y continuar con las interpretaciones catastróficas de las sensaciones corporales percibidas, hace que el malestar de la persona con este trastorno vaya a más. Este malestar puede llegar a interferir en la vida laboral del sujeto (empieza a faltar al trabajo), social (los temas de conversación con los amigos y conocidos se limitan a las preocupaciones hipocondríacas) y familiar (la vida de toda la familia gira en torno a las supuestas dolencias de la persona con hipocondría).

Este sinvivir puede llegar hasta tal punto que la persona no quiera salir de casa por sentirse inválida. Además, el afectado puede desarrollar otros trastornos mentales, principalmente depresión o trastornos de ansiedad.

En definitiva, el correcto diagnóstico es imprescindible para que la persona con hipocondría pueda empezar un tratamiento que la ayude, entre otras cosas, a perder el miedo a la enfermedad (irreal) que teme. Este sería el principio de una buena intervención psicológica.

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¿Cómo puedo ayudar a un familiar o amigo con depresión?

Depresión y tristeza Las personas que sufren depresión lo pasan realmente mal. Suelen tener tristeza, apatía, fatiga, problemas de insomnio, desesperanza, sentimientos de culpa y, en algunos casos, pensamientos e ideas de suicidio.

Sus familiares y amigos intentan evitarles el sufrimiento y, con este objetivo, pueden llevar a cabo actuaciones equivocadas que, en lugar de ayudar, mantienen o agravan el problema. Y es que relacionarse y convivir con una persona que tiene depresión es muy complejo por las características inherentes a este trastorno.

Aquí tenéis algunas pautas sobre cómo relacionarnos con personas que sufren depresión para ayudarlas a salir del pozo:

  • Escucha, escucha y escucha. Nunca me cansaré de decirlo. La persona que tiene depresión necesita ser escuchada y comprendida. Así pues, nos referimos a practicar la escucha activa para que sienta que tiene a alguien en quien apoyarse. No se trata de escuchar en cantidad (debemos evitar el fomento de la dependencia como comentaremos a continuación) sino de practicar una escucha de calidad.
  • Relacionado con el punto anterior: no la juzgues. Dale soporte emocional sin juzgar, sin expresar frases del tipo: “No entiendo que estés triste. Tendrías que estar contento… ¡Si mejor no puedes vivir!”, “Lo tienes todo. Tendrías que estarle agradecido a la vida en lugar de sentirte víctima del mundo”, “Tendrías que ser más optimista. ¡No tienes motivos para verlo todo tan negro!”, “Eres tú quien se provoca la depresión con tanto negativismo… ¡Te tienes que animar!”. Con frases de este tipo, la persona va a sentirse culpable: culpable por tener depresión, culpable por no sentirse capaz de quitársela de encima, y culpable por ver como sus allegados sufren sin comprender por lo que está pasando. Es fácil que el afectado se sienta culpable sin serlo: no potenciemos ese sentimiento.
  • Si ves que se queja mucho, está muy negativo al hablar de algún tema o llora, intenta ofrecerle nuevas perspectivas más positivas a su punto de vista tan negro. Insistimos, no se trata de juzgar (consultar de nuevo punto anterior) sino de proponer alternativas más positivas a su enfoque, sin presionar para que las acepte.
  • No fuerces a tu familiar o amigo con depresión a realizar actividades que no se ve capaz de hacer. Por mucho que creas que le puede ser útil para mejorar su estado de ánimo, no lo presiones. Se lo puedes sugerir, pero no insistas.
  • En cambio, sí puedes fijarte en aquellas actividades que, a pesar de la depresión, es capaz de ejecutar y le aportan bienestar o emociones positivas. Detéctalas y anímale a que las haga con una mayor frecuencia, a modo de sugerencia (sin repetírselo si no quiere). Si no las hay, sugiérele que salga contigo a dar una vuelta, proponle que vaya con otras personas o que haga otras actividades, empezando por aquellas que no le fuercen a mostrar una alegría que no siente.
  • No dejes de lado tu vida. Por mucho que quieras a esta persona, por mucho que esté sufriendo, por mucho que sufras tú, continua (en la medida de lo posible) con tus rutinas. Que a tu ser querido le vaya bien tu comprensión y apoyo no significa que le tengas que ayudar en exceso, incluso en cosas que puede hacer por sí mismo. Y es que dedicarse en cuerpo y alma a la persona con depresión puede generar dependencia y pasividad en ésta última. Si dejas al margen todas tus cosas para atender a tu allegado, la depresión de éste se va a convertir en el centro de vuestras vidas y va a ser más difícil erradicarla. Puedes darle todo tu apoyo sin descuidar tu vida social y actividades en general. Es imprescindible, por complicado que sea, encontrar un equilibrio entre mostrar comprensión y no dejar de lado tu vida.
  • No intentes hacer de psicólogo o psiquiatra. Te faltan recursos y herramientas para llevar a cabo este papel. Además, si las interacciones con la persona que tiene depresión se ciñen solamente a ésta problemática, a cómo solucionarla, a intentar ayudar, etc., vuestra relación se va a desgastar. De hecho, pueden aparecer nuevos problemas (además de la depresión) en forma de conflictos interpersonales que van a mantener o empeorar la depresión de la persona a la que tanto quieres y que, además, te van a perjudicar a ti también.
  • Relacionado con el punto anterior, no te sientas responsable de la mejoría de esta persona a la que tanto quieres porque no lo eres.
  • Anima a tu allegado, como siempre sin presionar, a que acuda a un profesional para que lo ayude a recuperar su bienestar y con éste, el de toda la familia. Una depresión es un trastorno del estado de ánimo que puede llegar a ser muy grave. Por lo tanto, aunque la persona que la sufre quizás no reconozca que necesita ayuda, es imprescindible la actuación de profesionales como psicólogos y psiquiatras. El papel de familia y amigos será importante en el tratamiento. De hecho, siempre que se crea necesario y con el consentimiento del paciente, podrán desempeñar el rol de colaboradores durante toda la terapia psicológica.
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Fluir (flow): una vía hacia la felicidad

Fluir Realizando esa actividad, el tiempo se detuvo… Nada me importaba, excepto la actividad en sí misma. Estaba tan intensamente concentrado que no recuerdo lo que sentía… estaba absorto en ello, muy motivado. La concentración hacía que controlara lo que estaba haciendo a la perfección… era como estar flotando, todo fluía a mi alrededor… yo fluía.

Cuando paré un momento y miré por la ventana, ya se había hecho oscuro y ni me había dado cuenta de que habían transcurrido dos horas. Durante ese tiempo, no había sentido la necesidad de descansar, ni comer… tampoco lo hubiese querido. No sabría decir qué sensaciones había experimentado exactamente pero, al parar, estaba muy satisfecho… había sido muy, muy placentero a pesar del esfuerzo.

El término fluir (flow) remite a un estado positivo y profundo de inmersión que se da durante la ejecución de determinadas tareas. Se trata de una disposición de la conciencia, caracterizada por la percepción de un reto externo elevado y, a la vez, unas habilidades personales que permiten afrontarlo.

Es decir, hay un equilibrio entre habilidades y percepción de dificultades que provoca que el sujeto no se angustie ni llegue a aburrirse. Al contrario, el individuo está tan motivado por esa actividad que le supone un reto, y por el hecho de saber que tiene las capacidades para realizarla, que fluye.

Por todo esto, al concepto de “fluir” también se le llama “experiencia óptima”. Se trata de un estado personal que depende de la capacidad que tengamos de controlar todo aquello que ocurra en nuestra consciencia momento a momento. Cada persona la puede alcanzar basándose en su propio esfuerzo y creatividad.

De hecho, Mihály Csikszentmihalyi (¿quién se atreve a pronunciarlo? ;) ), psicólogo húngaro que creó este término, propone conseguir la felicidad a través del control de nuestra vida interna.

Así pues, imaginemos al virtuoso del piano fluyendo en un concierto, concentradísimo y disfrutando a pesar del esfuerzo. O a la estudiante de biología que lee un libro de ingeniería genética que le requiere una gran concentración y que le encanta… O a la pintora que va plasmando en un lienzo aquello que ha construido en su cabeza, después de mezclar determinados colores en la paleta. O a los jugadores de un equipo de de fútbol… fluyendo mientras se esfuerzan en llevar a cabo las estrategias que les llevarán a la victoria. O al aficionado a la repostería que elabora un nuevo cupcake que le supone todo un reto, que sabe que puede alcanzar.

Todas estas pueden ser experiencias de flujo para personas que sienten que realizarlas les conlleva un esfuerzo que les resulta placentero y satisfactorio.

¿Es lo mismo fluir que ser feliz?

El estado de flujo no se puede equiparar a la felicidad porque, precisamente, cuando estamos fluyendo no podemos tener la percepción de bienestar. Es imposible.

No podemos sentir la felicidad pero, paradójicamente, somos felices.

Y es que cuando fluimos estamos tan absortos en la tarea que estamos realizando que todo lo demás nos molesta, incluso el pararnos a pensar en si somos felices o no. Si tomáramos conciencia de ello nos “cortaría el rollo” y dejaríamos de serlo. En definitiva, no nos percibimos como seres felices durante la ejecución de la tarea, pero sí que tomamos conciencia de la felicidad cuando dejamos de fluir y nos damos cuenta de lo ensimismados que hemos estado. Tomamos conciencia del placer que sentimos ahora, gracias a que hemos controlado nuestra vida interna durante la realización de la actividad que nos ha hecho fluir.

Cuando el fluir provoca adicción

Tenemos que tener en cuenta que el vínculo entre el fluir y la felicidad depende de la actividad en la cual la persona se involucre, y de si esta actividad es capaz de reconducirla a nuevos retos y desafíos que impliquen un crecimiento personal y/o cultural.

De hecho, existen casos en los que la experiencia óptima puede resultar adictiva y, por lo tanto, en estos casos las actividades que se realizan con el objetivo de fluir no son saludables ni llevan a la felicidad. Sería el caso del juego compulsivo.

Aprende a fluir ante nuevos retos

Todos podemos crear oportunidades para fluir de manera más frecuente y, así, utilizar esta vía para ser un poquito más felices. Para ello:

  • Conócete a ti mismo. ¿Cuáles son tus cualidades? ¿Las estás utilizando? Analiza cuáles son tus competencias e intenta buscar actividades que te supongan un reto, que te motiven y en las que puedas poner en funcionamiento estas capacidades. Márcate objetivos realistas, que sepas que puedes alcanzar con cierto esfuerzo pero sin llegar a angustiarte.
  • Ten en cuenta que la concentración es lo que lleva al estado de flujo. Si no haces ninguna tarea que te requiera una mínima concentración, búscala atendiendo a tus preferencias personales. Para encontrar este tipo de ocupaciones, intenta detectar aquellas actividades que te aportan bienestar subjetivo y emociones positivas una vez finalizadas.
  • Búscale un sentido a todo lo que haces, comprométete, mantente activo/a y responsabilízate.

Otras claves para ser más feliz… en próximos posts. ;)

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